sábado, 7 de julio de 2012
domingo, 24 de junio de 2012
GasLand (Josh Fox, 2010)
Definitivamente, Oier y yo vamos documentar audiovisualmente la lucha de Kuartango [un municipio que ronda los 300 habitantes, repartidos en casi 20 pueblos] contra la fractura hidraúlica [fracking], el método de extracción del gas no convencional, un proyecto del Gobierno vasco que está en fase de exploración [seguiré informando...].
Esta tarde he comenzado el trabajo, con el visionado del primer documental que he encontrado sobre el fracking. Se titula "GasLand", cuyo tema orbita en torno a los efectos adversos humanos y medioambientales que provoca este método de extracción.
Dejando de lado este qué [un qué que será muy periférico al qué del documental de Kuartango], escribo la primera de las anotaciones que he hecho sobre el cómo: muchos personajes pero un solo protagonista, el mismo director. Josh Fox realiza una road movie documental, en la que busca la "verdad" que se oculta tras el ofrecimiento millonario de una empresa de gas que quiere poner una poco extractor al lado de su casa.
Volviendo al caso de Kuartango, el qué a priori de la idea del documental es obvio [y se ha escrito arriba], la lucha de un pueblo contra una posible imposición, pero lo importante, como en todas las historias, reside en el cómo. Y en ese cómo he estado pensando mientras veía el cómo de "GasLand". Otro día veré qué me ha contado.
He aquí "GasLand", de Josh Fox. A ver qué os parece, el qué y el cómo...
Esta tarde he comenzado el trabajo, con el visionado del primer documental que he encontrado sobre el fracking. Se titula "GasLand", cuyo tema orbita en torno a los efectos adversos humanos y medioambientales que provoca este método de extracción.
Dejando de lado este qué [un qué que será muy periférico al qué del documental de Kuartango], escribo la primera de las anotaciones que he hecho sobre el cómo: muchos personajes pero un solo protagonista, el mismo director. Josh Fox realiza una road movie documental, en la que busca la "verdad" que se oculta tras el ofrecimiento millonario de una empresa de gas que quiere poner una poco extractor al lado de su casa.
Volviendo al caso de Kuartango, el qué a priori de la idea del documental es obvio [y se ha escrito arriba], la lucha de un pueblo contra una posible imposición, pero lo importante, como en todas las historias, reside en el cómo. Y en ese cómo he estado pensando mientras veía el cómo de "GasLand". Otro día veré qué me ha contado.
He aquí "GasLand", de Josh Fox. A ver qué os parece, el qué y el cómo...
lunes, 18 de junio de 2012
Syriza: ¿un falso final?
Me hubiera alegrado que "Syriza" ganase las elecciones griegas. Me hubiera gustado preguntarme, por ejemplo, ¿y ahora qué?, cosa que, sin embargo, me respondo, a pesar de la derrota.
En la izquierda europea, es decir, en todas aquellas formaciones políticas izquierdistas ubicadas ideológicamente más allá de la socialdemocracia, no hubieran tenido por menos que reaccionar con estruendoso júbilo. La esperanza en un cambio desde la izquierda habría saturado los discursos que cada una de estas formaciones hubiera lanzado a sus áreas de influencia electoral. La victoria de Syriza en Grecia hubiera demostrado, acaso por primera vez, que hay izquierda europea después del Muro de Berlín; y por tanto, hubiese sido el principio del fin de lo que hasta hoy se ha conocido como izquierda moderada. La victoria de esta nueva izquierda, al mismo tiempo, le hubiera inyectado a Europa esa otra noción de unión, más basada en la solidaridad [política] entre Pueblos [idea izquierdista] que en el egoísmo [económico] entre Estados [idea conservadora].
Fuera de esta previsible reacción de la izquierda europea, todo lo demás hubiera tenido lugar en terreno pantanoso, con un buen número de predicciones que solamente nos habrían entretenido y con las que hubieramos jugado a sabiendas del alto riesgo de equivocarnos. Pero es lo que hubiera habido, de haber ganado Syriza. Nos hubiéramos imaginado la oferta de Syriza a las instituciones europeas [esas bastardas guardianas del interés especulativo].
- Queremos renegociar las condiciones de los dos rescates económicos - hubieramos pensado que le diría Grecia a Europa.
- No se puede - pensaríamos que rebatiría Europa -; lo firmado, firmado está.
- Lo firmado esclaviza a los griegos durante 3 o 4 generaciones.
- Lo firmado, firmado está.
Así me lo había imaginado yo: mientras Atenas podría argumentar frente a sus ciudadanos que Bruselas no había querido renegociar, Bruselas podría argumentar ante los mercados que Atenas había radicalizado sus posturas y que no estaba por la labor de pagar la deuda acumulada... Resultado: un escenario de ruptura, la salida de Grecia de la zona euro. Así me lo había imaginado y otros muchos millones de europeos libremente mediatizados, gracias al bombardeo incesante con el que nos inyectaron el miedo a cualquier cambio que podría darse en Europa empezando, claro está, por Grecia.
Pero también, de haber ganado Syriza, hubiéramos debido hacer el ejercicio incómodo de prever el escenario más hostil como reacción a su triunfo. Hubiéramos de haber sospechado que aquí había gato encerrado, que aquí, en esta historia que nos venían contado los medios de comunicación seguía habiendo muy pocos actores, actores invisibilizados desde el proceso de guión, a la espera de ser soltados como perros rabiosos.
Yo hubiera estado alegre por la victoria de Syriza, sí, pero consciente en todo momento de que el miedo es el mensaje, y de que los medios dosifican el mensaje del terror, para mantener al espectador al borde del grito y de la histeria de forma continuada. A pesar de la victoria, hubiera de haber pensado que esa dosificación del miedo es la forma más eficaz de inmovilizar a una presa; y que en los relatos del miedo, lo gordo siempre está por venir. Y que aquí, independientemente de la victoria de unos y otros, los peores monstruos todavía no han salido a escena.
Porque la victoria de Syriza [me sorprende la lectura positiva y positivista de Zizek en una de sus últimas reflexiones sobre Syriza] no hubiera sido el final. Porque el cuento nunca puede terminar con la victoria de la ciudadanía frente a los mercados. Esos cuentos nunca estuvieron en venta en las estanterías del Mercado. Un final así solamente se hubiera explicado como punto de fuga de nuestro delirio colectivo, en esta situación inoculada de terror sostenido hasta el extremo, con esta expectación exponencial hacia un desastre anunciado que, sin embargo, nunca llega... No obstante, es evidente que la tentación de asimilar la victoria de Syriza como un happy end hubiera sido inevitable.
Hemos visto muchas ficciones de terror de Hollywood: hay un momento en el que todos queremos que la historia termine al tiempo que somos conscientes de que la historia todavía no puede terminar. Si hubiera ganado Syriza hubiera significado que alguien hubiera perdido. Y sea quien fuere ese que perdiera, ya hubiera de haber diseñado una estrategia para contrarrestar esa derrota. Esa fuerza, ese vector, que hubiera perdido habría estado entrenando a sus monstruos, a los de verdad, a los que veremos ahora... Y los veremos, aunque Syriza haya perdido.
Rebobinemos: volvamos al punto donde Bruselas y Atenas pugnan por la renegociación de los dos rescates a la economía helena. Recordamos que estamos imaginando que Syriza ha ganado. Y no hay acuerdo: ¿alguien se cree que el sistema financiero alemán iba a permitir que Grecia saliera de la zona euro, con el riesgo de no recuperar nunca el dinero que se le debe a sus bancos? Yo desde luego no: la salida de la zona euro no es posible de esta manera en la que el país saliente lo hace hasta el cuello endeudado. ¡Los cuentos de los medios nos han ingenuizado hasta tal punto! Es decir, que la salida de Grecia de la zona euro no ha sido más que un cuento chino.
Syriza ha perdido; han ganado los carceleros que han llevado a Grecia hasta los dos rescates. De cómo se desarrolle el relato desde aquí hacia adelante nada sabemos. Las leyes no escritas del tempo indican que el relato se ralentizará. Demasiada acción y demasiada tensión en los últimos capítulos. Se hace necesario un parón, un rellano en el que coger aire.
En cualquier caso el factor tiempo no juega a favor de los griegos, y aquí es insustancial que hayan ganado unos u otros. El contexto ha creado a Syriza, el mismo contexto que ha generado la irrupción de la derecha filofascista. Más pronto que tarde, este contexto se va a tragar a los dos partidos hegemónicos griegos. Esa es la tendencia. Y con los auges de la izquierda más allá de los socialdemocratas y de la derecha más allá de los democristianos, la polarización y los conflictos sociales irán en aumento, en un contexto económico asfixiante, si tenemos en cuenta el factor tiempo, y la persistencia de los condicionantes que dibujan esta crisis económica. La lucha será en la calle, entre la indignación [individual] con la marca ultraderechista y la esperanza [colectiva] con la marca izquierdista... Habrá varias elecciones de por medio, con la victoria de Syriza en alguna de ellas, ¡qué importa eso...!
Y así será por varios años quizás, hasta que haga su aparición uno de los monstruos-estrella de todos los relatos de terror; ese que conocemos de viejas historias y que, sin embargo, nunca nombramos. Ese que quizás olvidemos a conciencia, por asumir esa creencia de que lo que no se recuerda no existe. El ejército griego [sujeto]; golpe de estado [acción].
Será entonces cuando nuestros medios de comunicación nos cuenten que el ejército se ha visto obligado a poner orden en el caos, en la anarquía y en el descontrol. El ejército heleno, de esta manera, matará varios pájaros de un tiro: suspenderá la democracia hasta nueva orden de los mercados; mantendrá a rajatabla el orden social burgués establecido; impondrá la disciplina necesaria para que los griegos vivan en la miseria sin capacidad de rebelión; y avalará con la amenaza de una violencia legítima el pago religioso de las deudas que Grecia mantiene con Europa.
Desde el resto de países miraremos atentamente a Grecia. Porque sabemos que allí empezó la democracia e intuimos que allí ha sido asesinada. El resto de países iremos pasando católicamente por el patíbulo.
Son todo hipótesis. No preocuparse. Momentos musicales: Trust.
domingo, 10 de junio de 2012
Ciudadanos de un lugar llamado mundo
LA TEORÍA (según Friedrich Nietzsche)
¿Perjudicamos a la virtud los inmoralistas? Tan poco como los anarquistas a los príncipes. Cuando más se afirman en sus tronos, es después de haber disparado contra ellos. Moraleja: hay que disparar contra la moral.
UN PLANO: LA MORAL CONTRA LA QUE HAY QUE DISPARAR (anuncio para el verano de 2012 de la multinacional francesa Orange)
UN CONTRAPLANO: REMATE, A MODO DE CONCLUSIÓN (un artefacto audiovisual de cosecha propia de hace unos años)
martes, 29 de mayo de 2012
La muerte según cuatro hombres que ya no existen (segunda parte)
La muerte según Miguel Delibes Setién (autodenominado Miguel Delibes, novelista), muerto en Valladolid el 12 de marzo de 2010:
La muerte según Jaques Derrida (autodenominado Jaques Derrida, pensador y filósofo), muerto en París el 8 de octubre de 2004:
La muerte según Salvador Domènec Felip Jacint Dalí i Domènech (autodenominado Salvador Dalí, pintor surrealista), muerto en Figueres el 23 de enero de 1989:
La muerte según Jaques Derrida (autodenominado Jaques Derrida, pensador y filósofo), muerto en París el 8 de octubre de 2004:
La muerte según Steven Paul Jobs (autodenominado Steve Jobs, empresario y magnate informático), muerto en California el 5 de octubre de 2011:
NOTA: Enlace de La muerte según cuatro hombres que no existen (primera parte), con Monseñor Escrivá de Balaguer, Jacques Lacan, Ingmar Bergman y Carl Jung.
lunes, 28 de mayo de 2012
Rabia
Ganas de rugir, de escupir a la gente a la cara, de golpearla, de pisotearla… Me he ejercitado en la decencia para humillar a mi rabia, y mi rabia se venga de mi tan frecuentemente como puede (E.M.Cioran)
miércoles, 16 de mayo de 2012
Una generación, 31 años
Un día uno de mis tíos mayores, mientras comíamos, me contó esta historia sobre mi padre. Veo que comes la comida casi hirviendo, me dijo, igual que hacía tu padre. ¿Sabes por qué tu padre era capaz de comer tan caliente? No. ¿Nunca te lo contó? No. Comíamos todos de la misma cazuela, cuando la cazuela todavía estaba encima del fuego. Tu padre era de los pequeños y aprendió muy pronto que si no se andaba listo se quedada sin comer.
Mi padre se murió sin haberme contado apenas su vida. Recuerdo que las pocas veces que se detuvo a hacerlo usaba casi siempre la primera persona del plural, en un discurso que, intencionadamente o no, le arrancaba a él mismo de su protagonismo para dejar en primer término el contexto colectivo con el que lo explicaba todo: de pequeños pasamos mucho hambre...; el abuelo nos dio muy mala vida...; tuvimos que salir del pueblo para trabajar...; etcétera.
Con esto..., ¡cómo olvidar una de las pocas historias que mi padre me narró en primera persona...! Más o menos así... En casa no había dinero. A los 6 años mi padre me metió a pastor. Mi madre decía que era todavía muy pequeño para pasar las noches cuidando ganado. Pero mi padre no pensaba igual. Así que a los 6 años dejé el colegio y me puse a cuidar cabras. Todavía recuerdo el aullido de los lobos por las noches y cómo me dormía al raso temblando de miedo pensando que vendría un lobo y se me comería vivo.
Sí, los contextos que construyeron a mi padre fueron la postguerra, el político, y el hambre, el vital; y la angustia, una de sus pocas primeras personas del singular.
Y más, un contexto social. Mi padre fue niño criado de muchos amos. Creció criado y, cuando terminó el servicio militar [en donde le enseñaron a leer, a escribir y hacer operaciones aritméticas básicas] dejó el pequeño pueblo donde nació para buscarse la vida en una gran ciudad para convertirse en obrero asalariado. A decir verdad nunca dejó de ser criado de varios trabajos...; de una fundición, de varias obras de construcción, de varias fábricas industriales... También tuvo largos periodos de paro.
En una frase, la casa de mi infancia fue una casa alquilada sin bañera. En temporadas largas se quedaba sin agua caliente, y en verano, se metía todo el agua de las tormentas a través de las ventanas... Ese es mi recuerdo de niño..., una infravivienda, según baremos actuales. Es la casa cuyo alquiler podía pagar sin asfixiarse una familia obrera recién instalada en la vida urbana.
Vuelvo a la historia. Cabe decir que entre mi padre y yo únicamente media una generación, cuya diferencia temporal se sitúa en los 31 años. Recuerdo esta cifra, y recuerdo estos fragmentos de la biografía de mi padre cada vez que alguien me dice que nunca habíamos estado tan mal como estamos ahora.
Es falso que en la actualidad estemos peor que nunca. Se suele abusar de esta exageración para ilustrar en pocas palabras el descontento social que se vive en esta crisis económica que estamos sufriendo. Ese "estamos peor que nunca", o "no hemos conocido crisis igual", y un largo etcétera, forman parte de la retahíla de eslóganes que circulan primero, desde los medios a sus audiencias [nosotros], segundo, de nosotros a nosotros, y, tercero [ahora de actualidad] desde los grupos de indignados hacia los medios... La proliferación de eslóganes es tal que la palabra parece haber muerto. Y de todos es sabido que esos despojos literarios que son los eslóganes, sirven a la perfección, claro, para vender humo, como tan bien saben las agencias publicitarias y las grandes marcas...
La devaluación del pensamiento por la escasez de un lenguaje articulado más allá del trazo grueso es una más de las consecuencias de la crisis [de la intelectual, anterior a la económica], y de la que muy pocos hablan. A diferencia de la económica, la crisis intelectual nos afecta a casi todos. Unos pocos [todavía] han perdido sus salarios y sus casas; pero unos muchos ya han perdido su capacidad de comprensión y crítica, se han dejado robar el lenguaje bajo la promesa de ganar la libertad de expresión. Se me dirá que es peor perder la casa que la palabra. Discrepo. Pero ese no es el tema...
Hablamos de Twitter, en cuya comunicación fugaz manda la pretensión de impactar sobre el receptor. Comunicación muchas veces a trompicones, atropellada, castrante, con palabras que se hilvanan con la urgencia y la sorpresa de una cornada. Lenguaje hemorrágico: pierdes palabras que se vierten a ningún sitio. Estamos en ese punto en el que solamente el sensacionalismo logra conmover al otro a través de atajos amarillistas y, casi siempre, tramposos.
El contexto está tan saturado de exageración, de drama y de fingimiento..., la puesta de escena es tan barroca..., que es imposible distinguir la forma del fondo. El contexto, sin palabras, con eslóganes, es ruido, ruido bruto. La anti-comunicación. La imposibilidad misma de asimilar, escribir y reescribir aquello que entre el ruido asoma denominado como "crisis". El resultado de la distorsión no tiene por menos que ser la historia ninguneada, todas las historias de la Historia, ninguneadas. Tan ninguneadas de historia, antecedentes y contexto que, alegremente, se dice que estamos peor que nunca, como si la historia empezara en los 90.
Mi caso particular no es ejemplo de nada, pero de forma individual me sirve para convencerme de que no estamos peor que nunca. Me sirve, también, para luchar, sobre todo, contra mi mismo, contra la inercia impuesta del pesimismo, la desgana y la desesperación, y también contra mi continua tentación de aniquilar la comunicación, de dejarme morir en la crisis, de abandonarme a la corriente sensacionalista, de alcanzar el esl-o(r)ga(s)mo a precio de saldo. Es más, ese "estar peor que nunca" esconde en su reverso otras cosas que sí están, si no peor que nunca, sí en evidente declive con respecto a épocas no muy pasadas.
Ese "estar peor que nunca" esconde, a poco que se escarbe, nuestros brazos caídos. Y nuestro atontamiento sistemático. Y la radical domesticación de nuestro estilo de vida. Y el entretenimiento al que nos someten, sin descanso, las industrias de la diversión masiva. Y esta narcotización profunda en la que ni soñamos ni deseamos. E, incluso, esa indignación sin rabia de última hora, diseñada en los despachos del poder, cosmetizada para dar buenos planos a las televisiones, donde la moneda de cambio es el marketing puro y duro [el mundo de los eslóganes] y, también, la tecnología que nos hace creer que somos libres de contarlo a través de nuestros aparatos a la última.
Asumo que mi discurso cojea de "defectos" que se han criticado más arriba, pero es un discurso. Hago trampa, pero es un comienzo... Y de comienzos estamos faltos...
No estamos peor que antes. Sí, es un [contra]eslogan, pero escapa lo suficiente de la desesperanza... Porque yo a los 6 años estaba en primero de EGB: ya había empezado a leer y a escribir. Y a los 18 fui objetor de conciencia porque, además de ser izquierdista, sabía que el servicio militar no iba a aportarme nada. Y a la edad que mi padre emigró del pueblo a una ciudad yo emigré de esa ciudad a una ciudad más pequeña. No estamos peor que antes... No lo estamos.
Mi padre se murió sin haberme contado apenas su vida. Recuerdo que las pocas veces que se detuvo a hacerlo usaba casi siempre la primera persona del plural, en un discurso que, intencionadamente o no, le arrancaba a él mismo de su protagonismo para dejar en primer término el contexto colectivo con el que lo explicaba todo: de pequeños pasamos mucho hambre...; el abuelo nos dio muy mala vida...; tuvimos que salir del pueblo para trabajar...; etcétera.
Con esto..., ¡cómo olvidar una de las pocas historias que mi padre me narró en primera persona...! Más o menos así... En casa no había dinero. A los 6 años mi padre me metió a pastor. Mi madre decía que era todavía muy pequeño para pasar las noches cuidando ganado. Pero mi padre no pensaba igual. Así que a los 6 años dejé el colegio y me puse a cuidar cabras. Todavía recuerdo el aullido de los lobos por las noches y cómo me dormía al raso temblando de miedo pensando que vendría un lobo y se me comería vivo.
Sí, los contextos que construyeron a mi padre fueron la postguerra, el político, y el hambre, el vital; y la angustia, una de sus pocas primeras personas del singular.
Y más, un contexto social. Mi padre fue niño criado de muchos amos. Creció criado y, cuando terminó el servicio militar [en donde le enseñaron a leer, a escribir y hacer operaciones aritméticas básicas] dejó el pequeño pueblo donde nació para buscarse la vida en una gran ciudad para convertirse en obrero asalariado. A decir verdad nunca dejó de ser criado de varios trabajos...; de una fundición, de varias obras de construcción, de varias fábricas industriales... También tuvo largos periodos de paro.
En una frase, la casa de mi infancia fue una casa alquilada sin bañera. En temporadas largas se quedaba sin agua caliente, y en verano, se metía todo el agua de las tormentas a través de las ventanas... Ese es mi recuerdo de niño..., una infravivienda, según baremos actuales. Es la casa cuyo alquiler podía pagar sin asfixiarse una familia obrera recién instalada en la vida urbana.
Vuelvo a la historia. Cabe decir que entre mi padre y yo únicamente media una generación, cuya diferencia temporal se sitúa en los 31 años. Recuerdo esta cifra, y recuerdo estos fragmentos de la biografía de mi padre cada vez que alguien me dice que nunca habíamos estado tan mal como estamos ahora.
Es falso que en la actualidad estemos peor que nunca. Se suele abusar de esta exageración para ilustrar en pocas palabras el descontento social que se vive en esta crisis económica que estamos sufriendo. Ese "estamos peor que nunca", o "no hemos conocido crisis igual", y un largo etcétera, forman parte de la retahíla de eslóganes que circulan primero, desde los medios a sus audiencias [nosotros], segundo, de nosotros a nosotros, y, tercero [ahora de actualidad] desde los grupos de indignados hacia los medios... La proliferación de eslóganes es tal que la palabra parece haber muerto. Y de todos es sabido que esos despojos literarios que son los eslóganes, sirven a la perfección, claro, para vender humo, como tan bien saben las agencias publicitarias y las grandes marcas...
La devaluación del pensamiento por la escasez de un lenguaje articulado más allá del trazo grueso es una más de las consecuencias de la crisis [de la intelectual, anterior a la económica], y de la que muy pocos hablan. A diferencia de la económica, la crisis intelectual nos afecta a casi todos. Unos pocos [todavía] han perdido sus salarios y sus casas; pero unos muchos ya han perdido su capacidad de comprensión y crítica, se han dejado robar el lenguaje bajo la promesa de ganar la libertad de expresión. Se me dirá que es peor perder la casa que la palabra. Discrepo. Pero ese no es el tema...
Hablamos de Twitter, en cuya comunicación fugaz manda la pretensión de impactar sobre el receptor. Comunicación muchas veces a trompicones, atropellada, castrante, con palabras que se hilvanan con la urgencia y la sorpresa de una cornada. Lenguaje hemorrágico: pierdes palabras que se vierten a ningún sitio. Estamos en ese punto en el que solamente el sensacionalismo logra conmover al otro a través de atajos amarillistas y, casi siempre, tramposos.
El contexto está tan saturado de exageración, de drama y de fingimiento..., la puesta de escena es tan barroca..., que es imposible distinguir la forma del fondo. El contexto, sin palabras, con eslóganes, es ruido, ruido bruto. La anti-comunicación. La imposibilidad misma de asimilar, escribir y reescribir aquello que entre el ruido asoma denominado como "crisis". El resultado de la distorsión no tiene por menos que ser la historia ninguneada, todas las historias de la Historia, ninguneadas. Tan ninguneadas de historia, antecedentes y contexto que, alegremente, se dice que estamos peor que nunca, como si la historia empezara en los 90.
Mi caso particular no es ejemplo de nada, pero de forma individual me sirve para convencerme de que no estamos peor que nunca. Me sirve, también, para luchar, sobre todo, contra mi mismo, contra la inercia impuesta del pesimismo, la desgana y la desesperación, y también contra mi continua tentación de aniquilar la comunicación, de dejarme morir en la crisis, de abandonarme a la corriente sensacionalista, de alcanzar el esl-o(r)ga(s)mo a precio de saldo. Es más, ese "estar peor que nunca" esconde en su reverso otras cosas que sí están, si no peor que nunca, sí en evidente declive con respecto a épocas no muy pasadas.
Ese "estar peor que nunca" esconde, a poco que se escarbe, nuestros brazos caídos. Y nuestro atontamiento sistemático. Y la radical domesticación de nuestro estilo de vida. Y el entretenimiento al que nos someten, sin descanso, las industrias de la diversión masiva. Y esta narcotización profunda en la que ni soñamos ni deseamos. E, incluso, esa indignación sin rabia de última hora, diseñada en los despachos del poder, cosmetizada para dar buenos planos a las televisiones, donde la moneda de cambio es el marketing puro y duro [el mundo de los eslóganes] y, también, la tecnología que nos hace creer que somos libres de contarlo a través de nuestros aparatos a la última.
Asumo que mi discurso cojea de "defectos" que se han criticado más arriba, pero es un discurso. Hago trampa, pero es un comienzo... Y de comienzos estamos faltos...
No estamos peor que antes. Sí, es un [contra]eslogan, pero escapa lo suficiente de la desesperanza... Porque yo a los 6 años estaba en primero de EGB: ya había empezado a leer y a escribir. Y a los 18 fui objetor de conciencia porque, además de ser izquierdista, sabía que el servicio militar no iba a aportarme nada. Y a la edad que mi padre emigró del pueblo a una ciudad yo emigré de esa ciudad a una ciudad más pequeña. No estamos peor que antes... No lo estamos.
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