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martes, 28 de septiembre de 2010

Parte 2 / Historias de un parque infantil (basadas en hechos reales)


NOTA 1: Esta entrada es la segunda parte de Historias de un parque infantil (basadas en hechos reales).

NOTA 2: Las historias resultantes están construidas con trazos documentales (d), coloreadas con pinceladas de ficción (f) y rematadas con algunas suposiciones (s).

NOTA 3: Los que siguen a continuación son algunos de los tipos más peculiares de padres, madres, abuelos y abuelas (cuidadores de sus hijos, hijas, nietos y nietas) con los que he coincidido en los diferentes parques infantiles en los que ha jugado mi hijo a lo largo de sus casi cuatro años de existencia.



Abuela cebadora de cerdos

Existe un buena parte de familias occidentales cuya felicidad es directamente proporcional a los kilos que van ganando sus retoños (d). Esa felicidad de muchos padres y madres adquiere un brillo en el rostro (d) cuando las opiniones que se vierten sobre el aspecto de sus hijos son: ¡Ay qué majo está!, o ¡qué lustre tiene!, o ¡mira que lorzas más graciosas le salen por debajo del pañal!, y un largo etcétera (s) que terminan reforzando positivamente el comportamiento de las familias que podemos llamar… “Las familias cebadoras”. El eslogan de las familias cebadoras bien pudiera ser: “Mierda que no se evacua: grasa lustrosa segura”.

Hoy en el parque hay una abuela (d) perteneciente a la inconfundible casta de las familias cebadoras (s). Esta señora, que está más cerca de los 70 que de los 60, viste chándal y deportivas blancas (d). Las familias cebadoras se caracterizan por el uso sistemático de tupper-wares (s). Nuestra abuela protagonista porta uno muy peculiar, que alberga dentro varios compartimentos en los que lucen varios alimentos, albóndigas, frutas variadas y una especie de pasta viscosa verde que parece un puré (d). El tupper-ware es grande, muy grande, pero en vista del tamaño de la nieta (una niña de 6 años cuya mirada y cara recuerdan enseguida a una muñeca chochona) (d), es fácil imaginarse que ese volumen calórico que tu propio hijo no consumiría en un día entero, vaya a caber en el mega-estómago de la niña (s), a la hora de la merienda (d).

También es muy característico del comportamiento de los miembros de las familias cebadoras una dinámica que brota de forma natural cuando llega la hora de comer: la persecución (d). Nuestra abuelita, tupper-ware en mano, con una implacable paciencia, persigue a su chochona allí donde va. No hay obstáculos en su camino. Si la niña se sube al columpio, la abuela sube hasta el columpio, y a continuación baja por el tobogán detrás de su nieta, presumiendo de un equilibrio inaudito para su edad (f). Es evidente que la naturaleza propia de las familias cebadoras es incompatible con el hecho de verter ni un solo gramo del contenido del tupper-ware. En este caso no hay cabida para el debate si se nace o se hace: uno nace cebador y punto, y la comida, toda la comida, tiene un solo recipiente-objetivo: la boca de los animales que se ceban (s).

La situación, sin embargo, arroja un balance triste. La niña abre la boca de manera automática (f). El empuje de la abuela es tal que bastantes veces se le ha acumulado en la boca el contenido de tres envestidas (d). Es evidente que la niña ya no sabe cuando tiene hambre y cuando no. No debe ser fácil vivir en cada momento al borde del atragantamiento, aunque en vista de lo que ocurre aquí, las crías de las familias cebadoras ponen en marcha un sexto sentido, un extraño mecanismo, que les hace sobrevivir en cada uno de estos episodios de ingesta masiva (s).

El seguimiento de la acción “animal cebador cebando al animalito cebado” (d), que solamente podría hacer gracia a cámara rápida y con la música característica de las escenas de acción del cine mudo (aunque también valdría la música que ponen a los malabaristas en el circo) (s), conduce la atención del narrador hacia otro hecho extraordinario que está ocurriendo en el parque: un señor se está comiéndose a sí mismo a pocos metros de donde está él*.

*En este punto el narrador apunta en su libreta, orgulloso de la peripecia narrativa, lo siguiente: “Raccord de deglución”.


Padre antropofágico con gafas para ver de lejos, dejémoslo ahí

Este padre, de 50 años aproximadamente (d), es productor de cine porno (f). Es preciso haber leído antes el artículo "Gran hilo rojo" de Foster Wallace (d) para llegar a la conclusión de su profesión a partir de la ropa que viste este señor (s). De abajo arriba viste así: zapatillas de marca Lacoste; calcetines de marca Adidas, pantalones cortos de camuflaje... Y hasta aquí, todo normal. En vista de cómo se comunica socialmente a través de su vestuario de cintura para abajo (como cualquier señor moderno que hace de la mezcla su forma de ser) este señor podría ser ingeniero, barrendero, concejal de urbanismo, liberado de la UGT, o cualquier cosa (s). Pero la incógnita se despeja cuando ves que este padre ha venido al parque vestido con la que tiene que ser la segunda camisa hawaiana de manga larga que existe en el mundo (f). La primera la vio Foster Wallace en una convención de cine porno, como escribe en el artículo arriba citado (d). Entonces, no hay lugar para las cavilaciones: esa camisa, junto con el resto de vestuario, conforman un acceso directo al mundo del porno (f). Porque si una cosa me ha enseñado Wallace es que solamente un productor de cine porno puede tener la osadía de salir a la calle con una camisa de manga larga hawaiana (s).

Pero de momento, este señor es solamente un señor que está sentado en un banco del parque, enfrente de la zona de juegos para niños intermedios, el destinado para niños de entre 4 y 12 años (d). Todavía no tiene asignado un niño o una niña que lo vincule ni en el parque ni en el relato (d). Eso sí, su voracidad consigo mismo a la hora de morderse los dedos (d) indica que hace tiempo que habrá tocado hueso (s).


Madre bostezadora (inserto dentro de la historia del padre antropofágico)

Una mujer cuyo rostro es tan azulado que parece extraída de un cuadro de Picasso de su época azul se sienta a mi lado. Me dice buenas tardes y yo le respondo educadamente (f). Abre un libro y se pone a leer (d). Debería estar penalizado la provocación que consiste en que alguien abra un libro al lado de otra persona sin enseñarle o informarle antes lo que está leyendo (s). Suele pasar mucho en autobuses y otros transportes (d). Mi necesidad de saber qué lee la mujer azul es tal que me saca de la historia del padre antropofágico (d).

Pero la madre azul es dura y creo que se ha dado cuenta de mi sucia naturaleza voyeur-intelectual (s). Pasados unos minutos empiezo a creer que no va a saciar mi deseo a propósito. Entonces llega el momento de tomar decisiones desesperadas. Le pregunto la hora (f). Ahí es cuando la portada del libro se gira hasta el punto en el que por fin consumo el orgasmo de mi intelecto: la mujer azul lee un libro de Punset que se titula “La ideología es la metástasis del cerebro” (f). La madre me dice bostezando que son las siete y veinte. Le miro agradecido a los ojos. Sin embargo, ella no me está mirando; tiene los ojos puestos en mi reloj. Acto seguido se levanta y se va, imbuida en otro largo bostezo (f). De primeras me siento un poco mal, pero me alivio pensando en que cuando uno está desesperado vale todo (s). Bostezo y de nuevo dirijo mi atención al señor padre productor porno (d).


Padre antropofágico (continuación)

Una breve descripción física del señor arroja que tiene unas gafas que descansan en el filo de su nariz; la cabeza, rapada al uno; y es calvo por la parte más elevada de su cabeza. En resumen, es un calvo rapado con gafas (d). Su físico, su vestimenta y su comportamiento empiezan a cooperar a favor de mi inquietud mientras lo observo detenidamente (d).

Este padre, todavía sin hijos reconocidos en el parque, repite sus movimientos con inusitada precisión (d), como si fuera un ente robotizado al que le han programado una secuencia dinámica que entra en bucle infinito (s). La secuencia es la siguiente: uno, entorna ligeramente la cabeza hacia abajo; dos, se muerde los dedos o las uñas (la distancia impide mayor precisión en la descripción); tres, observa el resultado de su trabajo buco-dental, bajando un poco más la cabeza, lo justo para proyectar su mirada por encima de los cristales de sus gafas; cuatro, levanta la cabeza y mira hacia donde juegan los niños, a través del cristal de sus gafas; cinco, vuelve al uno; seis, al dos; siete, al tres; ocho, al cuatro... y así en un sin parar (d).

En cada cuatro, ocho, doce, etcétera, intento seguir su mirada para ver en que niño o niña se posan los ojos del señor. La cosa es que en la dirección hacia donde mira el productor porno hawaiano hay un barullo considerable de niños y niñas (d)*.

*En ese momento, de repente, mi inquietud se convierte en miedo. Me pregunto que qué ocurriría si mi hijo se hace amigo del hijo o de la hija de un señor tan..., tan…, tan…, y el adjetivo que apunto en la libreta es, finalmente, “psicokiller”.

A los cinco minutos de observación mis tragadas de saliva ya se han sincronizado con la secuencia incesante del señor auto-caníbal (f). Cada vez que el señor mira a través de sus cristales hacia su mundo exterior, yo aprovecho para supervisar cómo va mi hijo (d), sobre todo si está jugando con algún niño o niña cuyo aspecto indique que es el hijo o la hija del psicokiller (f).

Y por fin la incógnita se despeja. Una niña de 10 años se sienta en el mismo banco del señor. El señor, sin interrumpir su banquete de dedos demencial le dice algo así como "¿ya te has cansado?". La niña responde que no; se levanta y se vuelve a la marabunta de niños y niñas. El psicokiller robotizado se pone a lo suyo y todo vuelve a empezar (d).

Yo respiro al comprobar que el niño con el que juega mi hijo no tiene la misma sangre que el productor porno psicokiller con camisa hawaiana de manga larga que se destroza las manos con los dientes a un ritmo infernal (d), pero acto seguido, el encuentro de padre e hija me arroja una evidencia no menos perturbadora. Porque la niña es la hija de la madre tipo "madre de la pianista", y la deducción es directa: la vendedora de velas religiosas está casada con un productor de cine porno (s,f).

Angustiado con las fantasías que proyecto sobre esta familia indigerible (f), y temeroso de no poder salir del bucle infinito al que me tiene sometido la acción del personaje, me levanto para despistarme (d). Pero es imposible, igual que la lengua va en contra de tu voluntad hasta el hueco de la muela recién extirpada, mi mirada vuelve a buscar a ese pseudo-humano (d) que sigue terroríficamente ahogándose en su espantoso mundo interior (s). Me pregunto si habrá que llamar a una ambulancia (f), porque al ritmo de auto-devastación que lleva (d) ya debe estar debatiéndose entre la vida y la muerte, como consecuencia de las múltiples hemorragias que se está provocando (s).


Familia desestructurada según la sociología oficial

De repente una pesadilla me saca del mal sueño (f): una niña de 5 años con los dientes carcomidos (d) irrumpe en mi campo de visión. Me pregunta que si le dejo la botella de agua (f). La niña presume de una sonrisa brillante en los ojos que no puede eclipsar la sonrisa devastada que se precipita al vacío desde su boca (d), mutilada por el abuso de azúcar (s). Me quedo paralizado ante la imagen de esa niña que espera mi respuesta (f). Me incorporo del asiento de ladrillo como escupido por un muelle (d). A la niña le respondo, a duras penas que no, no, y busco a mi hijo entre la muchedumbre (f). El pequeño juega ajeno a los peligros que le acechan (d).

Vuelvo a un lugar próximo a donde me senté al principio, un árbol, quizás dos, más lejos del banco donde el productor porno sigue comiéndose los dedos en su ritual caníbal (d). Ahora el señor de la camisa hawaiana de manga larga es un personaje secundario; ahí está para cuando lo precise el relato. Me enciendo un cigarrillo para calmar lo justo la ansiedad o, al menos, para despistarme de ella (d). La tarea, ahora, es localizar a los padres de la niña (d): tienen que ser buenos personajes... (s). Rastreo entre los muchos padres y madres, abuelos y abuelas que, sentados unos, de pie otros alrededor de los diferentes columpios, están en esa hora punta de la tarde haciendo de figurantes (d); y rastreo el lugar seguro de ser capaz de distinguir el grano de la paja, pensando que los padres de una niña destruida solamente pueden ser unos padres destruidos, y la destrucción se ve y se nota (s). Pero pasan tres, cinco minutos, y nada (d).

Me siento agotado, superado por los acontecimientos (f). Hoy es uno de esos días en los que mejor hubiera sido no salir de casa (s). Voy en busca de mi hijo para irnos ya para casa (d). Al principio se niega (d), y como uno hoy no está para explicaciones racionales (f), le chantajeo a la mayor: en casa podrá jugar con el juego de coches de la Play Station 3 (d).

De regreso, antes de salir del recinto de juegos, empieza a oler mal (d). Es el olor característico que se incrusta en un cuerpo cuando se suda sobre sudado (s). La incomodidad de olerlo se convierte pronto en el asco nauseabundo de sentirlo como se posa en ti (d). Es, sin duda, el hedor proveniente de un cuerpo que ha sudado sobre sudado una cantidad incalculable de veces (s). Conforme avanzamos el aire se hace más y más irrespirable. Hasta que alcanzamos la fuente emisora: una pareja sentada en un banco. Él, señor mayor de unos 50 años; y ella, chica joven de no más de 30. Están muy juntos, casi abrazados (d), en una posición quizás demasiado afectiva para lo que suele verse en un parque infantil (s). Mi hijo dice en voz alta que huele a chamusquina (f). Yo le cojo de la mano y aceleramos el paso. 

Un último vistazo hacia atrás me resuelve la última incógnita: la niña desdentada acaba de sentarse junto a la pareja. La madre la aparta de malas maneras y la niña corre hacia los columpios (d).

Y al salir, nos cruzamos con el hombre solitario que no es el padre de ninguno de los niños que juegan en el parque (f). 

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Créditos.

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Música: Killshot (Ben Frost).


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Funde a negro. Silencio. Fin.

sábado, 7 de agosto de 2010

Historias de un parque infantil (basadas en hechos reales)

Los que siguen a continuación son algunos de los tipos más peculiares de padres, madres, abuelos y abuelas (cuidadores de sus hijos, hijas, nietos y nietas) con los que he coincidido en los diferentes parques infantiles en los que ha jugado mi hijo a lo largo de sus tres años y media de existencia. 

NOTA: Las historias resultantes están construidas con trazos documentales (d), coloreadas con pinceladas de ficción (f) y rematadas con algunas suposiciones (s).


Padre clavado en el suelo con bocadillo de mortadela en la mano

Este padre, de entre 40 y 45 años de edad (d) es ingeniero, si nos atenemos a su jersey de rayas horizontales de colores, de diferentes grosores (f), y a ciencia cierta ha sido arrojado hasta el parque infantil obligado por su esposa (s), que le ha dicho, antes de salir de casa, que dé la merienda a la niña, de entre 4 y 6 años (d) y que insista hasta que se lo coma todo (s). Una vez en el parque este hombre, se desconoce el dato de si consciente o inconscientemente, elige un lugar en el que quedarse clavado. 

Por ejemplo, hoy ha elegido clavarse entre la fuente y el árbol, a medio camino entre la zona de juegos de los más pequeños y la zona de los niños medianos (d). Con un movimiento lánguido desenfunda hasta la mitad el papel de aluminio del bocata de mortadela de la hija (f). Acto seguido, sus ojos se anclan en una dirección fija (d), entre el columpio para niños de entre 0 y 3 años y el tobogán pequeño (f). Desde ahora su mirada no tiene otro destino que nublarse de súbito. Permanece así todo el tiempo que su hija se mueve por las instalaciones del parque (d). Su quietud alberga tal densidad muscular pétrea que ni siquiera se entera de las quince o veinte veces que su hija se ha acercado hasta su posición para morder el bocadillo (f). Nuestro sujeto parece (porque sigue sin inmutarse) que no siente dolor alguno las tres veces que su hija le ha mordido los dedos confundiéndolos con trozos salientes de la mortadela (f). Solamente cuando su hija le pregunta que cuándo se van, que ha empezado a llover y que ya casi no quedan niños en el parque es cuando nuestro personaje sale de su estado de obnubilación para preguntarle a su hija "entonces... ¿nos vamos ya?" (f).

Lo paradójico de este caso de vínculo paterno-filial es que la dejadez paternal construye una clase de hijos cuya responsabilidad es inversamente proporcional a la irresponsabilidad paterna. En el caso que nos ocupa, la hija asume gran parte de la responsabilidad que el padre no puede asumir mientras habita en el limbo fuera de foco que hay entre el columpio de niños de 0 a 3 años y el tobogán pequeño (f). Nuestra niña, durante el tiempo en el que su padre se ha autoinducido un coma, no ha dado ningún problema en el parque. Su conducta es de las que pueden considerarse ejemplar: ha jugado en casi todos los columpios, ha interactuado con normalidad con otros niños e, incluso, ha ido sola a hacer pis al césped, detrás de un árbol (d).

De vuelta a casa, en mitad de la tromba de agua, es la hija quien le guía al padre (f), que volverá en sí cuando le devuelva su hija a su mujer (s).


Madre new age sentada en un banco leyendo un libro de autoayuda

Esta madre, mujer (40 años, aproximadamente) es hippy, si nos atenemos a su vestimenta (d). Es de las personas que piensa que no hay que intervenir nada durante el proceso madurativo de su hijo (s). Es decir, que vuelca sobre su hijo, de 5, quizás 6 años, el mismo y principal atributo del mercado capitalista a la economía global: lleva hasta el extremo el "laisser faire" (dejar hacer) para que el niño se auto-regule su conducta y su comportamiento solo, sin el intervencionismo de nadie (s).

Las cosas así, y con la madre leyendo un libro de autoayuda en un banco, el niño, en pleno proceso de auto-regulación se cuela en todas las colas de los diferentes juegos, sube por el tobogán mientras otro niños bajan, agrede a los demás para tirarse el primero por la barra, y un largo etcétera (d). La mujer no puede intervenir, sería quizás demasiado violento tal y como ha leído en los libros que suele leer (s). De esta manera, nuestro personaje delega los toques de atención a su hija a los demás padres (s), que son los que le tienen (tenemos) que ponerle límites al pequeño salvaje y recordarle algunas normas mínimas y básicas de saber estar en espacios públicos con varios columpios que hay que compartir con más gente (d). Claro que el niño cuando le hablan de normas termina por poner la misma cara que puso Aznar cuando dijo aquello de que a él nadie le puede decir que no beba cuando conduzca. ¡Qué cosas tienen los hippies!

Empieza a llover repentinamente, muy fuerte. Se produce un bullicio formidable. Los padres, madres, abuelos y abuelas, excepto el padre clavado en el suelo, revolotean buscando a sus respectivos hijos, hijas, nietos y nietas. Les ponen los abrigos; los más precavidos abren los paraguas (d). La madre new age se ha incorporado lentamente. En contraste con el resto parece que va a cámara lenta, o los demás a rápida, según (f). La cosa es que sin esperar a que el niño haya llegado hasta donde está ella se ha dado media vuelta y ha empezado a caminar (d). El niño corre hacia su madre y hacia la mitad de camino se encuentra con el padre clavado en el suelo. Le da una sonora patada en la espinilla; pero nuestro personaje de piedra ni se inmuta (f).


Abuelo absorto empujando a una niña en el columpio

A este abuelo, varón de más de 60 años (d) le han encargado el marrón de que cuide a su nieto durante toda una tarde entera (s); ha incrustado a su nieta (3 años) en el columpio y ha empezado a empujarle con una frecuencia automática (d). La mirada absorta de este señor recuerda a la de nuestro primer personaje. Casualmente su mirada, con muy pocos grados de separación, casi coincide en la dirección del personaje clavado con el bocadillo de mortadela entre las manos (f).

Pasan tres minutos, cinco, diez, quizás quince (d). Nuestro tercer personaje, inhabilitado, por lo que ya ha demostrado en todo ese tiempo, para el contacto con el mundo exterior (s) no se ha dado cuenta de que hay una cola de casi diez niños (d). El primer niño de la cola es el hijo de la madre new age, que ha logrado la privilegiada posición después de partirle la cara a un niño y de patearle las tripas a otro (f).

El repliegue interior de este personaje también le impide escuchar cómo su nieta le suplica (s), al borde del llanto, que se quiere bajar porque se está mareando (d). El señor solamente vuelve en sí cuando su nieta ha echado la pota en el punto más alto del arco que hace el vaivén del columpio (d) y gran parte de los restos le han caído en la cara (f).

Los padres, madres, abuelos y abuelas de los casi diez niños que llevaban haciendo cola (d), excepto la madre new-age, que sigue a lo suyo, sienten una apacible sensación de justicia divina (s) ante el malestar del señor que se limpia apresuradamente la cara (d), al tiempo que su nieta respira una vez que no está sometida a la fuerza mecánica y repetitiva que le ha provocado el vómito.

Acto seguido empieza a llover. La potada de la nieta se desliza rostro abajo del abuelo, arrastrada por la fuerza del agua. Cuando logra hacerse con un pañuelo de su bolsillo con la intención de limpiarse ya es tarde...


Padre y madre, socialdemócrata el uno y democristiana la otra

Estos dos padres, de entre 35 y 40, son padres de un hijo de no más de 3 años (d) y están a la espera del segundo (f). La mujer reza cada noche para que lo que venga sea niña (s) y lograr así la ansiada parejita.

Su actitud en el parque es humor en estado puro para quien tiene la suerte de observarlos. Como es bien sabido el humor se desenvuelve a la perfección en pareja: Tip y Coll, el gordo y el flaco, Faemino y Cansado, y claro, el padre socialdemócrata y la madre democristiana... Los de a continuación son algunos ejemplos (documentales todos) recogidos a lo largo de varios días...

Con el bocata, que el niño no quiere, el padre que da igual, la madre que cómo que da igual, que el niño tiene que comer. Con el frío, el padre que da igual, la madre que cómo que da igual, que el niño no puede coger frío. Con los columpios, el padre que da igual, la madre que cómo que da igual, que el niño nunca se ha subido ahí y no sabe, y se sube, se cae... ¿y qué?. Con el pis, el padre que da igual, que en ese árbol y ya está, y la madre que vamos a casa y se acabó. Con el momento de marcharse, la madre que pobrecito el niño, que todavía puede estar un poquito más, y el padre que unos cojones, que hay partido de la "Champion League" a las nueve menos cuarto y que antes hay que cenar.

Todos estos conflictos entre estos dos personajes se resuelven democráticamente (no olvidar que la democracia es el común denominador entre social-democracia y democracia-cristiana). En este caso donde la palabra del uno choca contra la palabra de la otra la solución democrática desemboca en algún punto medio que gusta y disgusta a las dos partes por igual. De esta manera (y seguimos en registros documentales), con el bocadillo, el niño no se lo come todo pero come tres o cuatro bocados que satisfacen a la madre. Con la cazadora, el niño termina poniéndosela pero sin abrochar la cremallera. Con el columpio que le parece peligroso a la madre, el niño sube pero en compañía del padre. Y con el pis, ni en el árbol de al lado ni en casa, también en un punto medio, camino de casa, encima de los pantalones (f), algo que satisface internamente al padre por la cabezonería de su mujer (f,s), a la que, sin embargo, todavía quiere como el primer día (s).

Con semejantes mimbres el hijo solamente aspira a ser un gris individuo de centro reformista (s) que escuchará durante su juventud a los Mecano del año 2020 (f) y que tendrá un gran dilema entre elegir si ser ingeniero de caminos o ingeniero industrial (f,s).


Padre socialdemócrata solo

Estamos ante el padre anterior que lleva al niño al parque sin la compañía de su mujer. Y por contra de lo que pudiera parecer, el padre socialdemócrata no está a gusto solo (d). Diríase que este hombre no puede vivir muchos años por el nivel de estrés que acumula en su cuerpo (s) y por las precauciones que toma con respecto a su hijo cuando este le pregunta, por ejemplo, si puede subirse al columpio que no le deja mamá subirse (f). Todo empieza con un sí rotundo, pero cuando el niño sube un peldaño de la escalera del tobogán más grande del parque el padre socialdemócrata empieza a temblar; hace la mención de acercarse hasta el niño pero desiste. En el segundo peldaño el padre socialdemócrata empieza a sudar y la mención se convierte en un primer paso firme, nervioso, eléctrico, más un segundo mucho más dubitativo, hasta que desiste. Y en el tercero, con el corazón del padre socialdemócrata a punto de infartarse por tres arterias, el padre vuela hasta donde el niño y le explica que él tiene tres y que el tobogán es para los de cuatro (f).

El comportamiento del padre socialdemócrata indica una gran dosis de miedo a la madre democristiana (s). ¿Os suena este miedo?


Madre democristiana sola

La madre democristiana, sin embargo, sí se muestra más cómoda en el parque sin la presencia del padre socialdemócrata (d). Es más, tiene mucha más manga ancha con su hijo y le otorga ciertas libertades que con el padre socialdemócrata delante serían impensables. ¿Os suena esta relajación?


Madre tipo "madre de La pianista (película de Michael Haneke)"o "madre tipo comunista a lo Corea del Norte"

Esta madre ronda los 50 años (d), trabaja en una tienda de velas religiosas (f) y sueña con el día en que por fin el mercado saque a la venta una correa de perros para niños (s). Su hija tiene ya casi 10 años, pero su autonomía es similar a la de uno niño de dos o a la de un perro con correa (d). 

Un metro, esa es la distancia justa que esta madre se permite a sí misma como distancia máxima de separación con su hija. Sube a los toboganes con ella (d), la persigue desde el pequeño caballo que se balancea con muelles hasta la imitación de barco con timón (f). Por supuesto que el columpio está prohibido, porque en el vaivén se sobrepasa el metro de rigor (s).

Esta mujer tiene un miedo espantoso a que le ocurra algo a su hija y no podría vivir con la culpa encima en caso de perderla (s). Esta es la forma ideal de tener y conservar intacta a su hija, aunque su hija esté teniendo una vida, digamos postuma. No cuesta mucho trabajo imaginarse a esta señora construyendo con sus propias manos la tapa de madera con la que transformó la cuna de su hija en jaula, para que su hijita no se cayera. También poniendo esquineras en los ángulos de todas las mesas y de más salientes de todos los muebles; y atornillando metódicamente cerrojos en las ventanas. E insertándole en la boca de su hija un protector dental cuando la pequeña empezó con la dentición. Y enroscándole un casco de ciclista cuando la pequeña empezó a caminar por sí misma... (s).

La niña en el parque apenas levanta la mirada, pide permiso para todo y en vista de su aspecto, come muy mal (d). Es evidente que tiene la autoestima por los suelos, similar a la media de un ciudadano norcoreano (s). La persecución materna es de tal intensidad que la mujer termina agotada (d), razón principal por la que sus estancias en el parque siempre sean cortas (s). 

No les pilla la lluvia: hacía diez minutos que se habían marchado (f).


Madre que confunde las hostias con las caricias, excepto cuando las hostias se las dan a su hijo, que las llama por su nombre, hostias

Esta madre es joven (no más de 25 años), de vestimenta y comportamiento un tanto pijos (d). El comportamiento pijo de una madre se manifiesta en cuanto se detecta que la vestimenta de su hijo está determinada por criterios estéticos y no de funcionalidad. Los pijos suelen llevar a sus hijos al parque con vestidos y calzados imcompatibles con las actividades que pueden desarrollar en el recinto (d). El caso más extemo de "pijismo" lo detenta nuestra madre, que un día (nuestro día, el de la tromba de agua) llevó a su hijo con un pantalón corto "monísimo" a mediados de enero, aquí, en Vitoria-Gasteiz (d).

Además de esta peculiaridad, nuestra madre pija, a todas luces liberal conservadora (s), tiene un concepto de la libertad bastante peculiar: cuando su hijo, de dos años, inmaculado, con unos zapatitos a juego con el color de su pelo cuyos cordones van a juego con sus ojos le suelta una hostia a una niña de tal naturaleza que la niña cae al suelo noqueada, no es capaz de asumir el acto violento de su hijo (d). La madre de la niña agredida ha ido corriendo a socorrer a su hija y le ha abronca al niño inmaculado ataviado con un pantalón corto azul a juego con el cielo. La madre pija liberal conservadora, que no ha visto la hostia, porque está sentada al lado de la madre new age leyendo la Cosmopolitan, llega al lugar de los hechos y argumenta que habrá sido una caricia o que.jugando, su hijo habrá intentado tocar a la niña y que se habrá caído para atrás por evitar ese gesto de cariño. La madre de la niña hostiada se retira refunfuñando (f) al tiempo que nuestra madre pija liberal conservadora se reafirma en sí misma pensando en el mal carácter que tiene el lumpen proletario (s).

La madre regresa a su banco al tiempo que su hijo inmaculado sigue con sus juegos (d). De pronto, el niño inmaculado llora con unas lágrimas a juego con sus tirantes y la madre pija liberal conservadora se convierte súbitamente en la madre coraje. No ha visto lo que ha pasado, pero su hijo llora y le ha dado el chivatazo de que le ha pegado un niño (precisamente el hijo de la madre new age) que ha salido corriendo (f). La madre quizás hubiera salido corriendo detrás de él, de no haber sido por los tacones de aguja de veinte centímetros que tiene en esos zapatos a juego con el sujetador (s).

Empieza a llover (f). La madre coraje extiende su paraguas a juego con su tanga y vuelve a pensar en el carácter violento de la chusma (s) miestras mete a su hijo en la silla (d).


Hombre solitario que no es el padre de ninguno de los niños que juegan en el parque.

Este hombre que ronda los 60 años (d) permanece sentado en el banco a pesar de la que está cayendo (f). 

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Travelling de acercamiento desde que se ve a este personaje sentado, lejos, pequeño, solitario, inmóvil entre el algarabio de padres, madres, hijos, hijas, nietos y nietas, que se apresuran a salir rápidamente del parque, hasta que obtenemos un primer plano del rostro del señor calándose.

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Créditos.

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Música: Killshot (Ben Frost).


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