El pasado 7 de abril, Slavoj Zizek estuvo en Bilbao. Y no pude ir.
Todavía tengo la herida abierta, sobre todo después de comprobar como amigos míos que sí estuvieron todavía siguen babeando.
Hablo de la baba infantil que se te escapa justo antes de quedarte felizmente dormido, después de que un buen cuenta-cuentos te haya embelesado con su verbigracia.
Porque con el discurso de Zizek uno se acuesta niño y se despierta adolescente. No importa la edad que uno tenga: uno recupera la fuerza del adolescente y su sueño alcanza la naturaleza del que no sabe nada, pero cuya fuerza reside, paradójicamente, en despertarse al día siguiente con la voluntad de saber [como sinónimo de voluntad de poder], con urgencia, la forma de transformarse a sí mismo y, ya de paso, meterle un buen meneo al mundo.
Anoche, para curarme el dolor de haberme perdido a Zizek después de haberlo tenido a poco más de 50 kilómetros, decidí lamerme la herida con un atracón virtual: la conferencia titulada "Why only atheists can truly believe?". Y rocé con gusto la sobredosis.
No es lo mismo, claro que no, pero constato que, al acostarme de madrugada, sentí mejilla abajo precipitarse la baba infantil de quien se queda dormido con un bonito cuento y, al levantarme, el ímpetu adolescente de quien se despierta con un hambre voraz.