jueves, 1 de agosto de 2013

Nosotros, los inmortales

No debe sorprendernos el tipo de relatos que nos ha proporcionado a los espectadores el accidente ferroviario de la semana pasada en Santiago. El poder mediático, movido desde la distintas plataformas partidistas del espectro político, ha puesto sobre la mesa varios elementos de ficción con los que ha construido sus relatos, a la medida de sus lectores. De esta forma, unos medios han perfilado la figura de un antagonista, un antihéroe, un culpable…, el maquinista, a quien se le ha cargado con toda la responsabilidad de la tragedia, atribuyendo al accidente la única causalidad de un error humano; mientras que otros medios han perfilado la figura de otro antagonista, más complejo quizás, la de un Gobierno cuya política de recortes ha dejado a las vías de Alta Velocidad sin la seguridad necesaria para salvaguardar la vida de los viajeros. El ruido mediático que ha dejado el descarrilamiento que provocó casi 80 muertos es mayúsculo; y el debate se sigue moviendo en esa absurda y sucia dialéctica, de las dos partes, entre unos y otros, con la (siempre dudosa) búsqueda de la verdad como arma arrojadiza que ambos lados se arrojan con cierta arrogancia. Curiosamente, ambos relatos comparten una misma entidad narrativa heroica, la de los habitantes de la parroquia de Angrois, cuya participación en las labores de evacuación de muertos y heridos ha merecido el aplauso de todos. Mientras sigamos compartiendo héroes, aunque sean tan fugaces como los vecinos de Angrois, evitaremos una guerra civil que ahora solamente tiene lugar en el plano verbal. Pero salgamos del ruido…

La ideología, nuestra ideología, lo que somos y que se encuentra por debajo del relato mediático que nos enfrenta, se hace hueco en eso de lo que no se habla en los medios, o en eso que apenas se apunta porque se da por hecho, tanto de este accidente como de otros similares. Y tiene que ver con el cada día más difícil encaje que tiene en nuestro lenguaje el término “accidente”; y tiene que ver, sobretodo, con la cada vez más marcada invisibilización de la muerte misma. Cuando ocurren este tipo de acontecimientos, que de forma neutral podríamos llamar accidente, en donde el número de víctimas mortales es, de alguna forma, elevado, enseguida los medios hacen mención a la necesaria presencia de los servicios de atención psicológica, para ayudar a los familiares de los muertos, a los propios supervivientes y, en este caso, a los vecinos de Angrois, a superar el “trauma” vivido. Quedémonos con la idea: superar el trauma. Sujeto, verbo y predicado; los supervivientes deben superar el trauma. Otro relato que los medios lanzan al aire y del que nunca se vuelve a saber después.

La psicología oficial habla de hacer frente al trauma mediante la ordenada superación, en el sujeto que ha sufrido la pérdida, de las etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Quizás lo que menos importe ahora sea constatar que la superación de estas etapas sean una fórmula estándar que pretende uniformizar el proceso individual de asimilación de la pérdida, porque en realidad cada uno lo vivirá como buenamente pueda, cada uno tendrá una vivencia diferente de lo que haya supuesto la pérdida, y a cada uno el trauma le dejará una marca a la medida de sus propios recursos existenciales para hacer frente a semejante acontecimiento. Dejando por sentado que cada uno va a tener su propia experiencia traumática, independientemente de las herramientas que la psicología oficial les ofrezca, quizás haya que poner el foco en la imagen mediática que se da de unas personas desvalidas que, por si mismas, no pueden hacer frente al trauma. Como si ya no tuviéramos recursos propios para asimilar un fatal accidente ni la idea misma de la muerte. Como si no tuviéramos licencia para experimentar de manera singular la vivencia del dolor y de la muerte ajena.

También cabría preguntarse de qué forma encaja ese trauma individual de cada uno de los que han perdido a un familiar o a un amigo, o de cada superviviente, en el trauma colectivo de quienes hemos sido espectadores del accidente, mediatizados por un relato espectacular que, de forma evidente, ha hinchado la historia por la vía del sensacionalismo. Nosotros, los espectadores, hemos llegado al trauma colectivo por el relato espectacular mediático, y damos por hecho que los supervivientes necesitan ayuda psicológica (no tengo claro de si esta ayuda sería un contrarrelato o un correlato) para superar su trauma individual. De fondo, asoma el retrato de una sociedad miedosa, que niega lo accidental de la existencia y no acepta la muerte como un hecho inexorable que nos llega a todos, por vejez, por enfermedad o por accidente. En su concepto de biopolítica, Michel Foucault plantea que el control social va más allá de la ideología y que el Poder necesita controlar el cuerpo de los individuos. Y quien dice el cuerpo, dice los sentimientos. Es el biopoder el que ha construido una sociedad maleable mediante el control individual de los cuerpos que la componen.

(Me estoy perdiendo. La pregunta exacta es: ¿cuándo hemos dejado de morirnos los occidentales?)

Hace unos años leí la “Historia de la muerte en Occidente”, de Philippe Ariès (Ed. El Acantilado, Barcelona, 2000), donde traza un camino de invisibilización desde la Edad Media hasta nuestros días, es decir, desde aquellos días en los que la muerte era familiar hasta estos donde nuestra relación con ella se sostiene a partir del rechazo, del miedo y de la angustia. Escribe Ariès que “habrá que esperar hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX, para que la muerte dé miedo verdaderamente, y entonces dejará de ser representada”.

En Occidente ya no morimos. No nos dejan morirnos. Hemos matado a la muerte. Quizás aquí nazca el trauma existencial cuando entramos en contacto con ella, a través de la muerte de un ser cercano. Como consumidores insaciables de ficciones, nuestra vida se ha convertido en la mayor de las ficciones. Y el trauma llega cuando previamente se han liquidado los conflictos inherentes a la vida misma. El trauma llega cuando asoma la muerte documental que viene a sacudirnos de nuestro mundo Disneyworld; cuando estar muerto es estar muerto, sin opción a reiniciar la acción del videojuego; cuando un día se nos aparece ese fantasma documental, en nuestra vida de ficción, el trauma nos sacude. Es cuando lo irrepresentable se hace fotografía y nuestra perplejidad ante el extraño fenómeno que nos caracteriza, en tanto que seres vivos, esto es, el ser en la muerte, se dispara. Es cuando la psicología oficial nos rescata para que volvamos a la ficción con la menor carga de dolor sufrida. Porque si se evita la muerte, se quiere esquivar también el dolor natural que produce. Una vez que hemos vuelto a la ficción, la fantasía de eternidad vuelve a congratularnos con este mundo de happy ends que hemos construido.

Sociedad blanda, ideología light. No quiero volver a la biopolítica, pero hay evidentes coincidencias ideológica entre el más allá cristiano (el cielo) y el más acá científico (la promesa de una larga vida). Ambos niegan, cada uno a su manera, la muerte. Ambos niegan la radical singularidad de la vida de un sujeto que un día deja de existir. Ambos son plataformas de poder que han contribuido, antes unos y ahora otros, a desplazar la muerte de nuestras vidas y de nuestros cuerpos. Y su herramienta es la misma, el miedo y el control individual a través del miedo.

La muerte es ya el gran tabú de Occidente. Expulsada de los hogares, nos llega en los hospitales. ¿No es paradójico que un lugar de sanación se haya convertido en un lugar de muerte? En cada ciudad mediana y grande hay incluso hospitales específicos para “enfermos terminales”. Y si la llevamos al hospital es porque no sabemos qué hacer con ella. Nos molesta. Una vez que nos morimos, un cristal nos separará de los vivos en los velatorios, y marcará con claridad donde está el espacio de la vida y dónde el de la muerte. En Occidente, vida y muerte no pueden compartir espacio. La muerte en el gueto. Y ya no digamos cuando la muerte debe ser contada a un niño: En el libro que he citado más arriba, su autor recurre a Geoffrey Gorer (concretamente a su artículo “The pornography of death”), para poner en diálogo al sexo y a la muerte en tanto que objetos históricos de tabú, y pone este ejemplo que los relaciona a la infancia:

Él ha mostrado perfectamente cómo la muerte se ha convertido en un tabú y cómo, en el siglo XX, ha reemplazado al sexo como principal impedimento. Antes a los niños se les decía que los traía la cigüeña, pero asistían al gran momento del adiós en la cabecera del moribundo. Hoy en día, son iniciados desde la más tierna infancia en la fisiología del amor, pero, cuando dejan de ver a su abuelo y se extrañan, se les dice que reposa en un bello jardín entre flores.

¡Como para no ocasionar traumas cuando se presenta…! ¡Y más cuando viene en forma de accidente! Estos días, cuando los medios de comunicación hablaban de la ayuda psicológica que estaban recibiendo unos y otros para la superación del trauma, me preguntaba qué factores entran en juego para que el trauma sea mayor o menor. Por ejemplo, ¿el número de muertos totales, la magnitud del acontecimiento, influye en que el duelo personal sea más complejo? ¿Y la intoxicación mediática, la infección amarillista y la sinrazón de unos y otros intentando sacar tajada política del asunto…, que papel desempeñan a la hora de que el sufrimiento derive en trauma?

Y otra, ¿generamos traumas a medida? Quiero decir, ¿jugamos al trauma? ¿Escenificamos el dolor para cumplir las expectativas sociales – de tu familia y amigos, de tus grupos secundarios, etcétera - que hay ya creadas, teóricamente, sobre el trauma? No sé. Accidentes mortales ha habido siempre. Información extra para los más despistados: no estoy despreciando el hecho de que se genere un trauma, ni negando el dolor del duelo; solamente estoy preguntándome de qué forma los traumas fluctúan dependiendo de la época histórica en la que se esté.

Solamente si la muerte ha sido desplazada, empujada hacia el fuera de campo, explica que su sola aparición dispare el trauma. Y ya no hablamos solamente de los casos extremos de accidentes que terminan con una vida de forma fulminante; porque es una evidencia que incluso una muerte natural (y, para mí, una muerte natural es toda aquella que no se produzca en un accidente inesperado; quiero decir, que una enfermedad, por repentina que sea su aparición, y por letal que sea su transcurso, es un proceso natural, contingencias corporales que entran dentro del paquete vital) ya provoca el trauma, un trauma que hace necesaria la presencia de un profesional que nos guíe para salir del insólito camino trazado por la maldita muerte.

Los hombres y mujeres de antaño recibían la muerte, no digo con lo brazos abiertos, pero sí con una aceptación en tanto que último destino de la vida. Ahora se niega y cuando aparece, por ejemplo, como resultado final de un cáncer, el discurso es el de una épica del fracaso, “murió tras luchar incansablemente”, etcétera. Una pena. Philippe Ariès:

Todo sucede ahora como si ni yo ni tú ni los que me son caros fuéramos mortales. Técnicamente, admitimos que podemos morir, contratamos seguros de vida para preservar a los nuestros de la miseria. Pero, verdaderamente, en el fondo de nosotros mismos, nos sentimos no mortales.

De ahí el trauma. ¡O no! 



martes, 30 de julio de 2013

La última canción

Todas las madrugadas entre el sábado y el domingo, a eso de las siete, el pinchadiscos del Agujero Negro ponía la canción "The last song", de Trisomie 21. Todas las madrugadas, sin excepción. Era el cierre, la muerte, de la noche, y de esta forma vivíamos ese momento señalado, ese ritual, esa incansable repetición, los que allí estuvimos todas esas madrugadas entre el sábado y el domingo en el Agujero Negro. A pesar del cansancio de tantas horas allí encerrados, la entrega al baile era total. De todos y todas. Sin excepción.

No he conocido nunca un nombre mejor elegido para un local que el Agujero Negro. La oscuridad dentro era absoluta. Recuerdo que los camareros tenían una pequeña lamparita junto a la caja registradora, donde controlaban el dinero y los cambios de las consumiciones. El garito tenía doble puerta de entrada, así que la luz artificial de las farolas de la calle apenas incidía unos pocos metros en la entrada, cada vez que alguien entraba y salía. Y luego estaban los interruptores de la luz de los baños, al fondo, claridad que el camello del bar aprovechaba para pasarnos, sobre todo, speed. Todo era negro dentro del Agujero Negro porque todas nuestras ropas también se tragaban la luz. Muy poca gente dentro del Agujero Negro vestía otro color que no fuera el negro, quizás el morado algunas chicas, y poco más. Y la luz de los mecheros que fugazmente descubrían un rostro en la noche, cuando alguien se encendía un cigarro o un porro. Y las largas caladas, que al succionar el cigarro nos dibujaban intermitentes rostros calavéricos.

La mayoría de los habitantes del Agujero Negro bailábamos horas y horas en esas madrugadas entre el sábado y el domingo. La música estaba a tope y dejaba poco espacio a la conversación. Pero no nos hacía falta hablar. Nuestra comunicación era otra, mucho mejor; la de la música sobrevolándonos, y atravesándonos, en todo momento, y que nos hacía movernos lánguidamente. Nuestra comunicación era de roce entre cuerpos que no se distinguían; de olor a un sudor colectivo que se iba acumulando en el ambiente; de miradas robadas al resto cuando la oscuridad se rompía en un instante. Y los que no bailaban estaban sobre el suelo, apoyados en las paredes; eran las parejas que se besaban, durante horas, en un abrazo interminable; y, también, los que yo llamaba los atormentados, personas, sobre todo chicos, que se cogían las piernas, con la cabeza apoyada o metida sobre ellas, en un abrazo ensimismado igualmente interminable.

He dicho bailes lánguidos, sí, de mirar hacia abajo, de brazos muertos, de un vaivén interminable de la cabeza que seguía los bajos de las canciones oscuras. Hasta llegar a una suerte de trance. ¡Qué bajos los de algunas canciones oscuras...! El de "Other voices" (The Cure), o el de "Lucretia, my reflection" (Sister of Mercy), o el de "Disorder" (Joy Division), por poner tres ejemplos, o el de "The last song" (Trisomie 21), la canción que cerraba la noche cada madrugada de sábado y domingo en el Agujero Negro. 

¡Cómo no recordar que nos entregábamos a fondo en esta última canción! Todos. Las parejas también. Incluso algún atormentado se animaba al último baile de la noche. Y los camareros y el pinchadiscos. Todos y todas sabíamos que era el final, otra muerte; que lo siguiente era la molesta luz del nuevo día y la vuelta a casa por un escenario surrealista y hostil donde los señores y señoras que más madrugaban te miraban como a un bicho raro. ¡La asquerosa normalidad! 

En fin, un recuerdo de juventud, de las madrugadas entre el sábado y el domingo en el Agujero Negro. Han pasado más de 20 años. Ahora es una autoficción, este relato.

[PLAY]

miércoles, 19 de junio de 2013

Colaboración extrema para publicar el libro "Pajas Mentales"



El autor de "Pajas mentales" es Felipe Blasco (un amigo y buen tío) que hoy ha publicado lo siguiente en el blog Horizonte FBT:

La campaña de crowdfunding del libro Pajas Mentales está a dos-tres días de cruzar el ecuador y las aportaciones no crecen al ritmo que deseaba. A estas alturas, me habría gustado estar cerca de los 50 apoyos para poder superarlos, como ya he adelantado en otros posts. Pero soy optimista de cara a los próximos 25 días y no cejo en el empeño.



Por eso te propongo un intercambio si posees una web o un blog. Por mi parte, solicito:
  1. Inserción del artilugio que publico en este mismo post en un lugar preferente de tu blog o web. Sólo mientras dure la campaña (aunque si las cosas van bien quizás un poco más de tiempo).
  2. Inserción de anuncio. Si consideras el artilugio demasiado grande para el diseño de tu site, me puedes enviar el tamaño en píxeles del espacio disponible y te enviaré una imagen para enlazar al libro. Sólo mientras dure la campaña, con la excepción señalada en el punto número 1.
  3. Publicación de un post en tu blog haciendo referencia al libro, con foto de la portada y con enlace directo a la página de compra.
A cambio, ofrezco lo mismo:

  1. Inserción en horizontefbt de anuncio y/o banner de características similares al mío . Y durante el mismo periodo de tiempo.
  2. Redacción de un post sobre el servicio, el producto, web o blog que tienes. En las mismas condiciones o similares al que tú me hayas publicado.
Si estás interesado, escríbeme antes a mi dirección de correo para concretar detalles y ver el site en el que aparecería el artilugio, el anuncio o el post. Mi correo es:



A lo mejor no tienes blog o web pero conoces a alguien a quien le podría interesar el intercambio. Aparte de mis otros blogs, las siguientes webs ya me están ayudando. Unas por intercambio y otras de forma altruista. ¡Anímate a formar parte de ellas!


  • Documentales la Base: Blog que recopila documentales, sobre todo, de Historia, pero no de forma exclusiva.
  • Escala de grises: Blog que recopila imágenes en blanco y negro. 
  • Euros por la red: Blog dedicado a la red en general, pero de forma especial a cómo ganar euros extra con ella. 
  • CortoRelatos: Comunidad en la que puedes publicar relatos cortos de temática muy variada, así como microrrelatos.  
  • rrrmagazín: Revista on line de cultura no avorrida i oci intel·ligent.
  • BarcelonaFanatics: Web que promociona el trabajo de artistas y artesanos de Barcelona.

Aún necesito muchos apoyos, así que, por favor, continúo pidiéndote que me ayudes en la difusión del libro Pajas Mentales (este post, de forma especial). Si quieres contribuir más, puedes inscribirte en el blog para recibir las novedades de la promoción –u otros posts que publico-, o seguirme por Facebook, Twitter, Google Plus y Pinterest

jueves, 30 de mayo de 2013

Inmersión abisal 14, "The Ominous" (Jacob, 2013)

domingo, 12 de mayo de 2013

Nosotros, los hombres ignífugos

Una pregunta recurrente en estos tiempos de crisis es por qué no hay una respuesta social contundente contra el orden establecido, una revuelta popular que subvierta esta estructura diabólica que nos tiene sometidos. Quienes nos hacemos esta pregunta sabemos que la amargura es la siguiente estación, cuando digerimos la carga de castración que llevamos a nuestras espaldas, al comprobar que uno mismo no tiene ni la fuerza ni la inventiva necesarias para, cuando menos, dar un golpe de rabia en la mesa y gritar “se acabó”. Quienes nos hacemos esta pregunta, además, sabemos que la respuesta es que no habrá acción común alguna que reviente esta maquinaria funesta que nosotros mismos hemos construido, a no ser que nos inmolemos en la acción destructiva. 

De momento, la frustración que sentimos cuando somos conscientes de que no estamos hechos de material inflamable, es la que nos provoca la indignación, que no es sino este sentimiento individual que volcamos contra nuestros gobernantes, acusándolos, precisamente, de todos los males que también nos aquejan a nosotros. De momento, solamente parece tener capacidad de reinar nuestra ceguera contemporánea, de nosotros los autodenominamos occidentales de países desarrollados, una ceguera que se regula en lo político por democracias más o menos solventes, y en lo económico, por eso que llamamos capitalismo de libre mercado, cuyas industrias nos prefieren “consumidos en la indignación” antes que “entregados al fuego”. Y cuando digo que nos prefiere, vale decir también que nos preferimos a nosotros mismos. 

Con la práctica revolucionaria de la mayoría cortocircuitada (y no hablo aquí de los que sí la llevan a la práctica, que los hay, despojados de esta gangrenante teoría que algunos hemos dejado que se nos costrifique en el cuerpo, de forma irremediablemente crónica), cabe preguntarse cómo hemos llegado hasta esta penosa situación de quietud y conformismo, que nos asola incluso en un contexto hostil casi inédito en los últimos cien años de historia. Podríamos hablar de un coma inducido. Pero, sea lo que sea…, ¿de dónde viene esta parálisis? ¿Porqué hemos elegido la muerte y no la vida? ¿Desde cuando la izquierda se ha dejado morir? 

Una respuesta, solamente una respuesta que late en un corazón donde laten infinidad de otros latidos, pero mejor que una respuesta habría que hablar de una señal, podría estar en la publicidad, que no es más que la cara visible de las industrias multinacionales que venden sus productos en las plataformas comunicativas de todo el mundo. Solemos pensar, porque así nos han enseñado a leer la publicidad, que los anuncios pretenden hacernos comprar tal o cuál producto. Y esto es, cuando menos, dudoso. Si nos fijamos en la publicidad televisiva, solamente se anuncian los productos de unas pocas empresas multinacionales, formadas a su vez por conglomerados interrelacionados y dependientes de la multinacional-matriz, que fabrican casi la totalidad de los productos que el Mercado pone, primero en las pantallas, y después en los escaparates. Mirada la publicidad así, no es cierto que haya libre competencia, porque dicho pronto y mal, todas las multinacionales venden un solo producto, ¿cuál?, nuestro “estilo de vida”. De esta forma, la publicidad no pretende persuadirnos de comprar tal o cual producto, sino que el Sistema en sí quiere mantenernos en la posición de obedientes consumidores. 

Da igual que tengamos un Ford o un Audi; lo importante es que tengamos un coche. La tarta se reparte con beneficios para todas las multinacionales que construyen coches. Y valga el ejemplo de los coches para todos los productos que nos enseñan en la publicidad, conformada ya como una institución privada transnacional que nos enseña a consumir y que nos construye como sujetos consumidores, y, a su vez, como objetos obedientes; o como cuerpos a través de los cuales circulan las mercancías en un sentido, y el dinero en el otro. ¿Hacía falta decir, a estas alturas del cuento, que la publicidad es una maquinaria de guerra ideológica? En vista de lo que está ocurriendo, parece que todavía es necesario realizar estas matizaciones. 

¿Es posible que visualicemos a las multinacionales como el enemigo a batir? ¿Os imagináis una respuesta social contra ese poder absolutista al que nos someten las empresas multinacionales? ¿Os imagináis, por ejemplo, “Rodea H&M” o “Rodea Movistar”, en lugar de “Rodea el Congreso”? Sobre este asunto, recuerdo del 15-M, movimiento que está a punto de celebrar su segundo aniversario, una fotografía que suelo citar: miles de indignados en la Puerta del Sol haciéndose fotos con sus teléfonos inteligentes para ponerlas en circulación por las redes sociales. La principal paradoja era que le pedían al Gobierno que no se sometiera a las directrices del Poder Económico, cuando todos ellos estaban cargados hasta los dientes de ese Poder Económico que le negaban a sus gobernantes: “No nos representan” gritaban. ¿Y quién nos representa?, pregunto yo. ¿Nosotros a nosotros mismos? ¿U Orange, Movistar y Vodafone? ¿O Facebook y Twitter? ¿O Bill Gates y el difunto Steve Jobs? La batalla está más que perdida.

En su momento, los medios de comunicación, especialmente la televisión, donde se publicitan los productos de las multinacionales, nos contaron que fenómenos como el 15-M surgieron gracias a las redes sociales, pero podemos dejar abierta la pregunta subvertida, solamente como ejercicio de contraprogramación televisiva: ¿pudieron surgir quizás a pesar de ellas? En términos globales, ¿no fue el 15-M una máquina publicitaria expendedora de eslóganes? Dos años después, la indignación es ya una mercancía más. Una mercancía que da réditos, quizás no económicos, pero sí sociales, en tanto que la inversión de ese capital de indignación provoca la ilusión de un cambio que es, precisamente, el que nos mantiene paralizados ante nuestras pantallas, a la espera. Solamente hay que mirar los muros de Facebook y de Twitter para que nos demos cuenta de qué forma hay transacciones de indignación, fotografías con mensaje, cargas verbales contra los gobernantes, etcétera, pequeñas mercancías que solamente provocan dos tipos de impulsos, o bien el “me gusta” o bien un pequeño comentario de apoyo.

¡Qué gran confusión! En estos tiempos de crisis todos disparamos al bulto, pero algo que me llama la atención es que muchos se cuidan de atacar la publicidad, y, por ende, de respetar a las multinacionales que la gestionan de forma oligopólica. La cosa de que este Poder Económico esté siendo respetado nos debería poner en alerta de que quizás sea una de las banderas de la reacción contrarrevolucionaria. Y contra ellas habría que cargar en primera instancia. Porque si lo que en realidad está en juego es el “estilo de vida”, lo cierto es que da la sensación de que es algo que muy pocos están dispuestos a ceder. Todo esto explicaría esta indignación que, como todos sabemos, es transitoria; cesará el día que se restablezca el “estilo de vida” que las multinacionales siguen vendiendo, sin ataques ni críticas que la cuestionen, en nuestras máquinas expendedoras de imágenes y palabras, de relatos, en definitiva, en cada momento, sin tregua. 

Para la consecución sistemática de sus objetivos, las multinacionales recurren a la misma forma de vendernos este “estilo de vida”. Se trata ya no de instaurarlo, fin que hace tiempo ya se ha conseguido; se trata, sobre todo, de mantenerlo, de que no decaiga el ánimo de nosotros, los consumidores. En este sentido, no es casualidad que la publicidad televisada haya renunciado hace tiempo al sonido ambiente. Haced el ejercicio de observar una pequeña muestra de, por ejemplo, diez anuncios. Comprobareis que no hay sonido ambiente. Las cosas así, los personajes y los objetos que los protagonizan se desenvuelven en entornos envasados al vacío, en escenarios donde nada se oye y todo se ve. La acción está desprovista de la vida que genera dicha acción. Esta muerte sonora alimenta de forma constante la esquizofrenia propia del sistema capitalista, unidad mínima ideológica que todos portamos. ¿Y por qué no nos rechina el mensaje publicitario? ¿Por qué digerimos como si tal cosa que mientras el contenido te incita a la vida, la forma está denotando la muerte misma? ¿Por qué ya estamos consumiendo nuestra vida como una vida imposible? Seguimos jugando a la seducción sexual inyectada sobre cuerpos castrados; o la transfusión de sangre sobre corazones ya detenidos; o, en resumen, a la incitación constante al cambio de hombres que ya somos ignífugos. 

Las empresas multinacionales nos quieren muertos, pero habría que matizar que muertos en un simulacro de muerte, porque si la vida que vivimos ya es simulacro, lo que termina con ella no tiene por menos que ser también un triste simulacro, una bastarda simulación. Para ello, las multinacionales y sus ejércitos de soldados creativos movilizan toda su artillería en la publicidad con el objeto de borrar los últimos vestigios de naturaleza que todavía resisten en nuestros cuerpos. ¡Quítate las arrugas! (a todos). ¡Ponte pelo! (a los hombres). ¡Quítatelo! (a las mujeres). ¡Renuncia a la vejez! (a todos) ¡Pierde peso! (a las mujeres). ¡Folla de cualquier manera y a cualquier precio! (a todos). Y un largo etcétera. El contenido publicitario es una incesante incitación a abandonar definitivamente la naturaleza, nuestros cuerpos, nuestra vida, nuestra sangre, nuestra muerte, para convertirlo todo en puro simulacro. 

En la interrelación entre forma y contenido está el mensaje de cualquier relato; de esta forma, el mensaje, es decir, la ideología que nos inyecta la publicidad es esquizoide, pero la toleramos, porque nuestros cuerpos ya están habitados por esa esquizofrenia radical que admite comprar vida para darle color a quien ya está muerto. Y desde ahí, desde ese coma inducido, nuestros cuerpos no arderán nunca. 

Volvamos al principio, para terminar. ¿Porqué no hay una respuesta social contundente contra el orden establecido, una revuelta popular que subvierta esta estructura diabólica que nos tiene sometidos? Quizás por que no sepamos quien es el enemigo de verdad. Rescato a George Orwell para que su frase “el enemigo te convencerá con una sonrisa en los labios” sentencie este texto a modo de epitafio, cuando, curiosamente, en la publicidad nunca muere nadie.

martes, 7 de mayo de 2013

Canciones para antes de una guerra (5) / "Demoler" (Das Kapital, 2013)

lunes, 6 de mayo de 2013

Inmersión abisal 13, "Ensemble Pearl" (Ensemble Pearl, 2013)