martes, 29 de octubre de 2013

¿Quién dice no al Progreso?

Así empieza el documental "Pensar la velocidad":

El progreso y la catástrofe son el anverso y el reverso de la misma medalla. Construir el Airbus 380 son 1000 asientos y son 1000 muertos. No es triste decirlo, en absoluto, es una realidad. Es cierto en cuanto a cualquier invento, sea el que sea. Inventar el tren es inventar el descarrilamiento, inventar el avión es inventar el accidente, acabamos de decirlo, y el Titanic es inventar el naufragio del Titanic. No hay ningún pesimismo en esto, ninguna desesperanza. Es un fenómeno racional. Es un fenómeno ocultado por la propaganda del progreso.

Son palabras que dice el urbanista y filósofo Paul Virilio, protagonista de este documental realizado por Stéphane Paolo para el Canal Arte en 2009, y que encierran la premisa de partida de sus reflexiones sobre el mundo del siglo XX y lo que llevamos de XXI. Piensa en el título, "Pensar la velocidad", un oxímoron de primera categoría en tanto que la velocidad es incompatible con el pensamiento, y diríase que con la vida misma. La prisa mata, en resumen. La pregunta es: ¿hacia dónde vamos tan deprisa? La cuestión es trágica, no porque no tengamos una respuesta, sino porque ni siquiera disponemos del tiempo necesario para hacérnosla y reflexionar sobre ella, en vista del ritmo frenético que están adquiriendo los acontecimientos que nos aturden. ¿Hacia dónde vamos tan deprisa? ¿Les dio tiempo a hacerse esta pregunta a los pasajeros del Alvia que descarriló este verano en la fatídica curva de Santiago de Compostela? Es una pregunta trampa, un tanto mentirosa quizás, puesta al servicio interesado de la tesis de partida, lo sé, pero la respuesta fue una acción-verdad, la muerte de muchos de ellos. La prisa mata, solamente quería escribirlo otra vez.

Cuando Paul Virilio escribe y habla sobre la idea de Progreso, cuestionándolo, metiendo en foco su vista por detrás, en lo que él llama reverso como fenómeno que oculta su propia propaganda, yo, como lector, entiendo que hace una llamada a la apostasía de las nuevas religiones. Apostasía de las verdaderas religiones, digo, porque hacerse apóstata de la religión católica, al día de hoy, no sería más que el juego caprichoso de unos niños que se autodefinen ateos y/o laicos, en un ejercicio donde, paradójicamente, se actualiza, se aviva, aquello que ya es anacrónico y, como tal, inofensivo. ¿Quién dice no, hoy en día, al Progreso? ¿Quién dice no a la Tecnología? ¿Quién dice no al Consumo? ¿Quién dice no al Espectáculo? En definitiva, ¿quién dice no a la velocidad a la que nos someten las nuevas religiones, las de verdad? ¿Quién manda parar el tren para decir 'yo me bajo'? Nadie. Porque nadie (o muy pocos) ha cuestionado nunca los valores sagrados de su época. 

En "Pensar la velocidad", Paul Virilio carga contra una de esas cuatro religiones postmodernas, el Progreso, que, como sabemos, está íntimamente coaligada a las otras tres que se han señalado más arriba, Tecnología, Consumo y Espectáculo. Cierto es que su tono respira un aire apocalíptico, de un fin catastrófico que también puede leerse en los términos religiosos anacrónicos, relativos al pasado. No podemos olvidar que Paul Virilio se convirtió al Cristianismo en 1950 y su discurso rima, del todo, con la fe en un final apocalíptico con la que los cristianos vienen fantaseando desde hace cientos de años. Pero, ¿a quién le importa esto? Paul Virilio nos hace pensar, mostrándonos el camino hacia las verdaderas apostasías. Un ejemplo, un hereje de hoy en día sería quien apostatase del uso del móvil o de las redes sociales. El escaso número de herejes retrata a una sociedad ultrarreligiosa, la nuestra, en la que somos y estamos a finales de 2013. Occidente, es decir, el mundo entero, siglo XXI. El mundo laico. Risas enlatadas.

"Pensar la velocidad". A golpe de tres clicks. Play.


lunes, 28 de octubre de 2013

Lou Reed (1942 - 2013) y yo (1972 - ¿?)

Waldo Jeffers había alcanzado su límite. Era mediados de agosto, lo que significaba que se había separado de Marsha hace más de dos meses ya. Dos meses y lo único que podía lucir eran tres cartas y dos costosas llamadas de larga distancia. Cierto, cuando el colegio acabó y ella volvió a Wisconsin y él a Locust, Pennsylvania, habían prometido concederse cierta fidelidad. Ella saldría de citas a veces, pero como una mera distracción. Se mantendría fiel.

Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para conciliar sueño y, cuando lo lograba, tenía horribles pesadillas. Se quedaba despierto de noche, gimiendo y sacudiéndose bajo su colcha; lágrimas cayendo de sus ojos mientras imaginaba a Marsha y sus votos de fidelidad sobreseídos por el alcohol y el suave jadeo de algún neandertal, rindiéndose finalmente a las caricias del abandono sexual. Era más de lo que una mente humana podía soportar. Imágenes de la infidelidad de Marsha lo acosaban. Pensamientos diurnos sobre su abandono sexual permeaban su mente. Y el asunto era que nadie entendería cómo se sentía Marsha. Sólo Waldo podía entenderlo. Había escarbado en cada rincón y hendidura de su mente. Él la hacía sonreír. Y ella lo necesitaba, pero él no estaba ahí.


La idea vino el jueves antes que el Desfile de los Mummers fuera agendada. Había recién acabado de podar el césped de los Edelsons por un dólar con cincuenta y fue a revisar su buzón para ver si había algo de Marsha. No había más que una circular de la Compañía de Aluminio Forjado de Estados Unidos, inquiriendo sobre sus propios intereses. Al menos ellos se dignaban a escribirle. Era una compañía neoyorkina. “Puedes llegar a cualquier lugar con el correo”. Entonces se le ocurrió. Cierto, no tenía dinero suficiente para ir a Wisconsin en la manera convencional, ¿pero por qué no enviarse por correo? Era absurdamente sencillo. Se enviaría por correo como entrega especial.


Al día siguiente Waldo fue al supermercado a conseguir todo el equipamiento necesario. Compró masking tape, una corchetera y una caja mediana precisa para alguien de su contextura, juzgando con un mínimo de esfuerzo como para viajar relativamente cómodo. Un par de agujeros para respirar, un poco de agua, tal vez algunos tentempiés de medianoche, y probablemente viajaría tan cómodo como en Clase Turista.


La tarde del viernes Waldo ya estaba listo. Se había embalado a sí mismo y el empleado de correos había quedado de recogerlo a las tres en punto. Rotuló el paquete como “Frágil” y se acurrucó dentro de la caja, descansando en un cojín de espuma que había considerado muy prudentemente. Trató de imaginar el rostro de Marsha mientras abría la puerta, veía el paquete, le daba su propina al repartidor y luego abría la caja para ver finalmente a Waldo ahí mismo en persona. Se besarían y tal vez luego podrían ver una película. Si sólo se le hubiera ocurrido antes. De pronto, un par de manos toscas tomaron el paquete. Cayó con un ruido sordo en un camión y partió.

Marsha Bronson recién terminaba de arreglarse el cabello. Había sido un fin de semana duro. No recordaba haber bebido tanto. Bill había sido amable al respecto, sin embargo. Después que todo hubo terminado le dijo que aún la respetaba y que, después de todo, era naturalmente lo esperable de las cosas, y si bien no la amaba, sí sentía un afecto especial por ella. Pero que después de todo eran adultos racionales. Oh, Bill podría enseñarle a Waldo. Pero eso parece de hace muchos años atrás.


Sheila Klein, su mejor e íntima amiga, atravesó la puerta mosquitera y entró a la cocina. “Conchesumadre, qué cursi está afuera“. “Te creo. Me siento mamona”. Marsha apretó el cinturón de seda de su vestón de algodón. Sheila deslizó sus dedos sobre algunos granos de sal sobre la mesa, lamió su dedo e hizo una mueca. “Se supone que tengo que tomar estas píldoras de sal, pero –frunció su nariz- me dan ganas de vomitar”. Marsha empezó a acariciarse bajo la barbilla, un ejercicio que había visto en televisión. “Ni me habli de eso”. Se incorporó y fue hasta el fregadero, donde recogió una botellita con vitaminas rosadas y azules. “¿Queri una? Se supone que son más ricas que un bistec”, y luego trató de tocar sus rodillas. “No pienso volver a tocar un daiquiri por el resto de mi vida”. Se rindió y volvió a sentarse, esta vez más próxima a la mesita del teléfono. “En volá Bill llama”, dijo a Sheila. Ésta se mordisqueó una cutícula. “Después de anoche, pensé que ibai a haber terminado con él”. “Sí, sí sé a lo que te referi. Hueón, era como un gato de espaldas, defendiéndose con uñas y dientes”. Hizo el gesto, levantando sus brazos en señal de defensa. “La hueá es que, después de un rato, una se aburre de pelear con él. Y después de todo, no hice nada ni el viernes ni el sábado, así que como que le debía una. Tú cachai”. Empezó a rascarse. Sheila río, cubriéndose la boca con su mano. “Cacha que a mí me pasó algo parecido, y después de un rato –entonces se inclinó hacia adelante y dijo en un murmuro- como que quería”, y ahora reía escandalosamente.


Fue en ese momento que el señor Jameson de la Oficina Postal Clarence Darrow tocó el timbre. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, éste la ayudó a cargar el paquete. Hizo firmar sus papeles amarillo y verde y se fue con la propina de quince centavos que Marsha le había robado a su madre de su monedero beige. “¿Qué crei que sea?”, preguntó Sheila. Marsha permaneció con los brazos flectados tras su espalda y miró la caja de cartón café que yacía en el medio de su living. “Ni idea”.


Dentro de ella, Waldo temblaba de expectación al escuchar las voces sordas. Sheila deslizó su uña sobre el masking tape que recorría el medio de la caja. “¿Por qué no te fijai en el remitente y vei de quién es?”. Waldo sentía su corazón palpitando. Podía sentir los pasos vibrar. Sería pronto…


Marsha caminó alrededor de la caja y leyó su rótulo. “¡Hueón, es de Waldo!”. “Ese tarado…”, replicó Sheila. Waldo tiritó de nervios. “Bueno, igual deberiai abrirlo”, dijo Sheila y ambas intentaron abrir la tapa. “Aaaah”, gimió Marsha, “debe haberla engrapado”. Volvieron a tironear de la tapa. “¡Conchesumadre, se necesita un taladro pa’ abrir esta hueá!”. Volvieron a tirar. “No se puede abrir ni un poco”. Ambas permanecieron de pie, exhalando fuertemente. “¿Por qué no consegui unas tijeras?”, dijo Sheila. Marsha corrió hacia la cocina, pero lo único que encontró fueron un par de tijeras de bordado. Entonces recordó que su padre conservaba una colección de herramientas en el sótano. Bajó al sótano y cuando volvió, llevaba en sus manos un serrucho. “Es lo mejor que encontré”, dijo sin aliento. “Toma. Ábrelo tú. Yo me voy a morir”, y se hundió en un sillón mullido, exhalando ruidosamente. Sheila trató de hacer un espacio entre el masking tape y el cartón de la tapa, pero la hoja del serrucho era demasiado ancha y no cabía. “¡Por la chucha, esta hueá!”, dijo exasperada. Y luego sonriendo, “tengo una idea”. “¿Qué cosa?”, dijo Marsha. “Tú mira”, dijo Sheila, tocándose la frente con un dedo.


Dentro de la caja, Waldo estaba tan asfixiado por la excitación que difícilmente podía respirar. Su piel se sentía sensible por el calor y podía sentir su corazón palpitando en su garganta. Sería pronto. Sheila se paró y caminó alrededor de la caja. Luego se puso en cuclillas, sosteniendo el serrucho, inspiró profundamente y sumergió la hoja a través del paquete, a través del masking tape, a través del cartón, a través de la espuma y justo a través de la cabeza de Waldo Jeffers, que se partió ligeramente e hizo brotar suave y rítmicamente pequeños arcos rojos al sol de la mañana.



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"The Gift" es un cuento de Lou Reed (la traducción es un poco de esas maneras, copiada de un sitio, pero sirve para hacerse una idea...) que se incluyó (PISTA_2) en el "White light / White Heat", segundo disco de "The Velvet Underground", 1968. 

La narración, en voz de John Cale, entra únicamente por el canal izquierdo del audio, mientras que la música, lo hace por el derecho. Disociación salvaje entre el contenido verbal, recitado, de un lado, y el contenido musical, casi improvisado, de otro. 

Nada más. Pruébese. Es mierda de la buena, sin cortar. PLAY. Y que la tierra te sea leve, Lou...

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viernes, 18 de octubre de 2013

Raymond Depardon: el dolor y la luz



 



[NOTA: Episodio de Raymond Depardon, dentro de la colección "Contactos", a partir de una idea de William Klein]