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Waldo Jeffers había alcanzado su límite. Era mediados de agosto, lo que significaba que se había separado de Marsha hace más de dos meses ya. Dos meses y lo único que podía lucir eran tres cartas y dos costosas llamadas de larga distancia. Cierto, cuando el colegio acabó y ella volvió a Wisconsin y él a Locust, Pennsylvania, habían prometido concederse cierta fidelidad. Ella saldría de citas a veces, pero como una mera distracción. Se mantendría fiel.
Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para conciliar sueño y, cuando lo lograba, tenía horribles pesadillas. Se quedaba despierto de noche, gimiendo y sacudiéndose bajo su colcha; lágrimas cayendo de sus ojos mientras imaginaba a Marsha y sus votos de fidelidad sobreseídos por el alcohol y el suave jadeo de algún neandertal, rindiéndose finalmente a las caricias del abandono sexual. Era más de lo que una mente humana podía soportar. Imágenes de la infidelidad de Marsha lo acosaban. Pensamientos diurnos sobre su abandono sexual permeaban su mente. Y el asunto era que nadie entendería cómo se sentía Marsha. Sólo Waldo podía entenderlo. Había escarbado en cada rincón y hendidura de su mente. Él la hacía sonreír. Y ella lo necesitaba, pero él no estaba ahí.
La idea vino el jueves antes que el Desfile de los Mummers fuera agendada. Había recién acabado de podar el césped de los Edelsons por un dólar con cincuenta y fue a revisar su buzón para ver si había algo de Marsha. No había más que una circular de la Compañía de Aluminio Forjado de Estados Unidos, inquiriendo sobre sus propios intereses. Al menos ellos se dignaban a escribirle. Era una compañía neoyorkina. “Puedes llegar a cualquier lugar con el correo”. Entonces se le ocurrió. Cierto, no tenía dinero suficiente para ir a Wisconsin en la manera convencional, ¿pero por qué no enviarse por correo? Era absurdamente sencillo. Se enviaría por correo como entrega especial.
Al día siguiente Waldo fue al supermercado a conseguir todo el equipamiento necesario. Compró masking tape, una corchetera y una caja mediana precisa para alguien de su contextura, juzgando con un mínimo de esfuerzo como para viajar relativamente cómodo. Un par de agujeros para respirar, un poco de agua, tal vez algunos tentempiés de medianoche, y probablemente viajaría tan cómodo como en Clase Turista.
La tarde del viernes Waldo ya estaba listo. Se había embalado a sí mismo y el empleado de correos había quedado de recogerlo a las tres en punto. Rotuló el paquete como “Frágil” y se acurrucó dentro de la caja, descansando en un cojín de espuma que había considerado muy prudentemente. Trató de imaginar el rostro de Marsha mientras abría la puerta, veía el paquete, le daba su propina al repartidor y luego abría la caja para ver finalmente a Waldo ahí mismo en persona. Se besarían y tal vez luego podrían ver una película. Si sólo se le hubiera ocurrido antes. De pronto, un par de manos toscas tomaron el paquete. Cayó con un ruido sordo en un camión y partió.
Marsha Bronson recién terminaba de arreglarse el cabello. Había sido un fin de semana duro. No recordaba haber bebido tanto. Bill había sido amable al respecto, sin embargo. Después que todo hubo terminado le dijo que aún la respetaba y que, después de todo, era naturalmente lo esperable de las cosas, y si bien no la amaba, sí sentía un afecto especial por ella. Pero que después de todo eran adultos racionales. Oh, Bill podría enseñarle a Waldo. Pero eso parece de hace muchos años atrás.
Sheila Klein, su mejor e íntima amiga, atravesó la puerta mosquitera y entró a la cocina. “Conchesumadre, qué cursi está afuera“. “Te creo. Me siento mamona”. Marsha apretó el cinturón de seda de su vestón de algodón. Sheila deslizó sus dedos sobre algunos granos de sal sobre la mesa, lamió su dedo e hizo una mueca. “Se supone que tengo que tomar estas píldoras de sal, pero –frunció su nariz- me dan ganas de vomitar”. Marsha empezó a acariciarse bajo la barbilla, un ejercicio que había visto en televisión. “Ni me habli de eso”. Se incorporó y fue hasta el fregadero, donde recogió una botellita con vitaminas rosadas y azules. “¿Queri una? Se supone que son más ricas que un bistec”, y luego trató de tocar sus rodillas. “No pienso volver a tocar un daiquiri por el resto de mi vida”. Se rindió y volvió a sentarse, esta vez más próxima a la mesita del teléfono. “En volá Bill llama”, dijo a Sheila. Ésta se mordisqueó una cutícula. “Después de anoche, pensé que ibai a haber terminado con él”. “Sí, sí sé a lo que te referi. Hueón, era como un gato de espaldas, defendiéndose con uñas y dientes”. Hizo el gesto, levantando sus brazos en señal de defensa. “La hueá es que, después de un rato, una se aburre de pelear con él. Y después de todo, no hice nada ni el viernes ni el sábado, así que como que le debía una. Tú cachai”. Empezó a rascarse. Sheila río, cubriéndose la boca con su mano. “Cacha que a mí me pasó algo parecido, y después de un rato –entonces se inclinó hacia adelante y dijo en un murmuro- como que quería”, y ahora reía escandalosamente.
Fue en ese momento que el señor Jameson de la Oficina Postal Clarence Darrow tocó el timbre. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, éste la ayudó a cargar el paquete. Hizo firmar sus papeles amarillo y verde y se fue con la propina de quince centavos que Marsha le había robado a su madre de su monedero beige. “¿Qué crei que sea?”, preguntó Sheila. Marsha permaneció con los brazos flectados tras su espalda y miró la caja de cartón café que yacía en el medio de su living. “Ni idea”.
Dentro de ella, Waldo temblaba de expectación al escuchar las voces sordas. Sheila deslizó su uña sobre el masking tape que recorría el medio de la caja. “¿Por qué no te fijai en el remitente y vei de quién es?”. Waldo sentía su corazón palpitando. Podía sentir los pasos vibrar. Sería pronto…
Marsha caminó alrededor de la caja y leyó su rótulo. “¡Hueón, es de Waldo!”. “Ese tarado…”, replicó Sheila. Waldo tiritó de nervios. “Bueno, igual deberiai abrirlo”, dijo Sheila y ambas intentaron abrir la tapa. “Aaaah”, gimió Marsha, “debe haberla engrapado”. Volvieron a tironear de la tapa. “¡Conchesumadre, se necesita un taladro pa’ abrir esta hueá!”. Volvieron a tirar. “No se puede abrir ni un poco”. Ambas permanecieron de pie, exhalando fuertemente. “¿Por qué no consegui unas tijeras?”, dijo Sheila. Marsha corrió hacia la cocina, pero lo único que encontró fueron un par de tijeras de bordado. Entonces recordó que su padre conservaba una colección de herramientas en el sótano. Bajó al sótano y cuando volvió, llevaba en sus manos un serrucho. “Es lo mejor que encontré”, dijo sin aliento. “Toma. Ábrelo tú. Yo me voy a morir”, y se hundió en un sillón mullido, exhalando ruidosamente. Sheila trató de hacer un espacio entre el masking tape y el cartón de la tapa, pero la hoja del serrucho era demasiado ancha y no cabía. “¡Por la chucha, esta hueá!”, dijo exasperada. Y luego sonriendo, “tengo una idea”. “¿Qué cosa?”, dijo Marsha. “Tú mira”, dijo Sheila, tocándose la frente con un dedo.
Dentro de la caja, Waldo estaba tan asfixiado por la excitación que difícilmente podía respirar. Su piel se sentía sensible por el calor y podía sentir su corazón palpitando en su garganta. Sería pronto. Sheila se paró y caminó alrededor de la caja. Luego se puso en cuclillas, sosteniendo el serrucho, inspiró profundamente y sumergió la hoja a través del paquete, a través del masking tape, a través del cartón, a través de la espuma y justo a través de la cabeza de Waldo Jeffers, que se partió ligeramente e hizo brotar suave y rítmicamente pequeños arcos rojos al sol de la mañana.
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"The Gift" es un cuento de Lou Reed (la traducción es un poco de esas maneras, copiada de un sitio, pero sirve para hacerse una idea...) que se incluyó (PISTA_2) en el "White light / White Heat", segundo disco de "The Velvet Underground", 1968.
La narración, en voz de John Cale, entra únicamente por el canal izquierdo del audio, mientras que la música, lo hace por el derecho. Disociación salvaje entre el contenido verbal, recitado, de un lado, y el contenido musical, casi improvisado, de otro.
Nada más. Pruébese. Es mierda de la buena, sin cortar. PLAY. Y que la tierra te sea leve, Lou...
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[NOTA: Episodio de Raymond Depardon, dentro de la colección "Contactos", a partir de una idea de William Klein]
Los telespectadores de casi todo el mundo tenemos los ojos puestos en Siria, cuyo relato se encuentra en un "impasse" narrativo. Y como sucede con cualquier show que ha entrado en su punto muerto, en el que parece no haber posibles salidas para su desarrollo, los espectadores nos hacemos preguntas. ¿Tienen o no tienen que intervenir los nuestros? ¿Debemos dejar que un conflicto interno continúe su propio curso? ¿De qué forma habría de intervenirse? En definitiva..., ¿qué hacer? Son el tipo de preguntas que todo espectador se hace cuando ha aprovechado el parón narrativo del relato para echar la meada de turno. ¿Qué hacer? ¿Qué alternativa nos dejan a nosotros, los solidarios occidentales? No podemos dejar que un pueblo se masacre a sí mismo. Cara de circunstancias. Etcétera. Sacudida de polla y al salón...
Cuando nos volvemos a sentar, estamos a lo que estamos, porque somos, sobre todo, espectadores obedientes que miramos (que comemos) lo que nos ponen en nuestras pantallas (en nuestros platos), y ahora toca estar en Siria. Y ahí estamos. Las multinacionales de la comunicación llevan dos años contándonos la triste historia de un país donde la llamada primavera árabe se quedó atascada. Desde entonces, los grupos rebeldes tratan de derrocar a Bashar al-Assad para asumir el poder, y el jefe de Estado sirio se resiste a correr la misma suerte que otros colegas suyos, como el expresidente egipcio Mubarak, por ejemplo. Resultado: metástasis social que ha derivado en una cruenta guerra civil. Cada día, las multinacionales de la comunicación (cadenas de televisión, agencias de noticias, etcétera), sin apenas excepciones, nos han querido retransmitir esta guerra civil. Nos han contado historias de ataques, de unos y otros, de masacres, de unos y otros, y nos han puesto sobre la mesa (sobre nuestros ojos) multitud de imágenes del horror, niños muertos, sangre, el caos, y otros elementos formales con el que nosotros, tranquilamente sentados desde nuestros sofás, hemos construido el relato que, efectivamente, les ha convenido a las multinacionales que nos entretienen delante de nuestras máquinas expendedoras de imágenes. Ni siquiera en una de las publicidades de las largas, cuando incluso nos da tiempo a una buena cagada, nos vamos a plantear, tranquilamente sentados en nuestros asientos de reflexión, las siguientes preguntas: ¿por qué llevamos dos años asistiendo a este conflicto?, ¿por qué nos muestran las imágenes de Siria, al tiempo que se mantiene, en fuera de campo, multitud de conflictos, grandes o pequeños, donde también muere gente? Nos limpiamos el culo, le damos a la bomba, la mierda desaparece y al salón... Y volvemos a Siria, porque es donde nos toca estar como espectadores obedientes.
¡Como para pensar en el paisaje que dejaron otros espectáculos...! Donde asoman, al menos, algunos conatos de respuestas. Hace muy poco en Libia, donde la civilización (nosotros) tuvimos el deber de domesticar a la barbarie (ellos), donde teníamos que llevar la democracia (nuestra ficción preferida y nuestro pretexto que vale lo mismo para un roto que para un descosido) a los pobres súbditos del tirano Gadafi (¿ya no nos acordamos de este relato con el que nos mordimos las uñas?), donde se facilitó que los rebeldes mataran al monstruo egocéntrico (¿ya no nos acordamos de cuándo exclamamos "guau" al ver las imágenes del, primero moribundo, y después cadáver de Gadafi?), y donde, una vez que nuestras cámaras (y nuestras armas) dejaron de estar, ya nada más se supo. ¿Por qué no nos cuentan que Libia es ahora un país asolado, donde varios grupúsculos intentan acceder a un poder imaginario, que realmente siguen gestionando las grandes multinacionales del sector energético, las española Repsol, entre otras? O hace un poco más de tiempo en Irak, donde se fue a por las armas de destrucción masiva y se vino con el ahorcamiento en directo de Sadam Hussein, y donde el vacío de poder posterior, diseñado en despachos de mandamases a miles de kilómetros, ha generado miles y miles de víctimas civiles en incesantes ataques terroristas. O en Afganistán. O en Somalia. Etcétera. ¿Por qué no nos hacemos esta pregunta, sencilla y directa, que es... qué objetivos se han cumplido de los que se marcaron nuestros dirigentes (de los que nos dijeron que se marcaron) en las intervenciones militares de todos estos países? Es una pregunta de almohada, facilona, una de esas ocurrencias tontas que uno tiene cuando se está durmiendo, pero no... Nos dormimos. Y cuando despertamos, volvemos a Siria.
Nuestras máquinas expendedoras de imágenes no nos han mostrado el paisaje después del espectáculo (solamente los atentados que tienen lugar en estos países son la excepción, donde el espectáculo colea en forma de imágenes impactantes de cuerpos troceados, algo que siempre vende, aunque sea en forma de pequeñas píldoras informativas) en ninguno de los países donde Occidente ha intervenido. Y justamente ahí tenemos una respuesta, sobre lo que será Siria dentro de un tiempo, no más que un país inexistente donde el paisaje después del espectáculo no será ya una historia comercial. Entonces, como ocurre hoy con Libia, decir Siria provocará el eco que tienen las palabras en los lugares vacíos. El espectáculo estará en otro lugar, y allí estaremos todos. Habremos ido en masa, guiados por nuestros pastores, a los grandes pastos donde rumiar los espectáculos más sabrosos.
Pero todavía queda show en Siria... Seguimos expectantes en este "impasse" narrativo. Sabemos, porque las historias que nos cuentan responden a una idéntica estructura dramática, que el uso de armas químicas es un buen detonante que nos va a traer trepidantes escenas de acción, protagonizadas por los nuestros. Hay murmullos en la sala. Y muchos nervios. Nuestros gobernantes están reunidos. La intervención puede ser inminente... La cosa promete. ¿Qué hacer? Rápido, quizás todavía nos de tiempo de salir a comprarnos unas palomitas...
[Fotografía vista en el muro de Facebook de Artefakte]
No debe sorprendernos el tipo de relatos que nos ha proporcionado a los espectadores el accidente ferroviario de la semana pasada en Santiago. El poder mediático, movido desde la distintas plataformas partidistas del espectro político, ha puesto sobre la mesa varios elementos de ficción con los que ha construido sus relatos, a la medida de sus lectores. De esta forma, unos medios han perfilado la figura de un antagonista, un antihéroe, un culpable…, el maquinista, a quien se le ha cargado con toda la responsabilidad de la tragedia, atribuyendo al accidente la única causalidad de un error humano; mientras que otros medios han perfilado la figura de otro antagonista, más complejo quizás, la de un Gobierno cuya política de recortes ha dejado a las vías de Alta Velocidad sin la seguridad necesaria para salvaguardar la vida de los viajeros. El ruido mediático que ha dejado el descarrilamiento que provocó casi 80 muertos es mayúsculo; y el debate se sigue moviendo en esa absurda y sucia dialéctica, de las dos partes, entre unos y otros, con la (siempre dudosa) búsqueda de la verdad como arma arrojadiza que ambos lados se arrojan con cierta arrogancia. Curiosamente, ambos relatos comparten una misma entidad narrativa heroica, la de los habitantes de la parroquia de Angrois, cuya participación en las labores de evacuación de muertos y heridos ha merecido el aplauso de todos. Mientras sigamos compartiendo héroes, aunque sean tan fugaces como los vecinos de Angrois, evitaremos una guerra civil que ahora solamente tiene lugar en el plano verbal. Pero salgamos del ruido…
La ideología, nuestra ideología, lo que somos y que se encuentra por debajo del relato mediático que nos enfrenta, se hace hueco en eso de lo que no se habla en los medios, o en eso que apenas se apunta porque se da por hecho, tanto de este accidente como de otros similares. Y tiene que ver con el cada día más difícil encaje que tiene en nuestro lenguaje el término “accidente”; y tiene que ver, sobretodo, con la cada vez más marcada invisibilización de la muerte misma. Cuando ocurren este tipo de acontecimientos, que de forma neutral podríamos llamar accidente, en donde el número de víctimas mortales es, de alguna forma, elevado, enseguida los medios hacen mención a la necesaria presencia de los servicios de atención psicológica, para ayudar a los familiares de los muertos, a los propios supervivientes y, en este caso, a los vecinos de Angrois, a superar el “trauma” vivido. Quedémonos con la idea: superar el trauma. Sujeto, verbo y predicado; los supervivientes deben superar el trauma. Otro relato que los medios lanzan al aire y del que nunca se vuelve a saber después.
La psicología oficial habla de hacer frente al trauma mediante la ordenada superación, en el sujeto que ha sufrido la pérdida, de las etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Quizás lo que menos importe ahora sea constatar que la superación de estas etapas sean una fórmula estándar que pretende uniformizar el proceso individual de asimilación de la pérdida, porque en realidad cada uno lo vivirá como buenamente pueda, cada uno tendrá una vivencia diferente de lo que haya supuesto la pérdida, y a cada uno el trauma le dejará una marca a la medida de sus propios recursos existenciales para hacer frente a semejante acontecimiento. Dejando por sentado que cada uno va a tener su propia experiencia traumática, independientemente de las herramientas que la psicología oficial les ofrezca, quizás haya que poner el foco en la imagen mediática que se da de unas personas desvalidas que, por si mismas, no pueden hacer frente al trauma. Como si ya no tuviéramos recursos propios para asimilar un fatal accidente ni la idea misma de la muerte. Como si no tuviéramos licencia para experimentar de manera singular la vivencia del dolor y de la muerte ajena.
También cabría preguntarse de qué forma encaja ese trauma individual de cada uno de los que han perdido a un familiar o a un amigo, o de cada superviviente, en el trauma colectivo de quienes hemos sido espectadores del accidente, mediatizados por un relato espectacular que, de forma evidente, ha hinchado la historia por la vía del sensacionalismo. Nosotros, los espectadores, hemos llegado al trauma colectivo por el relato espectacular mediático, y damos por hecho que los supervivientes necesitan ayuda psicológica (no tengo claro de si esta ayuda sería un contrarrelato o un correlato) para superar su trauma individual. De fondo, asoma el retrato de una sociedad miedosa, que niega lo accidental de la existencia y no acepta la muerte como un hecho inexorable que nos llega a todos, por vejez, por enfermedad o por accidente. En su concepto de biopolítica, Michel Foucault plantea que el control social va más allá de la ideología y que el Poder necesita controlar el cuerpo de los individuos. Y quien dice el cuerpo, dice los sentimientos. Es el biopoder el que ha construido una sociedad maleable mediante el control individual de los cuerpos que la componen.
(Me estoy perdiendo. La pregunta exacta es: ¿cuándo hemos dejado de morirnos los occidentales?)
Hace unos años leí la “Historia de la muerte en Occidente”, de Philippe Ariès (Ed. El Acantilado, Barcelona, 2000), donde traza un camino de invisibilización desde la Edad Media hasta nuestros días, es decir, desde aquellos días en los que la muerte era familiar hasta estos donde nuestra relación con ella se sostiene a partir del rechazo, del miedo y de la angustia. Escribe Ariès que “habrá que esperar hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX, para que la muerte dé miedo verdaderamente, y entonces dejará de ser representada”.
En Occidente ya no morimos. No nos dejan morirnos. Hemos matado a la muerte. Quizás aquí nazca el trauma existencial cuando entramos en contacto con ella, a través de la muerte de un ser cercano. Como consumidores insaciables de ficciones, nuestra vida se ha convertido en la mayor de las ficciones. Y el trauma llega cuando previamente se han liquidado los conflictos inherentes a la vida misma. El trauma llega cuando asoma la muerte documental que viene a sacudirnos de nuestro mundo Disneyworld; cuando estar muerto es estar muerto, sin opción a reiniciar la acción del videojuego; cuando un día se nos aparece ese fantasma documental, en nuestra vida de ficción, el trauma nos sacude. Es cuando lo irrepresentable se hace fotografía y nuestra perplejidad ante el extraño fenómeno que nos caracteriza, en tanto que seres vivos, esto es, el ser en la muerte, se dispara. Es cuando la psicología oficial nos rescata para que volvamos a la ficción con la menor carga de dolor sufrida. Porque si se evita la muerte, se quiere esquivar también el dolor natural que produce. Una vez que hemos vuelto a la ficción, la fantasía de eternidad vuelve a congratularnos con este mundo de happy ends que hemos construido.
Sociedad blanda, ideología light. No quiero volver a la biopolítica, pero hay evidentes coincidencias ideológica entre el más allá cristiano (el cielo) y el más acá científico (la promesa de una larga vida). Ambos niegan, cada uno a su manera, la muerte. Ambos niegan la radical singularidad de la vida de un sujeto que un día deja de existir. Ambos son plataformas de poder que han contribuido, antes unos y ahora otros, a desplazar la muerte de nuestras vidas y de nuestros cuerpos. Y su herramienta es la misma, el miedo y el control individual a través del miedo.
La muerte es ya el gran tabú de Occidente. Expulsada de los hogares, nos llega en los hospitales. ¿No es paradójico que un lugar de sanación se haya convertido en un lugar de muerte? En cada ciudad mediana y grande hay incluso hospitales específicos para “enfermos terminales”. Y si la llevamos al hospital es porque no sabemos qué hacer con ella. Nos molesta. Una vez que nos morimos, un cristal nos separará de los vivos en los velatorios, y marcará con claridad donde está el espacio de la vida y dónde el de la muerte. En Occidente, vida y muerte no pueden compartir espacio. La muerte en el gueto. Y ya no digamos cuando la muerte debe ser contada a un niño: En el libro que he citado más arriba, su autor recurre a Geoffrey Gorer (concretamente a su artículo “The pornography of death”), para poner en diálogo al sexo y a la muerte en tanto que objetos históricos de tabú, y pone este ejemplo que los relaciona a la infancia:
Él ha mostrado perfectamente cómo la muerte se ha convertido en un tabú y cómo, en el siglo XX, ha reemplazado al sexo como principal impedimento. Antes a los niños se les decía que los traía la cigüeña, pero asistían al gran momento del adiós en la cabecera del moribundo. Hoy en día, son iniciados desde la más tierna infancia en la fisiología del amor, pero, cuando dejan de ver a su abuelo y se extrañan, se les dice que reposa en un bello jardín entre flores.
¡Como para no ocasionar traumas cuando se presenta…! ¡Y más cuando viene en forma de accidente! Estos días, cuando los medios de comunicación hablaban de la ayuda psicológica que estaban recibiendo unos y otros para la superación del trauma, me preguntaba qué factores entran en juego para que el trauma sea mayor o menor. Por ejemplo, ¿el número de muertos totales, la magnitud del acontecimiento, influye en que el duelo personal sea más complejo? ¿Y la intoxicación mediática, la infección amarillista y la sinrazón de unos y otros intentando sacar tajada política del asunto…, que papel desempeñan a la hora de que el sufrimiento derive en trauma?
Y otra, ¿generamos traumas a medida? Quiero decir, ¿jugamos al trauma? ¿Escenificamos el dolor para cumplir las expectativas sociales – de tu familia y amigos, de tus grupos secundarios, etcétera - que hay ya creadas, teóricamente, sobre el trauma? No sé. Accidentes mortales ha habido siempre. Información extra para los más despistados: no estoy despreciando el hecho de que se genere un trauma, ni negando el dolor del duelo; solamente estoy preguntándome de qué forma los traumas fluctúan dependiendo de la época histórica en la que se esté.
Solamente si la muerte ha sido desplazada, empujada hacia el fuera de campo, explica que su sola aparición dispare el trauma. Y ya no hablamos solamente de los casos extremos de accidentes que terminan con una vida de forma fulminante; porque es una evidencia que incluso una muerte natural (y, para mí, una muerte natural es toda aquella que no se produzca en un accidente inesperado; quiero decir, que una enfermedad, por repentina que sea su aparición, y por letal que sea su transcurso, es un proceso natural, contingencias corporales que entran dentro del paquete vital) ya provoca el trauma, un trauma que hace necesaria la presencia de un profesional que nos guíe para salir del insólito camino trazado por la maldita muerte.
Los hombres y mujeres de antaño recibían la muerte, no digo con lo brazos abiertos, pero sí con una aceptación en tanto que último destino de la vida. Ahora se niega y cuando aparece, por ejemplo, como resultado final de un cáncer, el discurso es el de una épica del fracaso, “murió tras luchar incansablemente”, etcétera. Una pena. Philippe Ariès:
Todo sucede ahora como si ni yo ni tú ni los que me son caros fuéramos mortales. Técnicamente, admitimos que podemos morir, contratamos seguros de vida para preservar a los nuestros de la miseria. Pero, verdaderamente, en el fondo de nosotros mismos, nos sentimos no mortales.
De ahí el trauma. ¡O no!
Todas las madrugadas entre el sábado y el domingo, a eso de las siete, el pinchadiscos del Agujero Negro ponía la canción "The last song", de Trisomie 21. Todas las madrugadas, sin excepción. Era el cierre, la muerte, de la noche, y de esta forma vivíamos ese momento señalado, ese ritual, esa incansable repetición, los que allí estuvimos todas esas madrugadas entre el sábado y el domingo en el Agujero Negro. A pesar del cansancio de tantas horas allí encerrados, la entrega al baile era total. De todos y todas. Sin excepción.
No he conocido nunca un nombre mejor elegido para un local que el Agujero Negro. La oscuridad dentro era absoluta. Recuerdo que los camareros tenían una pequeña lamparita junto a la caja registradora, donde controlaban el dinero y los cambios de las consumiciones. El garito tenía doble puerta de entrada, así que la luz artificial de las farolas de la calle apenas incidía unos pocos metros en la entrada, cada vez que alguien entraba y salía. Y luego estaban los interruptores de la luz de los baños, al fondo, claridad que el camello del bar aprovechaba para pasarnos, sobre todo, speed. Todo era negro dentro del Agujero Negro porque todas nuestras ropas también se tragaban la luz. Muy poca gente dentro del Agujero Negro vestía otro color que no fuera el negro, quizás el morado algunas chicas, y poco más. Y la luz de los mecheros que fugazmente descubrían un rostro en la noche, cuando alguien se encendía un cigarro o un porro. Y las largas caladas, que al succionar el cigarro nos dibujaban intermitentes rostros calavéricos.
La mayoría de los habitantes del Agujero Negro bailábamos horas y horas en esas madrugadas entre el sábado y el domingo. La música estaba a tope y dejaba poco espacio a la conversación. Pero no nos hacía falta hablar. Nuestra comunicación era otra, mucho mejor; la de la música sobrevolándonos, y atravesándonos, en todo momento, y que nos hacía movernos lánguidamente. Nuestra comunicación era de roce entre cuerpos que no se distinguían; de olor a un sudor colectivo que se iba acumulando en el ambiente; de miradas robadas al resto cuando la oscuridad se rompía en un instante. Y los que no bailaban estaban sobre el suelo, apoyados en las paredes; eran las parejas que se besaban, durante horas, en un abrazo interminable; y, también, los que yo llamaba los atormentados, personas, sobre todo chicos, que se cogían las piernas, con la cabeza apoyada o metida sobre ellas, en un abrazo ensimismado igualmente interminable.
He dicho bailes lánguidos, sí, de mirar hacia abajo, de brazos muertos, de un vaivén interminable de la cabeza que seguía los bajos de las canciones oscuras. Hasta llegar a una suerte de trance. ¡Qué bajos los de algunas canciones oscuras...! El de "Other voices" (The Cure), o el de "Lucretia, my reflection" (Sister of Mercy), o el de "Disorder" (Joy Division), por poner tres ejemplos, o el de "The last song" (Trisomie 21), la canción que cerraba la noche cada madrugada de sábado y domingo en el Agujero Negro.
¡Cómo no recordar que nos entregábamos a fondo en esta última canción! Todos. Las parejas también. Incluso algún atormentado se animaba al último baile de la noche. Y los camareros y el pinchadiscos. Todos y todas sabíamos que era el final, otra muerte; que lo siguiente era la molesta luz del nuevo día y la vuelta a casa por un escenario surrealista y hostil donde los señores y señoras que más madrugaban te miraban como a un bicho raro. ¡La asquerosa normalidad!
En fin, un recuerdo de juventud, de las madrugadas entre el sábado y el domingo en el Agujero Negro. Han pasado más de 20 años. Ahora es una autoficción, este relato.
[PLAY]
El autor de "Pajas mentales" es Felipe Blasco (un amigo y buen tío) que hoy ha publicado lo siguiente en el blog Horizonte FBT:
La campaña de crowdfunding del libro Pajas Mentales está a dos-tres días de cruzar el ecuador y las aportaciones no crecen al ritmo que deseaba. A estas alturas, me habría gustado estar cerca de los 50 apoyos para poder superarlos, como ya he adelantado en otros posts. Pero soy optimista de cara a los próximos 25 días y no cejo en el empeño.
Por eso te propongo un intercambio si posees una web o un blog. Por mi parte, solicito:
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si las cosas van bien quizás un poco más de tiempo).
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Aparte de mis otros blogs, las siguientes webs ya me están ayudando.
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de ellas!
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