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domingo, 18 de noviembre de 2012

Israel eres tú

Hace dos semanas fotografié una imagen que vi en un magazine de fin de semana. Me pareció que contenía dentro un relato duro, y casi diríase que gratuito, por los dos personajes que lo protagonizaban y por la acción simulada [acción, entonces, reconvertida en un acto de comunicación] que tiene lugar. De primeras pensé que sería una buena imagen para poner en Facebook, precedida de alguna entradilla macarra, de las que me gusta poner de vez en cuando; pero se fue quedando atrás, en el olvido, sepultada por las nuevas imágenes que fueron entrando en el móvil. Hasta hoy, que la recupero, y que uso para poner fin a esta reflexión que aquí empieza. La fotografía retrata una escena callejera en una ciudad de Siria, país donde se está jugando una de las guerras mediáticas del momento.

Comenzamos. Se nos olvida, no sabemos o no queremos saber, que Hollywood lo fundaron cuatro magnates judíos. Solamente el nombre [holy=sagrado] nos remite a la religiosidad de un lugar que fue, ha sido y será [de momento] la máquina expendora de las historias cinematográficas que más consumimos. Todavía hoy, la industria cinematográfica yanqui está movida por unos hilos cuyas manos continúan siendo los lobbies judíos de toda la vida. ¿Hace falta recordar que la palabra Israel significa, literalmente, "el que lucha por Dios"? Se nos olvida, no sabemos o no queremos saber, que Hollywood e Israel son dos cachos de esa tierra que los judíos consideran prometida en los textos sagrados...

Es obvio que el paralelismo yanqui-judío no termina aquí. Ambos países han hecho de la ocupación su forma de estar en un territorio; y su forma de ser, la invasión y el colonialismo más brutal, impidiendo a los habitantes originarios ser y estar. Ambos son países exterminadores, en tanto que su nacionalidad es completamente excluyente, y la defensa de semejante nacionalidad, que ha logrado mantenerse refugiada en la idea de Estado, ha sido siempre la que han dictado los tanques. Los Estados Unidos mantienen a los indios acorralados en sus reservas; mientras que Israel mantiene asfixiados en dos cachos de tierra a los palestinos. Hay una diferencia: los indios ya han sido vencidos y sometidos por la civilización blanca, mientras que los palestinos resisten a la presión judía y al ninguneo mundial.

Volvemos a Hollywood. Se nos olvida, no sabemos o no queremos saber, qué tipo de historias nos cuentan los primeros western fabricados en aquellos primeros decorados de la pujante industria cinematográfica de principios y mediados de siglo XX: rostros pálidos a la conquista de una tierra también prometida. Objeto-tierra que solamente estaba en poder del rostro pálido una vez que había aniquilado o anulado la voluntad de los propietarios legítimos del objeto-tierra. Con personajes antagónicos: rostro pálido duro versus indio salvaje. El relato civilización versus barbarie en las pantallas oscuras, desde bien pronto, en un discurso cuya repetición legitima la ocupación y lo que haga falta. En los Estados Unidos, país joven, sus primeras generaciones se contaron su historia a sí mismos de esta manera que después se espectacularizó a través de estos western. Al tiempo que había un relato que legitimaba un pasado, aquellos western también contenían un futuro; porque anticiparon de alguna manera, gracias a la autoría de la etnia de sus autores y de sus productores, lo que estaba por venir en Palestina. 

Y se nos olvida, no sabemos o no queremos saber que hemos estado sometidos sin descanso a este mensaje, lo cual nos ha construido como espectadores ideales de toda esta ideología yanqui-israelí. Aunque tengamos contradicciones, como colectivo, estaremos siempre del lado de los rostros pálidos, no porque simpatizamos con ellos o porque sean de los nuestros, sino porque nosotros ya somos esos rostros pálidos.

El ejemplo del western es solamente una muestra de cómo las industrias culturales yanqui-israelís han sido, son y seguirán siendo hegemómicas en el panorama global, porque han logrado controlar siempre el mensaje. Siempre han controlado la producción y la distribución de su ideología-mercancía, expandida al por mayor por el resto del mundo. Y quien domina la industria de la cultura, es decir, las del ocio y del entretenimiento, domina la mentes, porque es quien termina imponiendo un estilo de vida a través de las historias que cuenta, en aquellos lugares del mundo donde ha podido exponerlas sin filtro ni resistencia. El cine, los medios de comunicación y las agencias norteamericanas han bombardeado sistemáticamente el mundo con ideas y símbolos yanqui-israelís, y, de esta forma, las terminan colonizando [léase Seis compañías judías poseen el 96% de los Medios del Mundo]. ¡Decir esto a estas alturas...! ¿Se nos olvida, no sabemos o no queremos saber?

También sabemos que aquellos países que no se han dejado violar culturalmente han sido bombardeados con bombas y, directamente, invadidos militarmente. Estas son las reglas del juego; practicadas en todo el mundo por Estados Unidos, y, en su entorno, por Israel. Es el postwestern.

Todo esto explica, parcialmente, la pasividad europea con respecto a las múltiples agresiones de Israel sobre un pueblo como el palestino. Los europeos ya somos post-yanqui-israelís, lo cual habla de cómo una mayoría europea asume con normalidad la violación sistemática del Derecho Internacional y de los Derechos Humanos que el ejército israelí comete sobre suelo palestino y sobre ciudadanos palestinos, respectivamente...

Porque Israel y Estados Unidos eres tú, soy yo, somos nosotros, los rostros pálidos, los terroristas forajidos, la resistencia solamente puede ser terrorista-cultural, contra esos símbolos [buen rollistas] con los que nos siguen bombardeando, una y otra vez, una y otra vez, a pesar de que ya hayamos sido vencidos hace tiempo. Con esa hipotética victoria cultural sobre la maquinaria funesta yanqui-israelí [victoria imposible a día de hoy] comenzaríamos a asumir como barbarie lo que desde hace más de un siglo se nos viene narrando como civilización.

Así que no más cuentos: pim-pam-pum.