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domingo, 2 de marzo de 2014

Una canción de 1983, treinta años después

Esta historia empieza mucho antes del verano de 1988, que es el año en el que yo escucho por primera vez aquella canción. Exactamente comienza veinte años antes, en la década de los 60, cuando mi madre es la sirvienta en la casa de una familia burguesa de Ávila. Además de las labores propias de la cocina y la limpieza y el orden del hogar, mi madre cría a la niña pequeña de la familia. Cuando mi madre se casa emigra con mi padre a una gran ciudad, a principios de los años 70, en busca de trabajo. La 'niña' entonces es ya una joven, pero ambas, ella y mi madre, continúan alimentando el vínculo emocional que una vez las unió, hablan por teléfono y se ven de vez en cuando. Al fin y al cabo, tampoco es mucha la diferencia de edad entre ambas, porque cuando mi madre entra a servir en aquella casa tiene catorce años, momento en el cual la niña cuenta con cuatro. Recuerdo que cada verano de mi infancia, cuando vamos en familia al pueblo de mi madre, que está a unos veinte kilómetros de la ciudad de Ávila, ella dedica un día a visitar a la familia a la que ha servido y a su vuelta nos cuenta los episodios más significativos de la 'niña' y de la familia.

La 'niña', ya adulta, se casa un año de esos, a principios de los 80, con un periodista musical que trabaja en Radio Nacional de España. Y en el verano del 88, lo recuerdo porque ese mismo año, en enero, ha muerto mi padre, mi madre viene de la visita de rigor con un regalo para mí, una cinta de cassette. Es un regalo del marido periodista de la 'niña', que, según me dice mi madre que le ha dicho él, como yo tengo entonces catorce años, seguro que me gusta la música que él ha seleccionado en la cinta. 'Pop-rock de los 80' recuerdo que pone, con letras mayúsculas, en el canto de la caja de plástico, y en cuyo reverso señala que hay canciones de grupos como Radio Futura, Golpes Bajos, Siniestro Total, que son los tres grupos que recuerdo que sí hay, entre otros de la época. Luego pongo la cinta en el walkman y le doy al play, pero no hay nada de pop-rock: el marido periodista de la 'niña' se ha equivocado y ha metido otra cinta de cassette en la caja de 'Pop-rock de los 80'. Lo que hay es 'música rara', con mucho piano, con algunos violines, con voces de coros, a veces... Pero no es música clásica, el sonido es mucho más sintético que orgánico. ¿Qué tal la cinta que te ha grabado 'fulano'?, me debe preguntar mi madre. Bien, le debo responder, sin desvelar que se ha equivocado; es un regalo y yo no quiero poner a 'fulano' en evidencia.

Aquella música sintética me impacta. Es una música que puede ser la banda sonora de muchas historias. Y aquel verano es la banda sonora de mi verano en el pueblo de mi madre. Sobre todo es la cuarta canción la que me gusta desde el principio, con un ritmo medio de piano que se rompe al poco tiempo con más piano y con la entrada después de un teclado que imita el sonido de un violín. La cinta errónea no tiene ningún tipo de identificación: por el estilo, todas las canciones son del mismo músico, y deben pertenecer a un mismo álbum. Ni sé las veces que escucho aquella música, y especialmente aquella cuarta canción, durante aquel verano, en la soledad de la escucha silenciosa a través de los auriculares del walkman, mañanas, tardes y noches. Una obsesión de adolescencia, aquella cuarta canción, que tarareo en ratos muertos, que llego a saberme de memoria, de las veces que la escucho. Es, quizás, la primera vez que escucho música, quiero decir, la música por la música, sin que se accione el filtro de la autoría o del estilo, que tantas veces me han determinado a la hora de escuchar música, sobre todo en este tiempo de juventud. Y la hubiera escuchado cientos, quizás miles de veces más, aquella cuarta canción, si el walkman no se hubiera tragado la cinta.

Me siento huérfano de aquella cuarta canción, con la rotura de la cinta, pero la conservo casi intacta en la memoria, de las veces que la he escuchado, y me alivio. Y la recupero, durante aquel verano, todavía cuantas veces quiero, y también cuantas veces quiere venir ella sola a mis canturreos. Es mi canción de 1988, mi obsesión, vivida en silencio, como se viven las cosas cuando tienes catorce años y el mundo te parece una indigerible montaña de mierda que va a subir su puta madre

Pero aquella cuarta canción se va yendo cuando ese mismo año ya empiezan las clases, se me muere en la cabeza, a cachos, primero logro recuperarlos, pero cada vez con mayor esfuerzo, confundo partes, se amontonan los distintos ritmos. Aquella cuarta canción se llena primero de ruido y después de silencio. Y la pierdo, al principio casi del todo. Al cabo de unos meses, solamente puedo retener el principio de aquella cuarta canción, hasta que llega el segundo cambio de ritmo de los pianos, una vez que ya han entrado los violines. Después de ese momento, la canción muere una y otra vez en el esfuerzo por canturrearla. Y la pierdo, después del todo. La canción muere en pocos meses después de haberla dejado de escuchar.

Recuerdo el dolor de la pérdida, un recuerdo físico, de pena, de rabia. Me angustia pensar que no la volveré a escuchar nunca. Y, sobre todo, me aplasta la frustración de no tener ningún elemento de búsqueda, para recuperarla. Y la doy por perdida. La canción está muerta hasta que se me aparece a finales de 1993, en la sala de cine donde veo "El piano". Los primeros acordes de la famosa pieza de su banda sonora me pone los pelos de punta, tanto que me despista de la acción de la historia, porque aquella cuarta canción ha vuelto, desde lugares remotos de mi memoria, pero ha vuelto difusa, raquítica y con un aire de irrealidad, como un fantasma. El fantasma de aquella cuarta canción.


Luego sé, porque lo leo en los créditos de la película de Jane Campion, que el autor de la banda sonora es Michael Nyman y que la canción cuyo estilo y cuyo aire me han traído el fantasma de aquella cuarta canción se titula 'The heart asks pleasure first'. Michael Nyman, Michael Nyman, memorizo. Puede ser el autor de las canciones de aquella cassette, y con esa esperanza salgo del cine. Unos días después voy a una tienda de discos y pregunto por Michael Nyman. Solamente tienen la banda sonora de "El piano", en la sección de 'Bandas sonoras', ningún disco más de Michael Nyman. Como encontrar una aguja en un pajar, pienso, imposible recuperar aquella cuarta canción, imposible volver a escucharla. Imposible.

Sin embargo, reanudo la búsqueda a finales de los 90, con la irrupción de Internet. Indago en la discografía de Michael Nyman pero no encuentro aquella cuarta canción. La búsqueda me aporta, sin embargo, otra pista, la etiqueta que describe su música es la de 'música minimalista'. Así que continuo la investigación por ahí, escuchando música minimalista en los ratos muertos, buscándola a ella, en una búsqueda que resulta siempre infructuosa.

Después, en 2003, llega otra película, 'Las horas', en cuya proyección el fantasma de aquella cuarta canción vuelve a aparecerse. Todavía más difusa, más raquítica y de aire más irreal. Otra búsqueda, entonces, pero más cansado, sin esperanza, a partir de las ramificaciones nuevas abiertas por Philip Glass, cuyo nombre conozco aquella noche. Pero nada. Solamente el drama. 


Me había cansado de buscarla. Y la tengo que enterrar. Y de aquella cuarta canción ya no hay ni restos fósiles en mi memoria. ¡Cómo para sospechar que habría de encontrarla diez años después!

La historia terminará aquí, hace poco más de una semana, cuando lea el titular de una de las noticias de portada de Menéame (Un vídeo muestra la crudeza de "Petra" desde el aire) y la información que describa el material audiovisual (El fotógrafo Philip Plisson registró desde un helicóptero los efectos de la ciclogénesis que afectó a Galicia y al Cantábrico a primeros de febrero y que dejó rachas de viento superiores a 152 Km/h). Y clicaré en el enlace. Y sobre las imágenes de la descomunal fuerza del mar Cantábrico empezará a sonar aquella cuarta canción. Y estaré a punto de llorar cuando vuelva a escucharla de nuevo, después de tantos años.

Debajo de la ventana donde se muestran las imágenes, en la parte derecha, estará la opción de comprar la canción en 'itunes'. Ahí sabré su nombre. Y su autor. Cuando la emoción me deje pensar pensaré que un accidente me había traído esta canción y que un accidente me la había arrebatado y que un accidente me la había vuelto a traer. Ni sé las veces que la escucharé cuando la encuentre, dentro de poco más de una semana. La gozaré en conciertos grabados y en diversos videoclips que hay colgados en la red. Pensaré, 'ahora nunca dejaré que se vaya'. Pensaré, 'ya no habrá más accidentes'.

Y teclearé su título, 'Struggle for pleasure', al final de la historia que escribiré aquí, en el Blog Abisal. También escribiré el nombre de su autor, Wim Mertens. Y cerraré ese último párrafo con el nombre de la historia, una canción de 1983, treinta años después. 

Play.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El día que conocí a Robe Iniesta



Conocí a Robe Iniesta por casualidad. Calculo que sería muy a finales de los 90, cuando yo vivía en Zaragoza. La casualidad, el accidente, reside en que había invitado a un amigo de Madrid a pasar unos días en mi casa con la excusa de las fiestas del Pilar, y este amigo trabajaba entonces en Organización de Eventos para una empresa que, precisamente, era la que se encargaba de la seguridad del concierto que Extremoduro iba a dar en Zaragoza, incluido en el programa de Ocio y Cultura de las fiestas patronales de aquel año. En resumen, que mi amigo propuso ir al concierto porque entraríamos sin pagar un duro. Yo, al principio, que ni hablar, pero había más gente en el grupo que sí quiso, y allí fuimos, el día señalado. De no haberse dado esa circunstancia yo no habría conocido nunca a Robe Iniesta y, por descontado, hoy sería ese día en el que todavía podría decir que "nunca he ido a un concierto de Extremoduro, ¿qué pasa?". 

Recuerdo que primero tocaron Fito y los Fitipaldis, pero no a modo de teloneros, porque seguramente fuera un concierto a dos, con las dos bandas compartiendo protagonismo, digamos, pero la cosa es que primero fueron los otros, los que abrieron boca entre el público, antes de que subiera al escenario lo que la mayoría estaba esperando, a Extremoduro. Y salieron, todos menos Robe Iniesta. Y empezaron a tocar una canción durante un par de minuto, no sé cuál, porque no me sabía su repertorio, apenas habría escuchado el principio de alguna de sus canciones más representativas, y poco más. El público coreaba de forma insistente el nombre de Robe, instándole a que saliera, pero Robe se hizo esperar, y solamente salió cuando entre los asistentes que coreaban su nombre empezó a oírse algún silbido. Fue entonces cuando yo conocí a Robe Iniesta.

Robe Iniesta salió al escenario con los brazos extendidos, completamente abiertos, a pecho descubierto. El público empezó a gritar, de repente, desde que lo vio aparecer hasta que llegó hasta la posición central, donde le esperaba el micrófono. Recuerdo que los gritos fueron ensordecedores, con un punto de histeria considerable entre algunos jóvenes que teníamos cerca; los litros de cerveza y calimocho volaban entre los saltos de alegría. Cuando Robe Iniesta empezó a cantar, todavía tuvieron que pasar unos segundos, o quizás un minuto o más, para que el ruido que había provocado su irrupción en el escenario menguara, dejando, finalmente, asomar su voz por encima de tanto bullicio.

Podría asegurar que justamente este momento, el principio del concierto de Extremoduro, cuando conocí a Robe Iniesta, es el único que conservo en la memoria de aquel día; ese preciso momento y, también, algunos detalles relacionados con mi vivencia del acontecimiento, algunas observaciones y pensamientos, sobre todo...

Por un lado, la aclamada salida al escenario de Robe Iniesta me constató que para el público había un solo protagonista, Robe, y unos personajes secundarios, el resto de la banda. Recuerdo que pensé que Extremoduro tocaba para Robe Iniesta y que era Roberto Iniesta el que se entregaba al público, en una entrega similar a la que podría ejercitar cualquier líder político, en plena campaña electoral. Pero había en el ambiente algo más que el estúpido ambiente colectivo de mitin que puede darse en cualquier evento político, había algo que se acercaba a un espíritu religioso, en virtud de la respuesta de ese público, fanático (de fan), que parecía embriagarse al vislumbrar en cuerpo presente el cuerpo sobre el que se había volcado una fe y una esperanza inmensas. Sí, hubo en la salida de Robe Iniesta al escenario una actitud mesiánica, no solamente por su postura corporal, en rima absoluta simbólica con el redentor cristiano, sino por el juego y el diálogo que esa puesta en escena provocó con los allí asistentes. Comprobé que Robe Iniesta era el líder, el líder que necesitaba una manada, esa manada de jóvenes que, paradójicamente, a su vez, también lo necesitaba a él, en la figura de líder incuestionable.

Y como no hay pastor sin rebaño, recuerdo que estuve escrutando al público, un entretenimiento justificado, en parte, por mi desinterés en la música de Extremoduro y en el concierto en sí. Eran jóvenes que rondaban los 20 (hay que apuntar que yo en esa fecha rondaba los 30), bastante equilibrada la proporción entre hombres y mujeres, con camisetas negras, unas con motivos de Extremoduro y otras con eslóganes y símbolos anarquistas y comunistas, borrachos casi todos. Imaginé que serían jóvenes de los que critican a esos otros jóvenes que escuchan otra música, de los que tachan de pijos a los que escuchan "Los 40 Principales", y de los que desprecian a esos otros grupos musicales donde el mensaje es más blando y, por decirlo así, más condescendiente con el Poder, con letras más burguesas, de historias de amor enfermo, con celos y posesividad, etcétera. Imaginé también que quizás era un público que mantenía la ilusión de que un grupo de rock como Extremoduro permanecía en la periferia del Sistema, resistiendo al empuje maquiavélico del Capitalismo. Pero..., ¿acaso el modelo de liderazgo de Robe Iniesta no sigue el camino del liderazgo marcado por el Sistema? ¿O acaso son diferentes los gritos de histeria que provoca cualquier fenómeno fan fagocitado por las radio fórmulas a los gritos de histeria que yo vi que provocó la salida de Robe Iniesta al escenario? A poco que se rasque, todos esos jóvenes son iguales, y albergan miedos semejantes, y soportan idénticas represiones. También, a poco que se rasque, todos los adultos somos iguales.

Entre tanta imaginería ácrata pensé en la frase de Bakunin "el pueblo sólo tiene tres caminos para librarse de su triste suerte: los dos primeros son los de la taberna y la iglesia; el tercero es el de la revolución social". Y huelga decir que aquel concierto de Extremoduro no estaba inserto en ningún camino de revolución social, porque los jóvenes se habían perdido en las dos primeras, la taberna (las borracheras) y la iglesia (la fe en un líder). ¡Qué contradicciones las de estos jóvenes!, recuerdo que pensé. ¡Y qué contradicciones las mías propias!, también, que allí estaba, con mi  paquete de tabaco americano en el bolsillo y con mi bebida fabricada por una multinacional, hablando y pensando desde la izquierda, con una tarjeta de crédito en la cartera, el coche en el garaje y la revolución social, solamente, en lo libros que leía. El día que conocí a Roberto Iniesta.

La contradicción quizás sea la característica que más nos perfile como humanos donde la dialéctica entre la acción y el pensamiento, su choque, su rozamiento, la contradicción misma, sea la que nos conforma en lo que somos. Se suele decir que es la izquierda la que vive con mayores contradicciones, y se nos suele atacar con eso, pero es una trampa de la derecha. La única diferencia es que las nuestras se airean más, quizás porque hay más honestidad. No es el momento de hablar de la pederastia en la iglesia ni de la doble moral de muchos conservadores, o la homofobia de tantos gays derechistas, pero sí es el momento de citarlos como ejemplos que ilustran que las contradicciones nos definen a todos, construyendo eso que llamamos identidad, pero sobre un suelo muy resbaladizo.

Años más tarde del día en el que conocí a Robe Iniesta escuché una entrevista radiofónica a Evaristo, el cantante de La Polla Records, otro grupo emblema de eso que se llama rock radical, y cuando, en un momento dado de la entrevista, admitió que alguna vez se le había escapado alguna hostia a sus hijos, pensé en la legitimidad que puede tener un padre delante de sus hijos cuando critique la violencia del Estado contra el Pueblo cuando él en su casa es el Estado contra el Pueblo que forman sus hijos. Esta es otra contradicción que apunto, no para señalar ni acusar a Evaristo de nada, sino para ubicarnos a cada uno de nosotros en nuestras propias contradicciones, en las que incurrimos sin descanso.

Termino. Me ha venido a la cabeza el día que conocí a Robe Iniesta estos días que ha sido noticia la detención de una persona por filtrar el contenido del nuevo disco de Extremoduro. Y he vuelto a pensar en las contradicciones de todos cuando a Robe Iniesta se le ha acusado de contradicción, incoherencia y mentira, al permitir que, siendo lo que él es y lo que Extremoduro implica para una parte del gran público, se meta en la cárcel a una persona por facilitar que su disco llegue a miles de hogares sin pasar por caja. Se le acusa de algo que somos todos. Es otra de nuestras contradicciones, sin duda, apedreando al personaje público por habernos fallado, cuando uno mismo es el que más se falla así mismo y a los suyos. La neoinquisición es nuestra música. 

Eso, solamente. Termino con un proverbio anónimo que dice que siempre tenemos que recordar que, antes de acusar a nadie de nada, cuando señalas a alguien con un dedo, tres te señalan a ti.

martes, 30 de julio de 2013

La última canción

Todas las madrugadas entre el sábado y el domingo, a eso de las siete, el pinchadiscos del Agujero Negro ponía la canción "The last song", de Trisomie 21. Todas las madrugadas, sin excepción. Era el cierre, la muerte, de la noche, y de esta forma vivíamos ese momento señalado, ese ritual, esa incansable repetición, los que allí estuvimos todas esas madrugadas entre el sábado y el domingo en el Agujero Negro. A pesar del cansancio de tantas horas allí encerrados, la entrega al baile era total. De todos y todas. Sin excepción.

No he conocido nunca un nombre mejor elegido para un local que el Agujero Negro. La oscuridad dentro era absoluta. Recuerdo que los camareros tenían una pequeña lamparita junto a la caja registradora, donde controlaban el dinero y los cambios de las consumiciones. El garito tenía doble puerta de entrada, así que la luz artificial de las farolas de la calle apenas incidía unos pocos metros en la entrada, cada vez que alguien entraba y salía. Y luego estaban los interruptores de la luz de los baños, al fondo, claridad que el camello del bar aprovechaba para pasarnos, sobre todo, speed. Todo era negro dentro del Agujero Negro porque todas nuestras ropas también se tragaban la luz. Muy poca gente dentro del Agujero Negro vestía otro color que no fuera el negro, quizás el morado algunas chicas, y poco más. Y la luz de los mecheros que fugazmente descubrían un rostro en la noche, cuando alguien se encendía un cigarro o un porro. Y las largas caladas, que al succionar el cigarro nos dibujaban intermitentes rostros calavéricos.

La mayoría de los habitantes del Agujero Negro bailábamos horas y horas en esas madrugadas entre el sábado y el domingo. La música estaba a tope y dejaba poco espacio a la conversación. Pero no nos hacía falta hablar. Nuestra comunicación era otra, mucho mejor; la de la música sobrevolándonos, y atravesándonos, en todo momento, y que nos hacía movernos lánguidamente. Nuestra comunicación era de roce entre cuerpos que no se distinguían; de olor a un sudor colectivo que se iba acumulando en el ambiente; de miradas robadas al resto cuando la oscuridad se rompía en un instante. Y los que no bailaban estaban sobre el suelo, apoyados en las paredes; eran las parejas que se besaban, durante horas, en un abrazo interminable; y, también, los que yo llamaba los atormentados, personas, sobre todo chicos, que se cogían las piernas, con la cabeza apoyada o metida sobre ellas, en un abrazo ensimismado igualmente interminable.

He dicho bailes lánguidos, sí, de mirar hacia abajo, de brazos muertos, de un vaivén interminable de la cabeza que seguía los bajos de las canciones oscuras. Hasta llegar a una suerte de trance. ¡Qué bajos los de algunas canciones oscuras...! El de "Other voices" (The Cure), o el de "Lucretia, my reflection" (Sister of Mercy), o el de "Disorder" (Joy Division), por poner tres ejemplos, o el de "The last song" (Trisomie 21), la canción que cerraba la noche cada madrugada de sábado y domingo en el Agujero Negro. 

¡Cómo no recordar que nos entregábamos a fondo en esta última canción! Todos. Las parejas también. Incluso algún atormentado se animaba al último baile de la noche. Y los camareros y el pinchadiscos. Todos y todas sabíamos que era el final, otra muerte; que lo siguiente era la molesta luz del nuevo día y la vuelta a casa por un escenario surrealista y hostil donde los señores y señoras que más madrugaban te miraban como a un bicho raro. ¡La asquerosa normalidad! 

En fin, un recuerdo de juventud, de las madrugadas entre el sábado y el domingo en el Agujero Negro. Han pasado más de 20 años. Ahora es una autoficción, este relato.

[PLAY]

martes, 31 de julio de 2012

La Italia del Renacimiento

Hoy una amiga ha hablado en su casa de Cioran. El propio Cioran y el libro de las que las ha extraído las citas que mencionado, "Del inconveniente de haber nacido", me han hecho recordar un episodio de adolescencia. 

Yo estoy pasando un día de campo en familia, concretamente con una tía paterna, con su marido, y con dos de sus hijos, a los que acompañan sus dos novias, o esposas, ahora no recuerdo. Hemos comido en las faldas del Moncayo, la montaña más emblemática de la provincia de Zaragoza, a un paso de Navarra y a otro de Soria. Y ahora estamos de sobremesa.

J., la pareja de mi primo L., es quien lanza la pregunta: ¿en qué otra época os hubiera gustado vivir? Pregunta absurda, pienso yo, que tengo 16, a lo sumo 17 años, entre cinco y diez menos que mis primos y sus chicas. O juego tonto, quizás, creo yo, adolescente atormentado , tan lector de las ficciones de Ernesto Sabato [¡cómo olvidar la frase del maestro: "no hay animal que sufra más sobre la tierra que un adolescente atormentado"!] que a veces he jugado a confundirme a propósito con sus propios personajes, cogiendo unas cosas de Bruno, otras de Alejandra, etcétera.

¿Que en qué otra época me hubiera gustado vivir? Pregunta trampa que arrancará de todos los que contesten frases hechas, de eso estoy seguro. En ese momento, antes de que nadie responda, ya tengo pensada la respuesta, pero es, digamos para entendernos, una respuesta incómoda. Y no sé si esa respuesta cabe en ese aquí y en ese ahora. Me asusta, sobremanera, exponerme en exceso con familiares a los que apenas veo. Y no podría soportar que mis primos le comentarán algo a mis tíos, lo cual sería el acceso directo a que mi respuesta llegara a oídos de mi madre.

Mi primo L. responde que en la época romana. Subraya que siendo romano y no cristiano, que vivían muy poco por ser arrojados a las fieras. La confesión arranca las risas del foro. Yo también río, pero continuo cavilando sobre las consecuencias de mi respuesta. 

A., mi otro primo, dice que en la época medieval. ¿Por qué? se interesa al instante J. Porque le hubiera gustado ir a las cruzadas, responde. ¿Pero sabes bien lo que son las cruzadas?, le pregunta L. No, solamente sabe que miles de soldados salieron a matar moros... De nuevo risas. Yo también río pero estoy más nervioso... Doy un paso atrás: inventaré otra respuesta. ¿Cuál? ¡Qué se yo! La Italia del Renacimiento, me viene de primeras. ¿Y si me preguntan por qué...? ¡Qué sé yo...! En fin... Responde P.

P. es la chica de A, y dice que cuando el Imperio Egipcio, concretamente, en el reinado de Ramses II. ¿Por qué Ramses II?, le pregunto yo, mientras pienso en la respuesta de por qué la Italia del Renacimiento... Porque de aquella época son las construcciones más espectaculares... A. se acerca a P.: ¿y te hubieras casado con ese Ramses? Quien sabe, tuvo muchas mujeres... Más risas... Y yo sin saber por qué la Italia del Renacimiento.

J. dice que es mi turno, pero yo me niego, y le respondo que primero ella. Ella que no y yo que sí, que ella... ¡Maldita sea...! Yo ya debo estar rojo como un tomate... Cuando voy a decir la Italia del Renacimiento es ella quien dice que le hubiera gustado vivir en el Paleolítico... Los cuatro le miramos esperando una continuación... J. no sabe muy bien por qué; quiere pensar que fue entonces cuando comenzó todo. Especialmente está interesada en las pinturas de las cuevas de Santillana del Mar... Aquí es L. quien arranca la risa del grupo, cuando le dice a su chica que seguro que le hubiera gustado encontrarse con él en cualquier cacería de cualquier bisonte, con su taparrabos correspondiente... Yo río, sí... Pero también tiemblo... Porque mierda... ¡es mi turno!

Supongo que por no haber tenido tiempo de buscar una respuesta convincente a la pregunta de por qué la Italia del Renacimiento, por los nervios, ¡qué sé yo...!, pero les suelto la bomba atómica. Todavía colea el buen ambiente que ha provocado las otras intervenciones cuando les digo que no hubiera gustado vivir en ninguna época, ni en esta ni en ninguna... Silencio. J. me pregunta si estoy bien. Pero no entro al juego de buscar una respuesta. Es una broma... rectifico, me hubiera gustado en la Italia del Renacimiento. Ya sabéis, me gusta tanto el arte...

Cioran llegó a mi vida en la adolescencia tardía. Fue el fertilizante ideal para una tierra propensa a la maldición. Nunca he creído que haber nacido es una suerte de bendición. Más bien todo lo contrario, una maldición. En cualquier caso, la tragedia es nacer; y no morir. La muerte propia no existe, así que solamente está capacitada para supurarme la angustia de este cuerpo que se sabe muerto, y, al tiempo, asume que nunca lo estará. Es otro de los inconvenientes [es lo que pensé cuando mi amiga habló de Cioran esta mañana] de haber nacido. 

Lo cierto es que sigo creyendo así, como de adolescente, con matices, eso sí, pero ocurre que conforme el tiempo te va atravesando uno va inventando no una sino varias opciones B. Supongo que todos y cada uno de nosotros tenemos nuestras italias del renacimiento: es la coraza necesaria para que el pánico no cunda ahí fuera. Coraza o crema cosmética, a fecha de hoy es imprescindible. 

Suelo pensar que si llego a la vejez las respuestas incómodas me importarán menos. Ya no me asustará, por ejemplo, exponerme en exceso con las personas que quiera en ese momento. Y ya habrá llegado el tiempo de soportar el dolor de los demás escuchándote decir que nacer fue, además de un absurdo accidente, una auténtica tragedia.

Hace 2 años hice una autobiografía audiovisual en la que juego [y me enredo], precisamente, con la posibilidad de no haber nacido. Así lo escribo en los subtítulos:

Una infinidad de acontecimientos y combinaciones probables confluyen en una única posibilidad: mi nacimiento a las 00:40 del 21 de octubre de 1972. Si cualquiera de esos factores hubiera sido otro, yo nunca hubiera salido del limbo de los no nacidos. Lo mejor de contemplar la posibilidad de no haber nacido es sucumbir ante la idea embriagante de no haber muerto nunca. Esa es la idea de eternidad que no nos pertenece a los que hemos nacido.

Lo dicho, un inconveniente haber nacido, pero embriagante muchas veces, al fin y al cabo...



miércoles, 16 de mayo de 2012

Una generación, 31 años

Un día uno de mis tíos mayores, mientras comíamos, me contó esta historia sobre mi padre. Veo que comes la comida casi hirviendo, me dijo, igual que hacía tu padre. ¿Sabes por qué tu padre era capaz de comer tan caliente? No. ¿Nunca te lo contó? No. Comíamos todos de la misma cazuela, cuando la cazuela todavía estaba encima del fuego. Tu padre era de los pequeños y aprendió muy pronto que si no se andaba listo se quedada sin comer.

Mi padre se murió sin haberme contado apenas su vida. Recuerdo que las pocas veces que se detuvo a hacerlo usaba casi siempre la primera persona del plural, en un discurso que, intencionadamente o no, le arrancaba a él mismo de su protagonismo para dejar en primer término el contexto colectivo con el que lo explicaba todo: de pequeños pasamos mucho hambre...; el abuelo nos dio muy mala vida...; tuvimos que salir del pueblo para trabajar...; etcétera.

Con esto..., ¡cómo olvidar una de las pocas historias que mi padre me narró en primera persona...! Más o menos así... En casa no había dinero. A los 6 años mi padre me metió a pastor. Mi madre decía que era todavía muy pequeño para pasar las noches cuidando ganado. Pero mi padre no pensaba igual. Así que a los 6 años dejé el colegio y me puse a cuidar cabras. Todavía recuerdo el aullido de los lobos por las noches y cómo me dormía al raso temblando de miedo pensando que vendría un lobo y se me comería vivo.

Sí, los contextos que construyeron a mi padre fueron la postguerra, el político, y el hambre, el vital; y la angustia, una de sus pocas primeras personas del singular.

Y más, un contexto social. Mi padre fue niño criado de muchos amos. Creció criado y, cuando terminó el servicio militar [en donde le enseñaron a leer, a escribir y hacer operaciones aritméticas básicas] dejó el pequeño pueblo donde nació para buscarse la vida en una gran ciudad para convertirse en obrero asalariado. A decir verdad nunca dejó de ser criado de varios trabajos...; de una fundición, de varias obras de construcción, de varias fábricas industriales... También tuvo largos periodos de paro.

En una frase, la casa de mi infancia fue una casa alquilada sin bañera. En temporadas largas se quedaba sin agua caliente, y en verano, se metía todo el agua de las tormentas a través de las ventanas... Ese es mi recuerdo de niño..., una infravivienda, según baremos actuales. Es la casa cuyo alquiler podía pagar sin asfixiarse una familia obrera recién instalada en la vida urbana.

Vuelvo a la historia. Cabe decir que entre mi padre y yo únicamente media una generación, cuya diferencia temporal se sitúa en los 31 años. Recuerdo esta cifra, y recuerdo estos fragmentos de la biografía de mi padre cada vez que alguien me dice que nunca habíamos estado tan mal como estamos ahora.

Es falso que en la actualidad estemos peor que nunca. Se suele abusar de esta exageración para ilustrar en pocas palabras el descontento social que se vive en esta crisis económica que estamos sufriendo. Ese "estamos peor que nunca", o "no hemos conocido crisis igual", y un largo etcétera, forman parte de la retahíla de eslóganes que circulan primero, desde los medios a sus audiencias [nosotros], segundo, de nosotros a nosotros, y, tercero [ahora de actualidad] desde los grupos de indignados hacia los medios... La proliferación de eslóganes es tal que la palabra parece haber muerto. Y de todos es sabido que esos despojos literarios que son los eslóganes, sirven a la perfección, claro, para vender humo, como tan bien saben las agencias publicitarias y las grandes marcas...

La devaluación del pensamiento por la escasez de un lenguaje articulado más allá del trazo grueso es una más de las consecuencias de la crisis [de la intelectual, anterior a la económica], y de la que muy pocos hablan. A diferencia de la económica, la crisis intelectual nos afecta a casi todos. Unos pocos [todavía] han perdido sus salarios y sus casas; pero unos muchos ya han perdido su capacidad de comprensión y crítica, se han dejado robar el lenguaje bajo la promesa de ganar la libertad de expresión. Se me dirá que es peor perder la casa que la palabra. Discrepo. Pero ese no es el tema...

Hablamos de Twitter, en cuya comunicación fugaz manda la pretensión de impactar sobre el receptor. Comunicación muchas veces a trompicones, atropellada, castrante, con palabras que se hilvanan con la urgencia y la sorpresa de una cornada. Lenguaje hemorrágico: pierdes palabras que se vierten a ningún sitio. Estamos en ese punto en el que solamente el sensacionalismo logra conmover al otro a través de atajos amarillistas y, casi siempre, tramposos.

El contexto está tan saturado de exageración, de drama y de fingimiento..., la puesta de escena es tan barroca..., que es imposible distinguir la forma del fondo. El contexto, sin palabras, con eslóganes, es ruido, ruido bruto. La anti-comunicación. La imposibilidad misma de asimilar, escribir y reescribir aquello que entre el ruido asoma denominado como "crisis". El resultado de la distorsión no tiene por menos que ser la historia ninguneada, todas las historias de la Historia, ninguneadas. Tan ninguneadas de historia, antecedentes y contexto que, alegremente, se dice que estamos peor que nunca, como si la historia empezara en los 90.

Mi caso particular no es ejemplo de nada, pero de forma individual me sirve para convencerme de que no estamos peor que nunca. Me sirve, también, para luchar, sobre todo, contra mi mismo, contra la inercia impuesta del pesimismo, la desgana y la desesperación, y también contra mi continua tentación de aniquilar la comunicación, de dejarme morir en la crisis, de abandonarme a la corriente sensacionalista, de alcanzar el esl-o(r)ga(s)mo a precio de saldo. Es más, ese "estar peor que nunca" esconde en su reverso otras cosas que sí están, si no peor que nunca, sí en evidente declive con respecto a épocas no muy pasadas.

Ese "estar peor que nunca" esconde, a poco que se escarbe, nuestros brazos caídos. Y nuestro atontamiento sistemático. Y la radical domesticación de nuestro estilo de vida. Y el entretenimiento al que nos someten, sin descanso, las industrias de la diversión masiva. Y esta narcotización profunda en la que ni soñamos ni deseamos. E, incluso, esa indignación sin rabia de última hora, diseñada en los despachos del poder,  cosmetizada para dar buenos planos a las televisiones, donde la moneda de cambio es el marketing puro y duro [el mundo de los eslóganes] y, también, la tecnología que nos hace creer que somos libres de contarlo a través de nuestros aparatos a la última.

Asumo que mi discurso cojea de "defectos" que se han criticado más arriba, pero es un discurso. Hago trampa, pero es un comienzo... Y de comienzos estamos faltos...

No estamos peor que antes. Sí, es un [contra]eslogan, pero escapa lo suficiente de la desesperanza... Porque yo a los 6 años estaba en primero de EGB: ya había empezado a leer y a escribir. Y a los 18 fui objetor de conciencia porque, además de ser izquierdista, sabía que el servicio militar no iba a aportarme nada. Y a la edad que mi padre emigró del pueblo a una ciudad yo emigré de esa ciudad a una ciudad más pequeña. No estamos peor que antes... No lo estamos.


BONUS TRACK

viernes, 20 de abril de 2012

Un autorretrato

Sobre todo me ha llamado la atención la oxidación de la hoz. Y por eso me he parado frente al escaparate de la librería. Sí, también he echado en falta un mango de madera y un martillo, pero ha sido después. De primera lo dicho..., ha sido el retrato de esa hoz desgastada por el paso del tiempo lo que me ha llamado la atención.

Enseguida he visto qué era esa hoz, la ilustración de la portada de un libro donde podemos leer [una palabra por línea, lo siguiente...] MANIFIESTO COMUNISTA MARX ENGELS ALIANZA EDITORIAL. La reflexión no ha tardado en llegar: para la editorial que lo publica, es obvio que el comunismo ha envejecido mal, de ahí todas las elecciones ideológicas que han llevado a ilustrar la portada del "Manifiesto Comunista" [1848, Marx y Engels] con una vieja hoz oxidada, imposible de "aprehender" [resultado de ser una herramienta sin mango] y desprovista ya de su función como símbolo [hoz huérfana de su martillo].

En el símbolo comunista, la hoz representa al proletariado campesino y el martillo, al industrial. Los dos juntos, entrecruzados, simbolizan la unión de los trabajadores. Seguramente hubiera seguido tirando del hilo [y me hubiera lanzado a morder a Alianza Editorial y a su matriz, Grupo Anaya] de no haber visto el libro contiguo a la derecha, "El Anticristo" de Nietzsche, publicado por la misma editorial.

Después de haber visto lo que han hecho con el otro libro, ¡cómo no fijarse lo que han hecho con este otro...! Ejercicio de comparación... ¿Y cómo han ilustrado la portada de "El Anticristo"? Con un Nietzsche jovencísimo, seguramente de una época en la que ni siquiera había escrito su primer libro, no lo sé. Curiosamente la fotografía de Nietzsche es visible a través de una cruz, mientras que el título del libro y el nombre del autor forman una equis. Vista la portada en conjunto, no se sabe quién tacha a quién: ¡maldito postmodernismo!

Y de la comparación al contraste, entre la vieja hoz y el joven Nietzsche... [además del precio, un euro más caro "El Anticristo"]. ¿Será cierto que Nietzsche ha rejuvenecido, mientras que Marx y Engels se han convertido en viejos decrépitos? Es obvio que para la editorial sí, y es muy posible que para el mundo también. No lo sé. Y tampoco me importa mucho...

Casi al punto de irme hacia casa es cuando he visto mi reflejo en el cristal del escaparate. Ahí estaba yo, en la mitad exacta entre el "Manifiesto Comunista" y "El Anticristo". Lo cierto es que me he leído los dos libros y ambos son referencias biográficas obvias, así que me ha apetecido hacerme una foto con ellos, pero un instante antes de disparar me he desplazado ligeramente desde el medio hacia la derecha... 

Sí, ¡qué pasa...? Quería autorretratarme más cerca de Nietzsche que de Marx... [Click]






lunes, 16 de mayo de 2011

Selección 32 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche

"Illusory me", Love Spirals Downwards (1992)



"As old as new", Lowlife (1991)



"Cherry coloured funk", Cocteau Twins (1990)




"The funeral party", The Cure (1981)




"Acid, bitter and sad", This Mortal Coil (1987)

domingo, 20 de marzo de 2011

Lenin

[Kez]

Algunos ya os sabéis la historia de Lenin, que os conté en su momento por transmisión oral; pero otros muchos no, a los que os la cuento hoy por transmisión escrita.

E. todavía no había cumplido un año cuando una tía de Kez le regaló un Winnie The Pooh. 

Horas más tarde Kez se llevó a E. a su habitación, donde todavía dormía en la cuna, y le dijo a E. [aun siendo consciente de que E. no le entendería] algo así:

"Este oso amarillo es un esclavo de un tirano que se llama Walt Disney. Hay millones de osos amarillos con camiseta roja esparcidos por todo el mundo, obligados a ir vestidos así y obligados a llamarse Winnie The Pooh. Así que vamos a liberar a este osito del yugo capitalista, le vamos a quitar la camiseta que lo identifica a una burda copia más y le vamos a poner otro nombre". 

Una vez que Kez le quitó la camiseta al oso, le dijo a E. que a partir de ese momento, el osito se llamaría Lenin. Todavía hoy [tres años más tarde de la liberación simbólica del osito amarillo] E. llama Lenin al muñeco que todos los niños llaman Winnie The Pooh.

Kez espera el momento en el que E. se dirija a él enfadado para acusarle de que el verdadero nombre de Lenin es Winnie de Pooh; le dirá, quizás, que lo engañó. Kez querrá responderle que quizás sí le engañara, pero que la imaginación [simbólico-revolucionaria] construyó un objeto nuevo, que le hizo tener entre manos un juguete que ningún otro niño tuvo entre las suyas. 

 [Dos ficciones reconciliables]

Me he acordado de la historia de Lenin porque ayer estuvimos haciéndonos una fotos delante del NO de Santiago Sierra, expuesto dentro y fuera del Museo de Arte Contemporáneo de Vitoria-Gasteiz, Artium. Por mucho que la literatura [teórica] burguesa relacionada con la pediatría, la pedagogía y la lingüística insista en que lo primero que aprende a decir un niño es "papá" o "mamá" [o sus equivalentes en cualquiera de las lenguas], la práctica lo desmiente: lo primero que aprende a decir un niño es NO.

No creo que haya un término más universal que el NO, por la contundencia de su significado y por aquello que decía Nietzsche sobre el hecho de aseverar cualquier cosa sin la necesidad de andar con explicaciones. NO a la autoridad. NO a la estructura que cosifica. NO a la obediencia ciega. NO a casi todo, incluso al propio NO. En fin, cada cual que se customice sus "noes"; porque el abanico es amplio.


Una segunda historia:

Kez es el padre de E.; y como tal ejerce la autoridad sobre él [no confundir autoridad con autoritarismo]. Cada vez que E. le dice que NO a Kez, Kez, como autoridad, pretende hacerle cambiar de opinión, de forma más o menos seria o contundente, al tiempo que Kez se enorgullece de un niño de cuatro años que tiene el NO a flor de piel, como respuesta a casi cualquier petición o consejo.

Kez piensa que E. hace bien en decirle que NO [sin más explicación, el NO por el NO] a la autoridad, porque la autoridad suele estar escasa de razones la mayor parte de las veces, incluso cuando la autoridad es Kez. 

E. hace bien en negar la autoridad, cada vez y aunque casi siempre la autoridad acabe imponiendo sus condiciones y su paz social.


Y una tercera:

Hacía frío y Kez metió a E. a "El Corte Inglés" para que merendase en la planta 5, la de los juguetes. E. todavía no había cumplido tres años. 

De repente, Kez perdió el rastro de E., hasta que le oyó gritar "¡¡¡Lenin, Lenin, Lenin!!!". E. apuntaba entusiasmado a un Winnie The Pooh gigantesco que había en la sección de peluches. Una de las dependientas miró raro a Kez cuando le cogió la mano a E. 

Kez hubiera necesitado un babero con la estrella de cinco puntas serigrafiada: la magia [en tanto que acto simbólico revolucionario] había tenido lugar, ni más ni menos que en uno de los corazones del sapo.


[E.]

viernes, 11 de febrero de 2011

20. bilduma / Abestirik goibelenak entzun ditzazket gaur gauean

No es sábado ni domingo. No son cinco y hay un vídeo. Alguna no es triste. Pero permitidme que hoy nos saltemos la costumbre. 

Las cuatro canciones salen en "Txinaurriak - Mikel Laboari ikasitako kantuak" [2010], el disco con el que varios cantantes y grupos vascos homenajean [haciendo versiones de sus canciones] al cantautor Mikel Laboa, muerto hace poco más de dos años. 

Es el último disco que me he comprado [toma nota, Sinde], y quería que escuchaseis algunas de las canciones que contiene.

Ahora son vuestras [idem]. ¡Que las gozéis!


[Track_1 / CD_1] "Gaztetasuna eta zahartasuna", Willis Drummond



[Track_3 / CD_1] "Liluraren kontra", Berri Txarrak



[Track_3 / CD_2] "Gure hitzak", Lisabö



[Zuzenean] "Aintzinako bihotz", Anari

sábado, 5 de febrero de 2011

Selección 19 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche

"Bela Lugosi´s dead", Bauhaus (1979)




"Marian", The Sister of Mercy (1985)




"Tzarin", Clair Obscure (1987)




"A strange day", The Cure (1982)




"The eternal", Joy Division (1980)

domingo, 30 de enero de 2011

Selección 18 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche

"Big day comming", Yo la tengo (1993)




"Decomposing trees", Galaxie 500 (1989)




"Transatlanticism", Death cab for cutie (2003)




"In silence", Low (2007)




"Diamond sea", Sonic youth (1995)

sábado, 22 de enero de 2011

Selección 17 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche



"Arañas", Úrsula (2001)





"Capitán Soledad", Paperhouse (1996)




"Regular storm sounds", Migala (1999)




"Tu casa o la mía", Sr. Chinarro (1997)




"Maldición", Nacho Vegas (2003)

viernes, 21 de enero de 2011

Territorio sísmico: secuencia tres

El ejercicio de digerir la muerte propia es una tarea que me acompaña desde que tengo 6 años, edad en la que por primera vez fui consciente de que iba a morir. Aquella primera vez [y aquí sí se cumple eso de que la primera vez es la que más duele] fue el arranque del que yo llamo el primer gran terremoto de mi vida. El segundo fue hace diez años y fue, igualmente, devastador: la destrucción fue tal que todavía ahora estoy en labores de reconstrucción. Entre ambos terremotos: numerosas réplicas...

Algunas veces, en la juventud sobre todo, me gustaba provocar esas réplicas. Eran ejercicios de simulación, digamos, movidos por el espíritu kamikaze que tienen [teníamos] algunos adolescentes. Dejé de jugar cuando llegó el segundo [gran] terremoto, el de verdad. Ahora las réplicas suelen llegar solas, de repente, sin avisar, en cualquier lugar, y se pueden traducir como la digestión bruta [y en crudo] de la cosa de asumir la muerte propia como ese hecho inevitable que va a llegar tarde o temprano [cada vez más temprano que tarde].

Territorio sísmico, entonces. Llevo varias semanas sintiendo fuertes réplicas, lo cual me hace dudar de si en vez de réplicas no estaré atravesando el que sería el tercer gran terremoto de mi vida. Si así fuera, habría una diferencia más que sustancial entre este y los otros dos: aunque con dificultades, [este tercero] tengo la capacidad de poder contarlo, digamos, en tiempo real. Si así fuera, las consecuencias destructivas serían ínfimas con respecto a los otros dos terremotos, resultado quizás de la reconstrucción posterior a los otros dos terremotos [sobre todo al segundo], en la que hubiera forjado cimientos resistentes contra las sacudidas. No sé. La cosa es que, fuerte réplica o terremoto, he podido indagar en las posibles causas que la/lo están provocado.

La primera ha sido la experiencia de la paternidad, que ha logrado que me apropie de la variable "tiempo". Me explico: he sido testigo de cómo el tiempo [cuatro años] está atravesando la naturaleza de mi hijo. Y esa proyección sobre él no ha tardado en revertir sobre mí. Cuando se es niño o joven, el tiempo pasa en el "afuera". Ahora, la novedad que me han traído las últimas sacudidas, es la vivencia del tiempo transcurriendo en el "adentro", en mí. La variable "tiempo interno", el proceso de acoplar eso que hasta ahora era una condición externa en uno mismo, viene acompañado de otro proceso de cambio, el que afecta a la noción de naturaleza, que también ha dejado de estar en al afuera para albergarse en el adentro. Esta doble transformación no tiene por menos que ser traumática, sobre todo porque los temblores están haciendo caer los últimos restos que conservaba de solipsismo [subjetivismo radical], lo cual me va a obligar a construir otra cosa que, sea lo que sea ya nada tendrá que ver con el individualismo que me ha caracterizado hasta hoy.
 


Y la segunda tiene que ver con la edad, o con el tiempo de juego, o con el ritmo que impone el tiempo de juego cuando uno se acerca a los 40 años de vida, que ha llegado a inocularme dentro la idea del otoño existencial. El verano [la juventud] ha terminado. Si ahora hago el intento de proyectarme en un tiempo futuro a corto plazo [de aquí a diez años] el resultado de mi aspecto empieza a sufrir transformaciones que son señales de un "estar de vuelta" y no señales de un "estar de ida" [propias de la infancia-primavera y de la juventud-verano]. Transformación no menos traumática que la que se ha expuesto más arriba: es la incomodidad de estar transitando la mitad del camino [proyectando una vida que ronde los 80, permitidme este derroche de ingenuidad], sabiendo que a partir de este momento empezaré a tener más tiempo pasado que futuro. Es decir, que estreno un coche cuyos espejos retrovisores tienen más superficie que la luna delantera.



Ahora [durante el tiempo que duren las sacudidas] la muerte está presente en carne viva, en bruto, documental en su grado máximo. Sin embargo, el miedo que arrojaba esta experiencia durante mi infancia y mi juventud hoy es menor, paradoja que resuelve uno de los misterios más aterradores que yo podía proyectar durante esa infancia y juventud: el sosiego existencial de muchos ancianos en esos últimos años de sus vidas.

Asumir el tiempo como una variable interna, natural, que vectoriza el camino-vida hacia ese final-muerte que solamente se me revela en el transcurso de estas sacudidas, inexorablemente, conforme han ido pasado estos años y los terremotos se han ido sucediendo, el sentido [digamos positivo] de la vida ha ido increscendo; la consistencia de lo vivido se ha ido haciendo más fuerte; y por su parte, el pesimismo, el absurdo, el asco, la nausea, etcétera, que todavía están, han menguado mucho con respecto a lo que fueron en mi infancia y juventud.

Voy a morir, sí, cada cierto tiempo soy [más] consciente de ello, pero ahora [cuando atravieso el tercer gran terremoto de mi vida] sé que la muerte no cumple ni las leyes de la física ni las leyes de la percepción: cuanto más se me acerca más pequeña la veo, y menos miedo me da.

 

jueves, 30 de diciembre de 2010

Selección 14 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche

Esta es la entrada número 176, la última del año 2010 y la que marca el primer aniversario del Blog Abisal. Os doy las gracias a todos y todas que habéis estado ahí, leyendo y comentando, compartiendo y discrepando, viendo cine y escuchando música. Esta selección está dedicada a todos vosotros y vosotras.

"Adf", Balago (2001)




"Still on fire", First aid kit (2006)




"Maria is a bird", Arbol (2008)




"Music", The Gift (2004)



Os recomiendo, lectores y escuchadores abisales, un último ejercicio de comunión abisal en la escucha de la siguiente canción:

1. Cierra los ojos después de darle al play.
2. Espera con atención el momento en el que debes empezar a silbar.
3. Y silba hasta el final.

"Noche desde un tren", Migala (2002)

sábado, 18 de diciembre de 2010

Selección 12 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche

"Lascia ch' io pianga", Rinaldo, Georg Friedrich Händel (1710)
 



"A night in", Tindersticks (1995)




"Another day", This Mortal Coil (1984)




"Marlene Dietrich´s favourite poem", Peter Murphy (1990)




"Summoning of the muse", Dead Can Dance (1987)



lunes, 13 de diciembre de 2010

Enrique Morente (1942-2010) y yo (1972-)

 
"Somos los que se van" (Jorge Luis Borges, antes de marchar)
 

sábado, 11 de diciembre de 2010

Selección 11 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche


"To build a home", The Cinematic Orchestra (2007)



"Silver coin", Angus and Julia Stone (2007)



"You appearing", M83 (2008)



"I found a reason", Cat Power (2000)


 
"Saeglopur", Sigur Ros (2005)


sábado, 4 de diciembre de 2010

Selección 10 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche

"Beautiful schizophrenic", Lisa Germano (1996)



"This one´s for you", Ed Harcourt (2004)



"Fifty five falls", Marissa Nadler (2004)



"November", Azure Ray (2002)



"Caterpillar", Lambchop (2002)


sábado, 27 de noviembre de 2010

Selección 9 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche

[AVISO IMPORTANTE: El reproductor que se ha insertado para escuchar las canciones de esta selección incluye publicidad antes de las audiciones. El Blog Abisal quiere pedir disculpas al receptor por el ruido molesto que pueda ocasionarle]


"Los amantes", Ana D (1997)



"Perezosa y tonta", Le Mans (1994)



"Tan sólo por los besos", Nosoträsh (2002)



"Atlas", Pauline en la playa (2001)



"Monte de Piedad", La bien querida (2009)

domingo, 14 de noviembre de 2010

Selección 7 / Puedo escuchar las canciones más tristes esta noche


"We have a map of the piano", Mum (2002)




"Rusty nails", Moderat (2009)




"True faith", New Order (1987)




"Lovely head", Goldfrapp (2000)




[Ha sido imposible encontrar la canción siguiente en el reproductor de siempre. Mil perdones por el "pedo" estético]

"Cherubs", Arab Strap (1999)
Arab Strap - Cherubs
Found at abmp3 search engine