viernes, 13 de febrero de 2015

Las élites políticas y las chusmas sociales


Recuerdo la casa donde viví de niño, alquilada por mis padres según la modalidad de renta antigua, que ahora se consideraría una infravivienda, sin bañera, con las viejas ventanas de madera por las que se colaba el agua cuando la tormenta venía de viento sur, y a mi madre de rodillas recogiendo el agua del suelo bajo una banda sonora de relámpagos y truenos. Era la casa que habitábamos un matrimonio de dos migrantes recién instalados en una ciudad grande procedentes de la Castilla rural, que se buscaron la vida, aquellos primeros años, a machetazos, unas veces movidos por el entusiasmo de salir adelante y otras paralizadas por la angustia que proyectaba la amenaza del paro, que más de una vez mordió los largos días en la casa donde se metía el agua cuando la tormenta venía de viento sur, y sus dos hijos, mi hermana y yo.

Recuerdo también cuando veíamos la vieja televisión en blanco negro mientras cenábamos, en periodo electoral, a todos los partidos políticos de entonces poniendo sobre sus discursos la promesa del bienestar social de todos los ciudadanos. Ni mi padre, cansado como una mula después de haber trabajado diez horas en una fundición, con un salario irrisorio, ni mi madre, cansada como otra mula después de haber limpiado toda la mierda en la casa de una familia ricachona de la ciudad, sin contrato y con una contraprestación todavía más ridícula, prestaban demasiada atención a las imágenes, más bien estaban con la vista puesta en la jornada venidera, con el único propósito de sacar adelante a una familia, y, sin embargo, terminaron votando, los dos a UCD, ni por ideología ni por que creyeran que esta opción política les fuera a sacar de ninguna apretura, sino porque su líder, Adolfo Suarez, era abulense como ellos.

Con el paso de los años extraje una lección de vida de todo esto, y de otras vivencias similares, que no es otra que las ‘élites’ políticas y las ‘chusmas’ sociales caminan por senderos que jamás podrán encontrarse, porque las primeras operan altivamente desde sus ‘intelectualidades’, regodeándose en la vacuidad de sus palabras, y las segundas bastante hacen con sobrevivir en sus ‘analfabetismos’, superándose en la imposición de sus acciones. Con todo, pasado el tiempo, poco o nada ha cambiado la cosa y la pobreza sigue siendo un arma arrojadiza, mejor dicho, que la pobreza de los ‘otros’ continua siendo una de las armas arrojadizas en la disputa partidista de los distintos grupos de la misma ‘elite’ que buscan, unos mantener el poder político y, otros, conquistarlo, convertida, la pobreza, en un relato que promete el ‘happy end’, final que solamente puede ser escrito por quienes la han provocado, la ‘pobreza’ de esos ‘otros’, con la promesa del cambio en sus vidas.

En fin. La historia de siempre o la mentira de nunca acabar.


[BONUS TRACK]

domingo, 15 de junio de 2014

España: acción y efecto de descomponer o descomponerse

Siempre hubo un capítulo de la historia contemporánea de España que me pareció intrigante. Mejor dicho, siempre hubo una elipsis entre dos capítulos de la historia de España que me pareció intrigante, quizás por el ímpetu de los historiadores (o de los profesores de historia de los colegios e institutos) en pasar por alto aquello que ocurrió entre aquellos dos capítulos, una invisibilización intencionada que solía concluir con el planteamiento de una cuestión fascinante: ¿qué ocurrió en España para que se pasara de la Restauración a la proclamación de la II República? Quizás ya de más adulto uno cae en la cuenta de que la historia que se nos cuenta de niños y jóvenes en los lugares de Poder, y que insisten en hacernos ver que es historia en mayúsculas, con unos pocos personajes protagonistas sobre los que recae toda la responsabilidad de los acontecimientos que se narran, sea cuando uno empieza a poner signos de interrogación, tanto en las mentiras que se nos contó como en las verdades de lo que se nos ocultó.

¿Qué ocurrió en España para que se pasara de la Restauración a la proclamación de la II República? ¿Qué ocurrió para que del bipartidismo diseñado por la Corona borbónica se descompusiera, dando paso a la sensibilidad republicana? ¿Cuándo y de qué manera el pueblo empezó a cansarse del juego bipartidista entre conservadores y progresistas, entre todos los Cánovas y todos los Sagasta, y demás políticos de ambas ideologías que fueron abarcando el Poder Político a lo largo de los años? Algo ocurrió que no se nos contó. Alguien decidió que ese proceso de cambio formara parte de otra de las elipsis* que tanto abundan en las historias nacionales (y nacionalistas) de todos los Estados y Países.

La cosa es que estos días, quizás desde unos meses a esta parte, he vuelto a plantearme la pregunta de qué ocurrió en España para que se pasara de la Restauración a la proclamación de la II República, qué ocurrió para pasar de un Régimen Monárquico, con una dictadura de por medio (¿nos suena, verdad?) a una República, y la cosa es que he encontrado una respuesta. ¿Qué ocurrió? Lo que está pasando ahora, una serie de acontecimientos que cuando nuestros hijos y nuestros nietos estudien historia, seguramente serán invisibilizados entre el bloque que le precede (el Régimen franquista más la Monarquía de los Borbones, herencia de Francisco Franco, en Régimen democrático parlamentario con dos partidos fuertes que se han ido alternando en el Poder Político -la sombra de Cánovas y Sagasta siempre fue alargada-) y el que le antecede (quizás la III República). El proceso entre uno y otro, y que a duras penas podrá ser narrado en el futuro, es lo que en narratología se llama elipsis, y es lo que en términos políticos se ha llamado siempre la descomposición de un Régimen. En este caso, hablamos de la descomposición (qué poco le gusta este término a los voceros e historiadores del Régimen) del ideario franquista surgido en 1939, tras ganar la Guerra Civil, la imposición de los casi 40 años de Victoria del Movimiento Nacional y la imposición subsiguiente de los otros casi 40 años que llevamos de Nueva Restauración Borbónica, sustentada en el interés de la derecha tradicional postfranquista y en la vergüenza del autodenominado partido socialista.


La descomposición (1. f. Acción y efecto de descomponer o descomponerse) y la decadencia (1. f. Declinación, menoscabo, principio de debilidad o de ruina) suelen ser, entonces, los contextos socio-políticos en los que flota el contenido e(c)lipsado en los libros de historia. Shakespeare lo resume en una sola frase en su Hamlet: 'algo huele a podrido en Dinamarca'. Solamente una persona con el olfato atrofiado (o bien por su ideología interesada, o bien por ser juez y parte de dicha mierda, o bien porque realmente su conservadurismo cotidiano le impide asimilar cambio alguno, en una negación que le haría alucinar otro tipo de olores de los que realmente se respiran en el ambiente) no podría decir lo mismo de España, hoy, en 2014. Algo huele a podrido en España. El Régimen tiene diarrea (1. f. Síntoma o fenómeno morboso que consiste en evacuaciones de vientre líquidas y frecuentes) y es una diarrea mortal como la que en su momento acabó aniquilando al Régimen monárquico de Alfonso XIII. Otra cosa es, uno, que los que cuentan las historias no lo cuenten, y dos, que los cuentan las historias lo cuenten de otra forma.

Porque lo que sí hacen los historiadores oficiales de cada época y lugar, una vez que la descomposición y la muerte por diarrea se han consumado, es echar balones fuera, y diagnosticar el fin como un conjunto de fuerzas ajenas que se han aliado para acabar con lo establecido. Por ejemplo, ¿cómo nos suelen contar que terminó el Imperio Romano? Por las invasiones bárbaras, es el atajo que más usan para dar carpetazo al asunto. Y la verdad es que la primera causa del fin de la era romana no fue otra cosa que su propia putrefacción; los bárbaros aprovecharon que casi no quedaba nada dentro para entrar desde el afuera, de esta forma cruzaron los límites sin apenas resistencia. Pero no fue la presión de los pueblos bárbaros, como nos han dicho, lo que produjo el fin, sino la propia decadencia romana que se había pasado de rosca en su propio ciclo natural. Así que si ahora cae el Antiguo Régimen no será por la presión de lo que ahora se está formando y que podríamos llamar Nuevo Régimen, sino por la descomposición previa de lo Viejo. Precisamente de su hedor, y de su actividad química que construye nuevas reacciones en cadena con diversos agentes políticos y sociales, es de donde está saliendo lo Nuevo. No hay capítulo nuevo de la historia que no se haya construido de los escombros del capítulo anterior, y quien dice escombros dice detritos. Que nadie se confunda: ni los republicanos (entre los que me incluyo), ni los izquierdistas (entre los que también me incluyo) somos los bárbaros del Antiguo Régimen, solamente nos aprovecharemos de que la carcoma ya ha hecho casi todo el trabajo previo. La estructura está tambaleándose; no aguantará semejante masa podrida demasiado tiempo. 

Como en toda ficción, el final tiene que llegar. Y la ficción llamada España monárquica hace tiempo que soporta el relato de una historia cansina que solamente pide finalizar. Otras ficciones piden paso, la ficción republicana, que, por supuesto, no logrará independizarnos del contexto neoliberal mundial, por un lado, y las ficciones nacionalistas, de otro, que, por supuesto, tampoco lograrán independizarnos del mismo contexto que nos atenaza a todos. Solamente que la novedad nos excita, y la ficción nos gusta. ¡Qué importa quién esté siendo el autor de las próximas líneas de la historia! Porque bailamos su música sin importarnos la letra...


BONUS TRACK





*No es una cuestión únicamente de economización del espacio que una historia esté plagada de elipsis interesadas. Cada autor, en la redacción y desarrollo de su historia, elige qué y cómo contarla, y, por descontado, elige qué no contar. Esta decisión nunca es arbitraria: así, cada nación, como escritora de sí misma, se hincha y se respira, sobre todo, del aire narrativo que dejan las elipsis a aquellos que son adoctrinados por la vía del relato histórico.

viernes, 13 de junio de 2014

Introducción y visionado de 'shr(a)'

Lo obvio es que el problema de la decepción del espectador ante cualquier acontecimiento solamente es cuestión de las expectativas puestas en dicho acontecimiento. En el espectador manda la demanda y la suya es la demanda del espectador occidental, una demanda dictatorial con respecto al acontecimiento vivido u observado, al que siempre, de forma autoritaria, le pide que ocurra algo a través de la acción. 

Espectador y observador no caben en el mismo sujeto; el primero engulle imágenes mientras que el segundo come lenguaje. Además, el observador nunca tendrá esa insolencia típica del espectador que no quiere transformarse a partir de la experiencia de la acción que consume; el observador, por su parte, se estimula en la espera (no confundir con expectativa) con la vista puesta en que lo que está experimentando le narre a él mismo a través de la experiencia de la observación. 

El que engulle, vomita, y el que come, caga. Lo primero es una actividad propia del rechazo; lo segundo, la actividad propia de una aceptación. Entonces, la acción de quien es espectador no contiene relato alguno, es un relato muerto en tanto que [Situación Inicial] es idéntica a [Situación Final], el objeto ha seguido una trayectoria de ida y vuelta, 'a' vuelve a ser 'a'; mientras que la acción de quien es observador sí contiene un mínimo relato, es un relato vivo en tanto que [Situación Inicial] es distinta a [Situación Final], el objeto ha transformado al sujeto y se ha transformado a sí mismo, 'a' pasa a ser 'b'. No más que un relato muerto frente a un relato vivo.

Así las cosas, ¿qué ocurre cuándo el espectador cruza la frontera y se pone del lado del acontecimiento? ¿Qué ocurre cuando, por ejemplo, va a ser fotografiado? Como buen amante de la muerte, seguramente solo se tolere a sí mismo mirando a cámara, porque una mirada a cámara, en un retrato, es la historia de una acción muerta, una historia póstuma, muerta a partir de la neutralización de dos miradas, la del retratado y la del que mira el retrato. 

El espectador que mira a cámara cuando es fotografiado mata la mirada del que mira, porque prefiere espectadores antes que observadores. No quiere verse en una acción natural y espontánea, y su mirada a cámara estará acompañada de una buena dosis de posado.

En conclusión, el espectador, cuando cruza la frontera y se pone del lado del acontecimiento, se interpreta a sí mismo, y en su acción, lo que le queda de sujeto deviene en objeto. Le regala, al otro, su muerte, su relato muerto. Al espectador la vida no le interesa lo más mínimo, adora su ficción y detesta su documento.

He aquí 'shr(a)':



[Hay una segunda parte de 'shr(a)'. Se titula 'shr(2a)' y puede verse en la Revista Espacio Luke]

sábado, 7 de junio de 2014

Monarquías, repúblicas, súbditos y hombres y mujeres libres

Estos días en los que se habla de la abdicación del monarca español y de la sucesión puesta en marcha en favor de su hijo me estoy acordando del filósofo Slavoj Žižek, cuando explica que en el mundo de hoy en día el rey que se crea que es rey de verdad está más loco que cualquier sujeto de manicomio que se crea ser Napoleón. El modelo sirve también para señalar hasta qué punto de enajenación mental puede llegar cualquier presidente de cualquier país que se crea de verdad que es el presidente o el gobernante de cualquier cacho de tierra cuyos habitantes con derecho a voto le han elegido para el cargo. Aplíquese el caso donde se quiera, allí donde una sola persona, incluido su grupo de ministros, se crea que tiene cierta capacidad de decisión, que se crea, dicho en pocas palabras, ser el portador de eso que tan fácilmente denominamos Poder.

Pero volvamos al caso del rey, de esa persona que se cree rey, y de su trastorno psiquiátrico que le hace pensar, en una alucinación con pretensiones de realidad, que es un rey de verdad. El contraplano de semejante dislate solamente puede obtenerse de retratar a una ciudadanía con otra enfermedad equivalente, la que correspondería a un pueblo cuyos integrantes se creen súbditos del rey. La RAE define súbdito como "sujeto a la autoridad de un superior con obligación de obedecerle". ¿Qué manda el rey? ¿Qué obedecemos nosotros? ¿Dónde está la autoridad superior? Mientras nos pensamos las respuestas nos queda espacio para pensar que el delirio nos pertenece a todos, al rey por creerse rey y a nosotros por creernos súbditos. Y es una enajenación mental que ya veremos si es transitoria. Diríase que si todos estamos locos, lo cuerdo no existe, en tanto que no puede contrastarse con nada.

En este juego cuasi-esquizofrénico en el que nos movemos, la alternativa con la que sueña la ciudadanía se llama República. Como si fuera el punto de fuga de esa ficción en la que nos creemos el papel de súbditos, soñamos con una República en la que nos creeremos, quizás, el papel de hombres y mujeres libres. El despropósito no puede ser mayor: Monarquía o República es el debate. Debátase usted entre estas dos únicas opciones de modelo de Estado, excluyentes entre sí y que, juntas en el binomio que se pone sobre la mesa, excluye del debate y del análisis cualquier otra forma de organización política que no sea ni la una ni la otra. Así que estos días cualquiera tiene una opinión formada sobre una y otra. Y cuídese mucho de intervenir en los conatos de diálogos que hay en la calle y en las redes sociales a este respecto desde un posicionamiento que no sea el estrictamente mediático.

Cuidarse, por ejemplo, de lanzar la pregunta de si se puede ser súbdito de la República, en tanto que el Estado no deja de ser el mismo. Y ya no digamos si uno se pone a extrapolar el ejemplo de Žižek al modelo de Estado, es decir, poner en duda que la Monarquía sea tal y que la República sea cual y que, tanto monta, monta tanto, una ficción con reyes que se creen reyes de verdad que una ficción con presidentes republicanos que se creen presidentes de verdad. Si uno se osara a decir cosas así en una verdulería, por ejemplo, o en Twitter, por poner otro ejemplo, el loco no sería el súbdito que se cree súbdito sometido felizmente a un rey ni el ciudadano libre que se cree ciudadano libre sometido felizmente a una República...; el loco sería quien se meara fuera del tiesto mediático del debate diseñado para el entretenimiento, Monarquía versus República. De nuevo, el Espectáculo no quiere ingratos que cuestionen el modelo de verborrear solamente desde esas dos posiciones que nos venden como contrapuestas.

En este punto quiero escribir, a modo de desquite, que uno es de su Señor. Uno solamente puede pertenecer a sus Amos y Señores. Solamente en la medida que servimos a nuestros Amos y Señores, dándoles nuestro trabajo, nuestra vida y nuestro dinero, somos sus súbditos. Aquí no hay ficciones: somos súbditos de nuestros Amos y Señores desde que nacemos hasta que morimos. Un repaso histórico nos detallaría una característica que hemos compartido los súbditos de todas las épocas, que no es otra que no haber conocido el rostro de nuestros Amos y Señores. Otra cosa es que nosotros, los locos que creemos vivir en una Democracia, nos hayamos creído que la cosa de elegir a esos locos que se terminan creyendo que son nuestros gobernantes de verdad nos ha llevado a pensar, a hacernos creer, quizás por primera vez en la historia de la humanidad, que nosotros sí conocemos a nuestros Amos y Señores. ¡Qué peligrosa resulta la mezcla en un mismo sujeto de la demencia y de la ignorancia! Cualquier cosa podría pasar..., al fin y al cabo vivimos en una ficción como personajes de ficción, una ficción de esas en las que puede pasar cualquier cosa.

Entonces hay que plantear la siguiente pregunta: ¿algún personaje de ficción ha sabido alguna vez quién ha escrito el guión de sus vidas? No. Todo Poder es opaco. Y querer descubrirlo te metamorfosea en cualquier personaje de Kafka, que se da de bruces contra lo que realmente es el Poder Real. Y el Poder Real es irrepresentable (1. adj. Dicho de una obra dramática. Que no es apta para la representación escénica) e inaprensible (2. adj. Imposible de comprender), casi como la muerte, y nos somete a todos, locos monárquicos y locos republicanos (entre los que me incluyo), incluidos reyes y presidentes, súbditos todos, de verdad, como sujetos sometidos a esa Autoridad Superior con obligación de Obediencia. Ni siquiera el Poder Real está en las multinacionales del entretenimiento, de la alimentación, de la moda y de la cosmética, de los medicamentos, etcétera, pretextos que no tienen por menos de ser la fuga de una intelectualidad antisistema de un antisistema que se cree un antisistema de verdad, por muy bien que suene escribir eso de que los objetos que fabricamos nosotros mismos en las fábricas los consumimos después en la calle, a cambio de un salario que nos perpetua en el círculo de la violencia autoinflingida. Palabras, solamente palabras.

Y discurso, solamente discurso. El Hombre solamente ha estado sometido a un Poder Figurativo durante el Paleolítico; con el cambio al Neolítico, todo se abstrae, empezando por el propio Hombre, que deja de ser una figura en la Naturaleza para convertirse en una mancha de la Razón. El Poder Abstracto. Desde entonces hasta nuestros días, la abstracción ya ha devenido en obesa mórbida, y nuestros cuerpos también abstractos se han habituado a este contexto Diógenes en el que tenemos la ilusión de ser poseedores de toda la mierda que hemos ido guardando, generación tras generación, desposeídos ya de la memoria, cuando en realidad somos nosotros los poseídos por tan ingente cantidad de basura. Doce mil años después, ya no sabemos quiénes somos: ¡cómo para no aliviarnos la ficción de autoetiquetarnos como monárquicos o republicanos! Pero la cosa es que no hay reyes ni repúblicas, ni súbditos ni hombres y mujeres libres. Solamente hay ficción y de ahí una hipótesis de la locura, pero escrita en lenguaje también abstracto para terminar escribiendo que el loco que se cree Napoleón en el manicomio está más cuerdo que nosotros. 


BONUS TRACK

martes, 3 de junio de 2014

La historia por delante y la historia por detrás


FELIPE I



FELIPE II



FELIPE III



FELIPE IV



FELIPE V


FELIPE VI



FELIPE V



FELIPE IV


domingo, 25 de mayo de 2014

La historia contemporánea de Europa contada a través de la más grande de sus elipsis


domingo, 18 de mayo de 2014

Una muerte. Una vida. Y su contexto.

Una muerte.



Una vida.




Y su contexto.




[Fotograma e imágenes: 'Armonías de Werckmeister', Bèla Tarr, 2000]