En agosto del año pasado, miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), liderados por el alcalde de Marinaleda, José Manuel Sánchez Gordillo, asaltaron dos supermercados, Mercadona y Carrefour, en Écija y Arcos de la Frontera, respectivamente . Se llevaron varios carros de alimentos, que después repartieron para varias familias sin recursos. No hay mayor afirmación, o, dicho de otra forma, no cabe mayor rotundidad en una afirmación, que un acto en sí, cualquiera que sea la naturaleza del acto en sí. En este caso, el acto en sí del SAT encierra toda la potencia comunicativa necesaria en este contexto determinado, de crisis económica que golpea, sobre todo, a los más desfavorecidos...
Este acto en sí del SAT dibujó un relato simple, como lo son casi todos los relatos que consumimos en los medios; con dos personajes gruesamente perfilados, ricos y pobres; y un objeto cuya no pertenencia resalta la magnitud del conflicto, la comida. Es decir, que el acto en sí del SAT, de por sí, ya tenía la fuerza comunicativa y, no olvidemos, espectacular, necesaria para que los medios de comunicación se interesasen por darle cierto recorrido en sus espacios informativos. Una vez que el SAT puso su acto en sí sobre la mesa, los medios (esos buitres que nosotros alimentamos) hicieron todo lo posible por destrozarlo, darle la vuelta, encontrarle el punto débil, para, finalmente, reconducirlo de tal manera que los buenos iniciales se conviertan en los malos finales, y viceversa. Sabemos que los medios de comunicación tienen la capacidad de reescribir estos relatos revolucionarios (digámoslo así para entendernos) hasta amoldarlos a la fuerza contrarrevolucionaria que necesita nuestra mirada, domesticada ya hasta ese extremo, acostumbrada a dejarse morir una vez que todo ha vuelto a su sitio, o al principio. Es la muerte (cotidiana) después del deseo (subversivo); no más.
Lo interesante en el caso del SAT es comprobar de qué forma, algo que ya de por sí nace de forma póstuma (cualquier hecho revolucionario) y que, una vez en el mercado de los informativos, solamente cabe esperar a su proceso de trituración selectiva que convierta el producto en apto para el consumo seguro, eso..., lo interesante aquí es comprobar de qué forma y hasta qué punto los propios protagonistas del acto en sí aceleran el proceso de desvirtuación del acto en sí, postulándose como sus cabezas visibles en los medios de comunicación. ¿Cabe mayor patetismo que el de José Manuel Sánchez Gordillo explicando en Tele 5, frente a Jordi González y la piara de tertulianos alrederor, por qué se hizo el acto en sí? ¿Por qué los protagonistas del acto en sí necesitan volver a ser los protagonistas, pero esta vez del "making of"? Semejante pretensión de ser el centro post-propagandístico del acto en sí solamente puede operar como neutralizador del acto en sí, cuya potencia propagandística está fuera de toda duda. De esta forma, quien hace el acto en sí, termina participando, de forma activa, en la negación del acto en sí. Es la lógica esquizoide del tardocapitalismo, en la que todos, sin excepción, andamos metidos hasta las trancas. En aquella aparición televisiva, Sánchez Gordillo anunció en exclusiva que habría más asaltos. ¡Hasta hoy...!
El sábado, viendo como una aplicada Ada Colau se movía como pez en el agua entre los tertulianos del programa de "La Sexta Noche", también recordé la lucha, hace unos meses, de los mineros leoneses y asturianos, cuyo acto en sí supuso temporalmente un monumento colosal a la resistencia. Y recuerdo como entonces un amigo me dijo que para que los mineros tuvieran más opciones de lograr sus objetivos debían salir más en los medios. Me puso el ejemplo del programa de Ana Rosa Quintana; van allí dos o tres y exponen sus reivindicaciones; de esta forma su voz llega a más gente. Yo no estaba de acuerdo, por supuesto, porque las escopetas que te ofrecen para disparar en la televisión tienen un retroceso formidable, incontrolable lo mires por donde lo mires.
El acto en sí de los mineros, visto hoy, fue la crónica de una lucha perdida; pero con una dignidad mayúscula que radicó en aguantar, aun sabiendo que el final más amargo y triste estaba por llegar, más pronto que tarde. No sé si los mineros llegaron a ir a Tele 5 a exhibir y explicar su acto en sí; pero sí los vi en un reportaje de un magazine semanal de los que acompañan los periódicos cada domingo. Allí estaban, no los mineros, sino unos personajes caracterizados como mineros; con sus caras manchadas a conciencia, maquilladas para la ocasión; posando en actitud de trabajo unas veces, o de modelo que mira a la cámara, otras. Un reportaje donde la resistencia había dado paso a la decadencia; donde los personajes que actuaban como modelos frente al periodista, intentaban explicar el porqué de su lucha, de su acto en sí. Otra vez, la mirada del espectador, o del lector de los medios, podía respirar tranquila: la poca mecha revolucionaria había sido ya revertida, hasta lograr que el espectáculo salvaje de los disparos con mortero, las barricadas de fuego en las carreteras y los mineros de verdad enfrentándose a los cuerpos armados y represivos del Estado, habían sido denigrados hasta ser protagonistas de un espectáculo domesticado en forma de reportaje apto para todos los públicos. Es otro ejemplo de como los propios protagonistas terminan jugando al juego esquizoide que les obliga a ser sus propios antagonistas. En el reportaje, los mineros se mostraron convencidos de que seguirían luchando hasta conseguir sus objetivos, pero la resistencia minera murió pocos días después.
La pregunta es, entonces, ¿para qué explicar un acto en sí, si se explica por sí mismo? Si el acto en sí es una afirmación rotunda, sin concesiones... ¿por qué desvirtuarla en los medios? Si el escenario natural del acto en sí es la calle... ¿por qué someterlo a la dictadura de los platós de televisión? Y vuelvo a Ada Colau, la portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca; ¿qué necesidad hay de explicar el escrache? Yo, por ejemplo, no tengo ninguna duda en asimilar el escrache como una forma directa de comunicación con quien sea que sea el objeto de la protesta, pero si empiezo a analizar los pormenores legales..., seguro que empiezan a entrarme las dudas, porque enseguida cada uno de nosotros activamos nuestras alarmas contrarrevolucionarias; estamos programados para eso.
En "La Sexta Noche", unos y otros hablaron sobre el escrache (práctica) y todo fueron palabras (teoría)... Con contertulios a favor y contertulios en contra; la ilusión de un dispositivo televisivo que se autodenomina democrático. Que si legalidad para arriba, que si legalidad para abajo; que si acto de protesta sí, pero acto violento no; que si la libertad de unos frente a la necesidad de otros, y un largo y penoso etcétera que solamente puede emponzoñar lo que sea que sea el escrache, que, en cualquier caso, solamente es un acto en sí que se basta a sí mismo como relato espectacular. Y efectivo al cien por cien, desde el punto de vista comunicativo. Si Ada Colau entra en el debate de si el escrache es violento o no, lo que hace es legitimar el debate que lo cuestiona, no al acto en sí que intenta explicar.
El sábado, Ada Colau, como otros personajes que nos está dando la crisis a los telespectadores, fue un Sánchez Gordillo autodevaluado, caricaturizado, o no más que unos mineros entre bambalinas, con sus monos de trabajo aptos para cualquier photocall, personajes, todos, más pendientes de gustar a sus padres que de dar ejemplo a sus hijos. El espectáculo les y nos subyuga. Y las luces de los platós de televisión continúan siendo la última atracción de los insectos de carretera, que mueren estampados contra los parabrisas de los coches. La diferencia entre los insectos y nosotros es que nosotros sí sabemos que la luz es la muerte, y aún así, seguimos eligiendo la luz. Porque damos nuestra vida por el Imperio, el espectáculo.
Quiero terminar subrayando que también Ada Colau dijo el sábado en televisión que los actos de escrache continuarán haciéndose...
(Murmullos en la sala)
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