domingo, 2 de marzo de 2014

Una canción de 1983, treinta años después

Esta historia empieza mucho antes del verano de 1988, que es el año en el que yo escucho por primera vez aquella canción. Exactamente comienza veinte años antes, en la década de los 60, cuando mi madre es la sirvienta en la casa de una familia burguesa de Ávila. Además de las labores propias de la cocina y la limpieza y el orden del hogar, mi madre cría a la niña pequeña de la familia. Cuando mi madre se casa emigra con mi padre a una gran ciudad, a principios de los años 70, en busca de trabajo. La 'niña' entonces es ya una joven, pero ambas, ella y mi madre, continúan alimentando el vínculo emocional que una vez las unió, hablan por teléfono y se ven de vez en cuando. Al fin y al cabo, tampoco es mucha la diferencia de edad entre ambas, porque cuando mi madre entra a servir en aquella casa tiene catorce años, momento en el cual la niña cuenta con cuatro. Recuerdo que cada verano de mi infancia, cuando vamos en familia al pueblo de mi madre, que está a unos veinte kilómetros de la ciudad de Ávila, ella dedica un día a visitar a la familia a la que ha servido y a su vuelta nos cuenta los episodios más significativos de la 'niña' y de la familia.

La 'niña', ya adulta, se casa un año de esos, a principios de los 80, con un periodista musical que trabaja en Radio Nacional de España. Y en el verano del 88, lo recuerdo porque ese mismo año, en enero, ha muerto mi padre, mi madre viene de la visita de rigor con un regalo para mí, una cinta de cassette. Es un regalo del marido periodista de la 'niña', que, según me dice mi madre que le ha dicho él, como yo tengo entonces catorce años, seguro que me gusta la música que él ha seleccionado en la cinta. 'Pop-rock de los 80' recuerdo que pone, con letras mayúsculas, en el canto de la caja de plástico, y en cuyo reverso señala que hay canciones de grupos como Radio Futura, Golpes Bajos, Siniestro Total, que son los tres grupos que recuerdo que sí hay, entre otros de la época. Luego pongo la cinta en el walkman y le doy al play, pero no hay nada de pop-rock: el marido periodista de la 'niña' se ha equivocado y ha metido otra cinta de cassette en la caja de 'Pop-rock de los 80'. Lo que hay es 'música rara', con mucho piano, con algunos violines, con voces de coros, a veces... Pero no es música clásica, el sonido es mucho más sintético que orgánico. ¿Qué tal la cinta que te ha grabado 'fulano'?, me debe preguntar mi madre. Bien, le debo responder, sin desvelar que se ha equivocado; es un regalo y yo no quiero poner a 'fulano' en evidencia.

Aquella música sintética me impacta. Es una música que puede ser la banda sonora de muchas historias. Y aquel verano es la banda sonora de mi verano en el pueblo de mi madre. Sobre todo es la cuarta canción la que me gusta desde el principio, con un ritmo medio de piano que se rompe al poco tiempo con más piano y con la entrada después de un teclado que imita el sonido de un violín. La cinta errónea no tiene ningún tipo de identificación: por el estilo, todas las canciones son del mismo músico, y deben pertenecer a un mismo álbum. Ni sé las veces que escucho aquella música, y especialmente aquella cuarta canción, durante aquel verano, en la soledad de la escucha silenciosa a través de los auriculares del walkman, mañanas, tardes y noches. Una obsesión de adolescencia, aquella cuarta canción, que tarareo en ratos muertos, que llego a saberme de memoria, de las veces que la escucho. Es, quizás, la primera vez que escucho música, quiero decir, la música por la música, sin que se accione el filtro de la autoría o del estilo, que tantas veces me han determinado a la hora de escuchar música, sobre todo en este tiempo de juventud. Y la hubiera escuchado cientos, quizás miles de veces más, aquella cuarta canción, si el walkman no se hubiera tragado la cinta.

Me siento huérfano de aquella cuarta canción, con la rotura de la cinta, pero la conservo casi intacta en la memoria, de las veces que la he escuchado, y me alivio. Y la recupero, durante aquel verano, todavía cuantas veces quiero, y también cuantas veces quiere venir ella sola a mis canturreos. Es mi canción de 1988, mi obsesión, vivida en silencio, como se viven las cosas cuando tienes catorce años y el mundo te parece una indigerible montaña de mierda que va a subir su puta madre

Pero aquella cuarta canción se va yendo cuando ese mismo año ya empiezan las clases, se me muere en la cabeza, a cachos, primero logro recuperarlos, pero cada vez con mayor esfuerzo, confundo partes, se amontonan los distintos ritmos. Aquella cuarta canción se llena primero de ruido y después de silencio. Y la pierdo, al principio casi del todo. Al cabo de unos meses, solamente puedo retener el principio de aquella cuarta canción, hasta que llega el segundo cambio de ritmo de los pianos, una vez que ya han entrado los violines. Después de ese momento, la canción muere una y otra vez en el esfuerzo por canturrearla. Y la pierdo, después del todo. La canción muere en pocos meses después de haberla dejado de escuchar.

Recuerdo el dolor de la pérdida, un recuerdo físico, de pena, de rabia. Me angustia pensar que no la volveré a escuchar nunca. Y, sobre todo, me aplasta la frustración de no tener ningún elemento de búsqueda, para recuperarla. Y la doy por perdida. La canción está muerta hasta que se me aparece a finales de 1993, en la sala de cine donde veo "El piano". Los primeros acordes de la famosa pieza de su banda sonora me pone los pelos de punta, tanto que me despista de la acción de la historia, porque aquella cuarta canción ha vuelto, desde lugares remotos de mi memoria, pero ha vuelto difusa, raquítica y con un aire de irrealidad, como un fantasma. El fantasma de aquella cuarta canción.


Luego sé, porque lo leo en los créditos de la película de Jane Campion, que el autor de la banda sonora es Michael Nyman y que la canción cuyo estilo y cuyo aire me han traído el fantasma de aquella cuarta canción se titula 'The heart asks pleasure first'. Michael Nyman, Michael Nyman, memorizo. Puede ser el autor de las canciones de aquella cassette, y con esa esperanza salgo del cine. Unos días después voy a una tienda de discos y pregunto por Michael Nyman. Solamente tienen la banda sonora de "El piano", en la sección de 'Bandas sonoras', ningún disco más de Michael Nyman. Como encontrar una aguja en un pajar, pienso, imposible recuperar aquella cuarta canción, imposible volver a escucharla. Imposible.

Sin embargo, reanudo la búsqueda a finales de los 90, con la irrupción de Internet. Indago en la discografía de Michael Nyman pero no encuentro aquella cuarta canción. La búsqueda me aporta, sin embargo, otra pista, la etiqueta que describe su música es la de 'música minimalista'. Así que continuo la investigación por ahí, escuchando música minimalista en los ratos muertos, buscándola a ella, en una búsqueda que resulta siempre infructuosa.

Después, en 2003, llega otra película, 'Las horas', en cuya proyección el fantasma de aquella cuarta canción vuelve a aparecerse. Todavía más difusa, más raquítica y de aire más irreal. Otra búsqueda, entonces, pero más cansado, sin esperanza, a partir de las ramificaciones nuevas abiertas por Philip Glass, cuyo nombre conozco aquella noche. Pero nada. Solamente el drama. 


Me había cansado de buscarla. Y la tengo que enterrar. Y de aquella cuarta canción ya no hay ni restos fósiles en mi memoria. ¡Cómo para sospechar que habría de encontrarla diez años después!

La historia terminará aquí, hace poco más de una semana, cuando lea el titular de una de las noticias de portada de Menéame (Un vídeo muestra la crudeza de "Petra" desde el aire) y la información que describa el material audiovisual (El fotógrafo Philip Plisson registró desde un helicóptero los efectos de la ciclogénesis que afectó a Galicia y al Cantábrico a primeros de febrero y que dejó rachas de viento superiores a 152 Km/h). Y clicaré en el enlace. Y sobre las imágenes de la descomunal fuerza del mar Cantábrico empezará a sonar aquella cuarta canción. Y estaré a punto de llorar cuando vuelva a escucharla de nuevo, después de tantos años.

Debajo de la ventana donde se muestran las imágenes, en la parte derecha, estará la opción de comprar la canción en 'itunes'. Ahí sabré su nombre. Y su autor. Cuando la emoción me deje pensar pensaré que un accidente me había traído esta canción y que un accidente me la había arrebatado y que un accidente me la había vuelto a traer. Ni sé las veces que la escucharé cuando la encuentre, dentro de poco más de una semana. La gozaré en conciertos grabados y en diversos videoclips que hay colgados en la red. Pensaré, 'ahora nunca dejaré que se vaya'. Pensaré, 'ya no habrá más accidentes'.

Y teclearé su título, 'Struggle for pleasure', al final de la historia que escribiré aquí, en el Blog Abisal. También escribiré el nombre de su autor, Wim Mertens. Y cerraré ese último párrafo con el nombre de la historia, una canción de 1983, treinta años después. 

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miércoles, 1 de enero de 2014

Mi cuerpo. Mi sangre. Mi templo.

La Iglesia no puede entrometerse en la vida civil. Así que Papas, cardenales, obispos, arzobispos, curas, monjas, miembros del Opus Dei, "providas", Gallardón, resto de cúpula del PP y demás cuadrillas antielección:

El aborto es un derecho que engloba el cuerpo, la libertad de acción, el derecho individual..., la vida al completo de una individua.

Resistimos a vuestros ataques, a vuestro terrorismo biopolítico, a vuestra impertinente insistencia a meteros en nuestros cuerpos y en nuestras vidas. Resistimos a la imposición de la maternidad. Resistimos a la violencia institucional de todos los ministerios, a la leyes y pseudoargumentos que nos criminalizan. Porque creemos en nuestra capacidad decisiva y en la posesión de nuestros cuerpos y sexualidades.

Follamos en vuestras sedes, abortamos en las Iglesias y bailamos en las Catedrales. Mi cuerpo; mi templo. Si os metéis en él, entramos en los vuestros.

Seguiremos abortando, haya la legislación que haya, gobierne quien gobierne, independientemente de quien lo haga en la luz o en la sombra.

Restringir el aborto no implica menos abortos; significa más peligro para la salud de las mujeres. Iglesia y Estado represores, que sorbéis de la misma pila: os beberéis la sangre de nuestros abortos.


[Mi cuerpo. Mi sangre. Mi templo... PLAY]


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Bella democracia, descansa en paz


Un formulismo manoseado, plástico y artificial (...) ¿Qué escondía tu envoltorio sino la ignorancia, el cinismo y la corrupción? (...) Tú, bella democracia, una bolsa de plástico preparada para transportar el miedo y la impotencia (...) Bella democracia: vieja, puta y enferma, maquillada igual que una jovencita vanidosa y podrida de cosméticos (...) Ya puedes morir tranquila y sola (...) Descansa en paz.

Más: play.

[Atentado audiovisual de TERRORISMO DE AUTOR: canal de Youtube / perfil en Facebook / cuenta de Twitter]

viernes, 6 de diciembre de 2013

Esto no es un obituario de Nelson Mandela


Primero la biología. Nelson Mandela ha muerto. El hombre Nelson Mandela. Un anciano de 95 años. Con mujer, hijos y nietos. Un humano con la biología de cualquier otro humano, vísceras y bilis incluidas. Quizás en su vida tuvo alguna caries, tosió cuando se acatarró y de vez en cuando tuvo episodios aerofágicos, como tú y como yo. Un hombre. Solamente un hombre anciano, cuya muerte confirma la contundencia biológica que nos espera a todos, el cese definitivo de la vida.

Y de la biología a una biografía. Pero Nelson Mandela era más que un hombre. Porque no solamente ha muerto para sus familiares y amigos, sino que ha muerto para el mundo entero. Entonces, su último suspiro pone fin, además de a su biología orgánica, a la biografía de un animal político que luchó incansablemente por los derechos de la población negra de Sudáfrica. Un animal político que sacrificó 27 años de su vida en una cárcel, donde se le encerró por defender justicia e igualdad. Terrorista para unos y héroe para otros, Nelson Mandela salió de su encierro para terminar con el Apartheid y convertirse en el primer presidente negro de Sudáfrica. Luego recibió el premio Nobel de la Paz e incluso sus enemigos acérrimos terminaron por considerarle un héroe, un ejemplo de lucha y un hombre modelo. En definitiva, un hombre para la Historia. Una biografía.

Y del hombre al icono. O de la biografía a la hagiografía. Si las religiones necesitan erigir santos a partir de los cuales impartir sus doctrinas, el poder civil también los necesita y, además, con idéntico fin, para darnos lecciones a partir de las vidas ejemplares y el sacrificio de unos pocos que lucharon por el beneficio de unos muchos. Dos ejemplos, John Fitzgerald Kennedy y John Lennon. Iconos. Santos. Y ahora Nelson Mandela, donde su proceso de beatificación laica comenzó mucho antes de la consumación de su muerte.

Y del sujeto al objeto. O de la iconografía al consumo espectacular de los ídolos. Porque un santo se consume y su beatificación convierte al hombre modelo en una mercancía que circula a través de los creyentes. También Nelson Mandela ha trascendido la cosa propia de ser un icono, o un referente, para convertirse en fetiche de su propia mercancía, puesta en el mercado por el Poder mismo. Nelson Mandela ya es un objeto. No morirá nunca. Vivirá en nuestros corazones. Podremos verlo en los escaparates. Y podremos comprarlo en nuestros centros comerciales. Su ideología, su vida, sus valores, Nelson Mandela.


Y de la revolución peligrosa al enemigo asimilado. O de como cambia el paisaje y como reina la calma una vez que se han desactivado las bombas del terrorista. Con el ejercicio de convertirlo en ídolo de masas, en star-system mediático o en santo de nuestra devoción, el Poder no solamente desactiva a Nelson Mandela como agente subversivo, sino que, sobre todo, nos desactiva a nosotros, los consumidores, en este caso, del ídolo negro. Recordemos a ese otro ídolo de masas, el Che Guevara, otro libertador, comercializado por las multinacionales textiles. Camisetas, chapas y eslóganes circulan entre nosotros, fetiches revolucionarios donde la acción revolucionaria ha quedado denigrada en el mismo acto de comprar una mercancía. Cuando un joven se compra una camiseta con la imagen mítica del Che, sobre el eslogan "hasta la victoria siempre", no compra la victoria de ninguna revolución, sino la muerte del revolucionario que idolatra, y la muerte propia de su ímpetu subversivo. Así es como nos vencen y convencen las fuerzas contrarrevolucionarias.

Y de los escaparates de moda a las pantallas de los medios. Todo el mundo ha sentido la muerte de Nelson Mandela. La conmoción y la tristeza han circulado por las redes sociales. Fotografías del ídolo de masas, sus frases míticas, referencias a África, etcétera, han sido contenedores de "Me gusta" y de comentarios de consternación en Facebook; y de tweet y retweets hasta el trending topic mundial en Tweeter. La inmensa mayoría de los medios de comunicación del mundo, progresistas y conservadores, han titulado a lo grande la noticia de su muerte, medios que, por otra parte, son los catalizadores del racismo emergente en estos tiempos de crisis. Es el Gran Consenso Mundial, que alimenta la ilusión de una Aldea Global, en la consumación orgiástica de un sentimiento colectivo casi sin fisuras. Todos a una. De todos los países (la ilusión de los ciudadanos de un lugar llamado mundo). De todas las clases (la ilusión de las multinacionales). Y de todas las ideologías (la ilusión de los fascistas). Porque los ídolos de masas no conocen de targets específicos: son consumidos por la inmensa mayoría. 

Y del protagonismo de Mandela a la invisibilización de Sudáfrica. Teniendo un héroe que consumir, ya no nos hace falta su objeto de lucha, en este caso Sudáfrica, el país que lideró Nelson Mandela. Es curioso como los medios de comunicación, y es la historia que se cree el target universal que consume al ídolo, trazan la historia meritoria del héroe argumentando medias verdades e incluso falsedades. Ayer "El País" titulaba su muerte como la de un hombre que liberó a Sudáfrica del racismo del Apartheid. Media verdad, porque el Apartheid sí fue superado, pero la consecución de derechos para la población negra sudafricana fue el estadio anterior al racismo, que se mantiene intacto en nuestros días. Durante el Apartheid no había racismo, había esclavitud, y había falta de derechos fundamentales. Un ejemplo similar es la consecución de derechos civiles de la población negra de Estados Unidos, en la década de los 60. Primero hubo esclavitud y explotación, después segregación y sometimiento, y finalmente, en la situación actual, hay racismo y tolerancia, no más que la lógica capitalista ante los casos de igualdad legal. Y de las medias verdades a la mentira absoluta: Mandela no llevó la normalización política y social a Sudáfrica. Por dos razones, primero, porque en Sudáfrica no hay normalización entre las dos comunidades raciales que coexisten, que sí se toleran, cierto, pero con episodios de racismo que circula en ambos sentidos y, segundo, porque la minoría blanca sigue manejando el monopolio económico y financiero del país, en detrimento de la mayoría abrumadora negra. En resumen, que el poder sigue estando del mismo lado. Esta afirmación, no confundirse, no dispara contra Nelson Mandela, al que yo, efectivamente, considero un referente, y cuya lucha revolucionaria considero ejemplar, sino contra el relato infectado de ficción de un héroe, cuya venta trata de neutralizar la lucha que todavía queda pendiente, en este caso de Sudáfrica, una vez que su libertador ha sido asimilado por el poder contra el que luchó.

Y de la sonrisa de Mandela a la vida de los sudafricanos. Los relatos que consumimos de nuestros héroes toleran muy mal la presencia de coprotagonismos. Porque en nuestras ficciones solamente cabe un ídolo. Desde Moisés liderando a los judíos hasta Messi liderando al barcelonismo, la construcción de héroes solamente puede ser digerido por los espectadores o lectores como un trasunto individual, con toda la narrativa puesta al servicio de un solo personaje, en un ejercicio que ningunea al colectivo, al grupo, al pueblo, personas cuya presencia, actividad y acción son igualmente importantes y complementarias a la lucha y mérito del héroe. En este caso, hablo de los sudafricanos y sudafricanas, blancos y negros, pero, sobre todo, negros y negras, que han luchado y siguen luchando por la igualdad real desde el anonimato y en la cotidianidad, fuera de los despachos de los grandes organismos oficiales donde han construido al héroe Nelson Mandela. Hablo del fuera de campo, claro, donde los medios de comunicación no encuadran ni enfocan y donde nosotros ya no queremos ni mirar.

El obituario. Dicho esto, que la tierra le sea leve a Nelson Mandela. Que Nelson Mandela, hombre, revolucionario y luchador, descanse en paz.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El liberalismo mágico


Yo soy el político neoliberal. Me gusta ir a las fiestas del Banco Central. Vuela la cocaína por los despachos del Capital. Vótenme porque mi rumba está buena. (bis). Yo hago lobby, lobby, lobby, lobby... Lo vi robar, lo vi robar, yo lo vi robar (bis). Sarkozy-kozy-kozy. Sarkozy-cosí-cosá. El final de campaña siempre es lo mejor (bis). Barbacoa en la ONU. Caracoles en la UNESCO. Vótenme porque mi rumba está buena. Vótenme, vótenme, vótenme, vótenme (x4). Yo soy el político neoliberal. Me gusta ir a las fiestas del Banco Central. Vótenme, vótenme, vótenme, vótenme (x5).

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["El político Neoliberal", Pony Bravo, 2013. Joya encontrada en Contraindicaciones.]

lunes, 2 de diciembre de 2013

Contra la babosidad multicultural (...) y otros exhibicionismos de la bondad


NOTA: Lo que sigue es el texto íntegro de una entrada reciente que el antropólogo Manuel Delgado ha publicado en su blog "El cor de les aparences", titulada "Contra la babosidad multicultural..."

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Me preocupa la importancia que para mí tiene el pensamiento de Nietzsche. En teoría, no me sería propio, puesto que este hombre encarna la expresión más letal de los que Luckàcs llamaba "el asalto a la razón", en cambio, ¡tenía y tiene razón en tantas cosas!

Por ejemplo, todo lo que cuando he podido y donde me han dejado he dicho sobre el multiculturalismo, la importancia de "comprender al otro", las constantes llamadas al virtuosismo que implica la "educación a la ciudadanía"... Detesto profundamente lo que podríamos llamar el rollo "multiculti", esa ideología meliflua, afectada e hipócrita de gente satisfecha de clase media que se cree que puede distribuir lecciones de ética desde su falso compromiso con los "inmigrantes" y las gentes de "otras culturas". Es lo que me permitiría llamar el "manucheismo", esa forma contemporánea de exhibicionismo de la bondad, no muy diferente de la que ostentan los animalistas con su "amor por los animales".

Todo eso me recuerda tanto la denuncia feroz de Nietzsche contra toda teoría de los valores, en la que no hay más que el molde para nuevos conformismo y nuevas sumisiones. Toda la genealogía nietzscheniana es, en ese sentido, geneología de los valores, es decir arqueología de los argumentos que protegen e inmunizan lo dado por supuesto de la crítica. En concreto, esa pieza fundamental de la filosofía “a martillazos” de Nietzsche que es es El Anticristo, se conforma toda ella como un desenmascaramiento de las distintas formas aplicadas del “buen corazón”, esa especie de salivilla repulsiva que se escapa de la comisura de los labios de los exhibicionistas de la bondad, que afirman combatir la miseria ajena pero que hacen lo posible por conservarla y multiplicarla, puesto que al fin y al cabo viven de y por ella. Nada más malsano, nos dirá Nietzsche, que ese culto a la pobreza y al fracaso que hay tras la misericordia cristiana, cuya variante laica actual sería lo que algunos etiquetan con el eufemismo “solidaridad”.

Nietzsche -cita el Anticristo- despreciaba “aquella tolerancia que todo lo ‘perdona’ porque todo lo ‘entiende’” “¡Antes vivir en medio del hielo que en medio de las virtudes modernas y otros vientos del sur!”, dice en la primera páginas del libro. Creo que las cosas no han cambiado demasiado. No me digas que no. Hoy, peores que los racistas son los virtuosos del diálogo entre culturas, de la cooperación entre pueblos, los cultivadores afectados de la “apertura al otro”, todos aquellos que se refugian en ciertas ONGs dedicadas a suplantar a los humillados.

De la actual tolerancia humanitarista Nietzsche podría decir lo mismo que de aquella que le tocó contemplar en su tiempo y denunciar en El Anticristo: que para ella “abolir cualquier situación de miseria iba en contra de su más profunda utilidad, ella ha vivido de situaciones de miseria, ha creado situaciones de miseria con el fin de eternizarse”.

Me da asco. El racismo es hoy, en efecto, ante todo “tolerante”. La explotación, la exclusión, el acoso..., todo eso aparece hoy disimulado bajo melifluas invocaciones a las nuevas palabras mágicas con que calmar la rabia y la pasión –diálogo, diversidad, solidaridad...–, en liturgias en que los nuevos déspotas pueden exhibir su generosidad. Vigencia absoluta, por tanto, del desprecio de Nietzsche hacia esa babosidad cristianoide que ama revolcarse en la resignación y la mentira y que no es más que falso compromiso o compromiso cobarde. Porque ese discurso multicultural que proclama respeto y comprensión no es más que pura catequesis al servicio del Dios de la pobreza, de la desesperación, de la cochambre; demagogia que elogia la diversidad luego de haber desactivado su capacidad cuestionadora, de haberla sustraído de la vida.


domingo, 1 de diciembre de 2013

El discurso de los gobernantes que no hemos derrocado


El discurso de los gobernantes que no hemos derrocado empieza a ser el de la salida de la crisis. 

Nosotros, los gobernados, todavía con la inercia de la indignación de diseño que nos han inoculado a lo largo de estos últimos cinco años, a partir de chutes muy bien dosificados de eslóganes publicitarios (no hay pan para tanto chorizo, etcétera), cuando escuchamos a los gobernantes que no hemos derrocado decir que ya estamos saliendo de la crisis, de primeras, nos indignamos, nos ponemos a la defensiva, mitad incrédulos, mitad hartos, pero, a poco que dejamos evaporarse esa indignación impuesta y queda al descubierto lo que en realidad somos, hombres ignífugos al servicio del Poder, fantaseamos con la llegada del nuevo tiempo, que nos devuelva a nuestra condición original de animales carroñeros. 

Porque lo que nos ha indignado ha sido haber sido durante este tiempo la carne carroñera que otros animales han mordisqueado. Nosotros somos los capitalistas y a nosotros nos corresponde hacer jirones la carne de los demás, como ocurrió antes de la crisis. Porque nosotros somos la clase media y queremos seguir explotando a la clase baja autóctona y extranjera, para seguir conservando nuestro estilo de vida de educación concertada para nuestros hijos y de sanidad privada familiar para cuando sea necesario. Y porque vivimos en un país industrialmente desarrollado y queremos seguir pisoteando las economías del Sur, mediante la actividad vampírica de nuestras multinacionales.

Por eso no hemos derrocado a los gobernantes que ahora nos dicen que ya estamos saliendo de la crisis.

¡Buen provecho, amigos!