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sábado, 7 de junio de 2014

Monarquías, repúblicas, súbditos y hombres y mujeres libres

Estos días en los que se habla de la abdicación del monarca español y de la sucesión puesta en marcha en favor de su hijo me estoy acordando del filósofo Slavoj Žižek, cuando explica que en el mundo de hoy en día el rey que se crea que es rey de verdad está más loco que cualquier sujeto de manicomio que se crea ser Napoleón. El modelo sirve también para señalar hasta qué punto de enajenación mental puede llegar cualquier presidente de cualquier país que se crea de verdad que es el presidente o el gobernante de cualquier cacho de tierra cuyos habitantes con derecho a voto le han elegido para el cargo. Aplíquese el caso donde se quiera, allí donde una sola persona, incluido su grupo de ministros, se crea que tiene cierta capacidad de decisión, que se crea, dicho en pocas palabras, ser el portador de eso que tan fácilmente denominamos Poder.

Pero volvamos al caso del rey, de esa persona que se cree rey, y de su trastorno psiquiátrico que le hace pensar, en una alucinación con pretensiones de realidad, que es un rey de verdad. El contraplano de semejante dislate solamente puede obtenerse de retratar a una ciudadanía con otra enfermedad equivalente, la que correspondería a un pueblo cuyos integrantes se creen súbditos del rey. La RAE define súbdito como "sujeto a la autoridad de un superior con obligación de obedecerle". ¿Qué manda el rey? ¿Qué obedecemos nosotros? ¿Dónde está la autoridad superior? Mientras nos pensamos las respuestas nos queda espacio para pensar que el delirio nos pertenece a todos, al rey por creerse rey y a nosotros por creernos súbditos. Y es una enajenación mental que ya veremos si es transitoria. Diríase que si todos estamos locos, lo cuerdo no existe, en tanto que no puede contrastarse con nada.

En este juego cuasi-esquizofrénico en el que nos movemos, la alternativa con la que sueña la ciudadanía se llama República. Como si fuera el punto de fuga de esa ficción en la que nos creemos el papel de súbditos, soñamos con una República en la que nos creeremos, quizás, el papel de hombres y mujeres libres. El despropósito no puede ser mayor: Monarquía o República es el debate. Debátase usted entre estas dos únicas opciones de modelo de Estado, excluyentes entre sí y que, juntas en el binomio que se pone sobre la mesa, excluye del debate y del análisis cualquier otra forma de organización política que no sea ni la una ni la otra. Así que estos días cualquiera tiene una opinión formada sobre una y otra. Y cuídese mucho de intervenir en los conatos de diálogos que hay en la calle y en las redes sociales a este respecto desde un posicionamiento que no sea el estrictamente mediático.

Cuidarse, por ejemplo, de lanzar la pregunta de si se puede ser súbdito de la República, en tanto que el Estado no deja de ser el mismo. Y ya no digamos si uno se pone a extrapolar el ejemplo de Žižek al modelo de Estado, es decir, poner en duda que la Monarquía sea tal y que la República sea cual y que, tanto monta, monta tanto, una ficción con reyes que se creen reyes de verdad que una ficción con presidentes republicanos que se creen presidentes de verdad. Si uno se osara a decir cosas así en una verdulería, por ejemplo, o en Twitter, por poner otro ejemplo, el loco no sería el súbdito que se cree súbdito sometido felizmente a un rey ni el ciudadano libre que se cree ciudadano libre sometido felizmente a una República...; el loco sería quien se meara fuera del tiesto mediático del debate diseñado para el entretenimiento, Monarquía versus República. De nuevo, el Espectáculo no quiere ingratos que cuestionen el modelo de verborrear solamente desde esas dos posiciones que nos venden como contrapuestas.

En este punto quiero escribir, a modo de desquite, que uno es de su Señor. Uno solamente puede pertenecer a sus Amos y Señores. Solamente en la medida que servimos a nuestros Amos y Señores, dándoles nuestro trabajo, nuestra vida y nuestro dinero, somos sus súbditos. Aquí no hay ficciones: somos súbditos de nuestros Amos y Señores desde que nacemos hasta que morimos. Un repaso histórico nos detallaría una característica que hemos compartido los súbditos de todas las épocas, que no es otra que no haber conocido el rostro de nuestros Amos y Señores. Otra cosa es que nosotros, los locos que creemos vivir en una Democracia, nos hayamos creído que la cosa de elegir a esos locos que se terminan creyendo que son nuestros gobernantes de verdad nos ha llevado a pensar, a hacernos creer, quizás por primera vez en la historia de la humanidad, que nosotros sí conocemos a nuestros Amos y Señores. ¡Qué peligrosa resulta la mezcla en un mismo sujeto de la demencia y de la ignorancia! Cualquier cosa podría pasar..., al fin y al cabo vivimos en una ficción como personajes de ficción, una ficción de esas en las que puede pasar cualquier cosa.

Entonces hay que plantear la siguiente pregunta: ¿algún personaje de ficción ha sabido alguna vez quién ha escrito el guión de sus vidas? No. Todo Poder es opaco. Y querer descubrirlo te metamorfosea en cualquier personaje de Kafka, que se da de bruces contra lo que realmente es el Poder Real. Y el Poder Real es irrepresentable (1. adj. Dicho de una obra dramática. Que no es apta para la representación escénica) e inaprensible (2. adj. Imposible de comprender), casi como la muerte, y nos somete a todos, locos monárquicos y locos republicanos (entre los que me incluyo), incluidos reyes y presidentes, súbditos todos, de verdad, como sujetos sometidos a esa Autoridad Superior con obligación de Obediencia. Ni siquiera el Poder Real está en las multinacionales del entretenimiento, de la alimentación, de la moda y de la cosmética, de los medicamentos, etcétera, pretextos que no tienen por menos de ser la fuga de una intelectualidad antisistema de un antisistema que se cree un antisistema de verdad, por muy bien que suene escribir eso de que los objetos que fabricamos nosotros mismos en las fábricas los consumimos después en la calle, a cambio de un salario que nos perpetua en el círculo de la violencia autoinflingida. Palabras, solamente palabras.

Y discurso, solamente discurso. El Hombre solamente ha estado sometido a un Poder Figurativo durante el Paleolítico; con el cambio al Neolítico, todo se abstrae, empezando por el propio Hombre, que deja de ser una figura en la Naturaleza para convertirse en una mancha de la Razón. El Poder Abstracto. Desde entonces hasta nuestros días, la abstracción ya ha devenido en obesa mórbida, y nuestros cuerpos también abstractos se han habituado a este contexto Diógenes en el que tenemos la ilusión de ser poseedores de toda la mierda que hemos ido guardando, generación tras generación, desposeídos ya de la memoria, cuando en realidad somos nosotros los poseídos por tan ingente cantidad de basura. Doce mil años después, ya no sabemos quiénes somos: ¡cómo para no aliviarnos la ficción de autoetiquetarnos como monárquicos o republicanos! Pero la cosa es que no hay reyes ni repúblicas, ni súbditos ni hombres y mujeres libres. Solamente hay ficción y de ahí una hipótesis de la locura, pero escrita en lenguaje también abstracto para terminar escribiendo que el loco que se cree Napoleón en el manicomio está más cuerdo que nosotros. 


BONUS TRACK

jueves, 29 de agosto de 2013

El paisaje después del espectáculo

Los telespectadores de casi todo el mundo tenemos los ojos puestos en Siria, cuyo relato se encuentra en un "impasse" narrativo. Y como sucede con cualquier show que ha entrado en su punto muerto, en el que parece no haber posibles salidas para su desarrollo, los espectadores nos hacemos preguntas. ¿Tienen o no tienen que intervenir los nuestros? ¿Debemos dejar que un conflicto interno continúe su propio curso? ¿De qué forma habría de intervenirse? En definitiva..., ¿qué hacer? Son el tipo de preguntas que todo espectador se hace cuando ha aprovechado el parón narrativo del relato para echar la meada de turno. ¿Qué hacer? ¿Qué alternativa nos dejan a nosotros, los solidarios occidentales? No podemos dejar que un pueblo se masacre a sí mismo. Cara de circunstancias. Etcétera. Sacudida de polla y al salón...

Cuando nos volvemos a sentar, estamos a lo que estamos, porque somos, sobre todo, espectadores obedientes que miramos (que comemos) lo que nos ponen en nuestras pantallas (en nuestros platos), y ahora toca estar en Siria. Y ahí estamos. Las multinacionales de la comunicación llevan dos años contándonos la triste historia de un país donde la llamada primavera árabe se quedó atascada. Desde entonces, los grupos rebeldes tratan de derrocar a Bashar al-Assad para asumir el poder, y el jefe de Estado sirio se resiste a correr la misma suerte que otros colegas suyos, como el expresidente egipcio Mubarak, por ejemplo. Resultado: metástasis social que ha derivado en una cruenta guerra civil. Cada día, las multinacionales de la comunicación (cadenas de televisión, agencias de noticias, etcétera), sin apenas excepciones, nos han querido retransmitir esta guerra civil. Nos han contado historias de ataques, de unos y otros, de masacres, de unos y otros, y nos han puesto sobre la mesa (sobre nuestros ojos) multitud de imágenes del horror, niños muertos, sangre, el caos, y otros elementos formales con el que nosotros, tranquilamente sentados desde nuestros sofás, hemos construido el relato que, efectivamente, les ha convenido a las multinacionales que nos entretienen delante de nuestras máquinas expendedoras de imágenes. Ni siquiera en una de las publicidades de las largas, cuando incluso nos da tiempo a una buena cagada, nos vamos a plantear, tranquilamente sentados en nuestros asientos de reflexión, las siguientes preguntas: ¿por qué llevamos dos años asistiendo a este conflicto?, ¿por qué nos muestran las imágenes de Siria, al tiempo que se mantiene, en fuera de campo, multitud de conflictos, grandes o pequeños, donde también muere gente? Nos limpiamos el culo, le damos a la bomba, la mierda desaparece y al salón... Y volvemos a Siria, porque es donde nos toca estar como espectadores obedientes.

¡Como para pensar en el paisaje que dejaron otros espectáculos...! Donde asoman, al menos, algunos conatos de respuestas. Hace muy poco en Libia, donde la civilización (nosotros) tuvimos el deber de domesticar a la barbarie (ellos), donde teníamos que llevar la democracia (nuestra ficción preferida y nuestro pretexto que vale lo mismo para un roto que para un descosido) a los pobres súbditos del tirano Gadafi (¿ya no nos acordamos de este relato con el que nos mordimos las uñas?), donde se facilitó que los rebeldes mataran al monstruo egocéntrico (¿ya no nos acordamos de cuándo exclamamos "guau" al ver las imágenes del, primero moribundo, y después cadáver de Gadafi?), y donde, una vez que nuestras cámaras (y nuestras armas) dejaron de estar, ya nada más se supo. ¿Por qué no nos cuentan que Libia es ahora un país asolado, donde varios grupúsculos intentan acceder a un poder imaginario, que realmente siguen gestionando las grandes multinacionales del sector energético, las española Repsol, entre otras? O hace un poco más de tiempo en Irak, donde se fue a por las armas de destrucción masiva y se vino con el ahorcamiento en directo de Sadam Hussein, y donde el vacío de poder posterior, diseñado en despachos de mandamases a miles de kilómetros, ha generado miles y miles de víctimas civiles en incesantes ataques terroristas. O en Afganistán. O en Somalia. Etcétera. ¿Por qué no nos hacemos esta pregunta, sencilla y directa, que es... qué objetivos se han cumplido de los que se marcaron nuestros dirigentes (de los que nos dijeron que se marcaron) en las intervenciones militares de todos estos países? Es una pregunta de almohada, facilona, una de esas ocurrencias tontas que uno tiene cuando se está durmiendo, pero no... Nos dormimos. Y cuando despertamos, volvemos a Siria.

Nuestras máquinas expendedoras de imágenes no nos han mostrado el paisaje después del espectáculo (solamente los atentados que tienen lugar en estos países son la excepción, donde el espectáculo colea en forma de imágenes impactantes de cuerpos troceados, algo que siempre vende, aunque sea en forma de pequeñas píldoras informativas) en ninguno de los países donde Occidente ha intervenido. Y justamente ahí tenemos una respuesta, sobre lo que será Siria dentro de un tiempo, no más que un país inexistente donde el paisaje después del espectáculo no será ya una historia comercial. Entonces, como ocurre hoy con Libia, decir Siria provocará el eco que tienen las palabras en los lugares vacíos. El espectáculo estará en otro lugar, y allí estaremos todos. Habremos ido en masa, guiados por nuestros pastores, a los grandes pastos donde rumiar los espectáculos más sabrosos.

Pero todavía queda show en Siria... Seguimos expectantes en este "impasse" narrativo. Sabemos, porque las historias que nos cuentan responden a una idéntica estructura dramática, que el uso de armas químicas es un buen detonante que nos va a traer trepidantes escenas de acción, protagonizadas por los nuestros. Hay murmullos en la sala. Y muchos nervios. Nuestros gobernantes están reunidos. La intervención puede ser inminente... La cosa promete. ¿Qué hacer? Rápido, quizás todavía nos de tiempo de salir a comprarnos unas palomitas...

[Fotografía vista en el muro de Facebook de Artefakte]

domingo, 12 de mayo de 2013

Nosotros, los hombres ignífugos

Una pregunta recurrente en estos tiempos de crisis es por qué no hay una respuesta social contundente contra el orden establecido, una revuelta popular que subvierta esta estructura diabólica que nos tiene sometidos. Quienes nos hacemos esta pregunta sabemos que la amargura es la siguiente estación, cuando digerimos la carga de castración que llevamos a nuestras espaldas, al comprobar que uno mismo no tiene ni la fuerza ni la inventiva necesarias para, cuando menos, dar un golpe de rabia en la mesa y gritar “se acabó”. Quienes nos hacemos esta pregunta, además, sabemos que la respuesta es que no habrá acción común alguna que reviente esta maquinaria funesta que nosotros mismos hemos construido, a no ser que nos inmolemos en la acción destructiva. 

De momento, la frustración que sentimos cuando somos conscientes de que no estamos hechos de material inflamable, es la que nos provoca la indignación, que no es sino este sentimiento individual que volcamos contra nuestros gobernantes, acusándolos, precisamente, de todos los males que también nos aquejan a nosotros. De momento, solamente parece tener capacidad de reinar nuestra ceguera contemporánea, de nosotros los autodenominamos occidentales de países desarrollados, una ceguera que se regula en lo político por democracias más o menos solventes, y en lo económico, por eso que llamamos capitalismo de libre mercado, cuyas industrias nos prefieren “consumidos en la indignación” antes que “entregados al fuego”. Y cuando digo que nos prefiere, vale decir también que nos preferimos a nosotros mismos. 

Con la práctica revolucionaria de la mayoría cortocircuitada (y no hablo aquí de los que sí la llevan a la práctica, que los hay, despojados de esta gangrenante teoría que algunos hemos dejado que se nos costrifique en el cuerpo, de forma irremediablemente crónica), cabe preguntarse cómo hemos llegado hasta esta penosa situación de quietud y conformismo, que nos asola incluso en un contexto hostil casi inédito en los últimos cien años de historia. Podríamos hablar de un coma inducido. Pero, sea lo que sea…, ¿de dónde viene esta parálisis? ¿Porqué hemos elegido la muerte y no la vida? ¿Desde cuando la izquierda se ha dejado morir? 

Una respuesta, solamente una respuesta que late en un corazón donde laten infinidad de otros latidos, pero mejor que una respuesta habría que hablar de una señal, podría estar en la publicidad, que no es más que la cara visible de las industrias multinacionales que venden sus productos en las plataformas comunicativas de todo el mundo. Solemos pensar, porque así nos han enseñado a leer la publicidad, que los anuncios pretenden hacernos comprar tal o cuál producto. Y esto es, cuando menos, dudoso. Si nos fijamos en la publicidad televisiva, solamente se anuncian los productos de unas pocas empresas multinacionales, formadas a su vez por conglomerados interrelacionados y dependientes de la multinacional-matriz, que fabrican casi la totalidad de los productos que el Mercado pone, primero en las pantallas, y después en los escaparates. Mirada la publicidad así, no es cierto que haya libre competencia, porque dicho pronto y mal, todas las multinacionales venden un solo producto, ¿cuál?, nuestro “estilo de vida”. De esta forma, la publicidad no pretende persuadirnos de comprar tal o cual producto, sino que el Sistema en sí quiere mantenernos en la posición de obedientes consumidores. 

Da igual que tengamos un Ford o un Audi; lo importante es que tengamos un coche. La tarta se reparte con beneficios para todas las multinacionales que construyen coches. Y valga el ejemplo de los coches para todos los productos que nos enseñan en la publicidad, conformada ya como una institución privada transnacional que nos enseña a consumir y que nos construye como sujetos consumidores, y, a su vez, como objetos obedientes; o como cuerpos a través de los cuales circulan las mercancías en un sentido, y el dinero en el otro. ¿Hacía falta decir, a estas alturas del cuento, que la publicidad es una maquinaria de guerra ideológica? En vista de lo que está ocurriendo, parece que todavía es necesario realizar estas matizaciones. 

¿Es posible que visualicemos a las multinacionales como el enemigo a batir? ¿Os imagináis una respuesta social contra ese poder absolutista al que nos someten las empresas multinacionales? ¿Os imagináis, por ejemplo, “Rodea H&M” o “Rodea Movistar”, en lugar de “Rodea el Congreso”? Sobre este asunto, recuerdo del 15-M, movimiento que está a punto de celebrar su segundo aniversario, una fotografía que suelo citar: miles de indignados en la Puerta del Sol haciéndose fotos con sus teléfonos inteligentes para ponerlas en circulación por las redes sociales. La principal paradoja era que le pedían al Gobierno que no se sometiera a las directrices del Poder Económico, cuando todos ellos estaban cargados hasta los dientes de ese Poder Económico que le negaban a sus gobernantes: “No nos representan” gritaban. ¿Y quién nos representa?, pregunto yo. ¿Nosotros a nosotros mismos? ¿U Orange, Movistar y Vodafone? ¿O Facebook y Twitter? ¿O Bill Gates y el difunto Steve Jobs? La batalla está más que perdida.

En su momento, los medios de comunicación, especialmente la televisión, donde se publicitan los productos de las multinacionales, nos contaron que fenómenos como el 15-M surgieron gracias a las redes sociales, pero podemos dejar abierta la pregunta subvertida, solamente como ejercicio de contraprogramación televisiva: ¿pudieron surgir quizás a pesar de ellas? En términos globales, ¿no fue el 15-M una máquina publicitaria expendedora de eslóganes? Dos años después, la indignación es ya una mercancía más. Una mercancía que da réditos, quizás no económicos, pero sí sociales, en tanto que la inversión de ese capital de indignación provoca la ilusión de un cambio que es, precisamente, el que nos mantiene paralizados ante nuestras pantallas, a la espera. Solamente hay que mirar los muros de Facebook y de Twitter para que nos demos cuenta de qué forma hay transacciones de indignación, fotografías con mensaje, cargas verbales contra los gobernantes, etcétera, pequeñas mercancías que solamente provocan dos tipos de impulsos, o bien el “me gusta” o bien un pequeño comentario de apoyo.

¡Qué gran confusión! En estos tiempos de crisis todos disparamos al bulto, pero algo que me llama la atención es que muchos se cuidan de atacar la publicidad, y, por ende, de respetar a las multinacionales que la gestionan de forma oligopólica. La cosa de que este Poder Económico esté siendo respetado nos debería poner en alerta de que quizás sea una de las banderas de la reacción contrarrevolucionaria. Y contra ellas habría que cargar en primera instancia. Porque si lo que en realidad está en juego es el “estilo de vida”, lo cierto es que da la sensación de que es algo que muy pocos están dispuestos a ceder. Todo esto explicaría esta indignación que, como todos sabemos, es transitoria; cesará el día que se restablezca el “estilo de vida” que las multinacionales siguen vendiendo, sin ataques ni críticas que la cuestionen, en nuestras máquinas expendedoras de imágenes y palabras, de relatos, en definitiva, en cada momento, sin tregua. 

Para la consecución sistemática de sus objetivos, las multinacionales recurren a la misma forma de vendernos este “estilo de vida”. Se trata ya no de instaurarlo, fin que hace tiempo ya se ha conseguido; se trata, sobre todo, de mantenerlo, de que no decaiga el ánimo de nosotros, los consumidores. En este sentido, no es casualidad que la publicidad televisada haya renunciado hace tiempo al sonido ambiente. Haced el ejercicio de observar una pequeña muestra de, por ejemplo, diez anuncios. Comprobareis que no hay sonido ambiente. Las cosas así, los personajes y los objetos que los protagonizan se desenvuelven en entornos envasados al vacío, en escenarios donde nada se oye y todo se ve. La acción está desprovista de la vida que genera dicha acción. Esta muerte sonora alimenta de forma constante la esquizofrenia propia del sistema capitalista, unidad mínima ideológica que todos portamos. ¿Y por qué no nos rechina el mensaje publicitario? ¿Por qué digerimos como si tal cosa que mientras el contenido te incita a la vida, la forma está denotando la muerte misma? ¿Por qué ya estamos consumiendo nuestra vida como una vida imposible? Seguimos jugando a la seducción sexual inyectada sobre cuerpos castrados; o la transfusión de sangre sobre corazones ya detenidos; o, en resumen, a la incitación constante al cambio de hombres que ya somos ignífugos. 

Las empresas multinacionales nos quieren muertos, pero habría que matizar que muertos en un simulacro de muerte, porque si la vida que vivimos ya es simulacro, lo que termina con ella no tiene por menos que ser también un triste simulacro, una bastarda simulación. Para ello, las multinacionales y sus ejércitos de soldados creativos movilizan toda su artillería en la publicidad con el objeto de borrar los últimos vestigios de naturaleza que todavía resisten en nuestros cuerpos. ¡Quítate las arrugas! (a todos). ¡Ponte pelo! (a los hombres). ¡Quítatelo! (a las mujeres). ¡Renuncia a la vejez! (a todos) ¡Pierde peso! (a las mujeres). ¡Folla de cualquier manera y a cualquier precio! (a todos). Y un largo etcétera. El contenido publicitario es una incesante incitación a abandonar definitivamente la naturaleza, nuestros cuerpos, nuestra vida, nuestra sangre, nuestra muerte, para convertirlo todo en puro simulacro. 

En la interrelación entre forma y contenido está el mensaje de cualquier relato; de esta forma, el mensaje, es decir, la ideología que nos inyecta la publicidad es esquizoide, pero la toleramos, porque nuestros cuerpos ya están habitados por esa esquizofrenia radical que admite comprar vida para darle color a quien ya está muerto. Y desde ahí, desde ese coma inducido, nuestros cuerpos no arderán nunca. 

Volvamos al principio, para terminar. ¿Porqué no hay una respuesta social contundente contra el orden establecido, una revuelta popular que subvierta esta estructura diabólica que nos tiene sometidos? Quizás por que no sepamos quien es el enemigo de verdad. Rescato a George Orwell para que su frase “el enemigo te convencerá con una sonrisa en los labios” sentencie este texto a modo de epitafio, cuando, curiosamente, en la publicidad nunca muere nadie.

miércoles, 23 de enero de 2013

¡Qué bien habla Obama!

Hace unos días Barack Obama tomó posesión de su cargo. Como en la vez anterior, los hubo quienes solamente estuvieron atentos a su discurso verbal, donde el presidente yanqui es una máquina de fabricar frases hechas, aderezadas con los mismos tics de todos los presidentes, incluidos los republicanos, la familia, el patriotismo y la religión, que son, en lo fundamental, los tres pilares de la moral antiguo-testamentista norteamericana. Pero más allá de la retórica, donde Obama es un encantador de serpientes progre-pop, tuvieron lugar las imágenes arrojadas por el acontecimiento, la puesta en escena, digamos, en términos cinematográficos.

La película de la toma de posesión de Obama solamente constata que todo cambia para que todo siga igual. No ha habido mandamás estadounidense que no haya jurado su cargo envuelto de iconografía neoclásica. Simetría burguesa elevada a la enésima libertad de clase media. Barroquismo saturante de símbolos patrios, barras y estrellas, horror vacui al por mayor . Uniformidad de uniformes neoliberales. Rostros pálidos, occidentales depredadores. Barbarie travestida de civilización... Y un largo etcétera.

Fijémonos en el escenario, de abrumadoras porporciones a lo largo, ancho y alto. Importante lo de la altura, el lugar desde el que la élite siempre se dirige a la masa. Aquí no se puede olvidar el sentido etimológico de "aristocracia", que es el poder de los distinguidos, y esa distinción solamente puede operar en el espacio, por alguien que protagoniza la acción desde ahí arriba, tan lejos y tan cerca, rodeado de los suyos, de la élite, una élite que continua siendo blanca...

Luego, el mismo ritual de juramento. La élite se legitima ante sus pueblos con incesantes chutes de rituales, de repeticiones, que dotan de significado a toda acción de gobierno y a toda legitimación de quien está ahí arriba, jurando ante ellos. A estas alturas, los códigos ya son incuestionables para el auditorio, es su puré de cada día; es ideología en estado puro, que entra por el ojo como si no pasara nada, cuando en el escenario está pasando todo.

Es espectáculo. Es telepolítica. Es la vida en directo. La élite siempre ha cautivado a los súbditos que la perpetuan en el Poder mediante el uso propagandístico de las imágenes. Por eso los medios de comunicación nos hablan siempre del contenido, espacio muerto donde no se significa nada.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Boys against girls versus girls against boys

Una vez le escuché decir a Paolo Basile, consejero delegado de Mediaset España, es decir, jefe de Tele 5, que las cadenas privadas eran esos lugares en los que las empresas multinacionales anunciaban sus productos en sus pantallas y que, a cambio del dinero que recibían de los anunciantes, las cadenas podían salpicar la parrilla con contenido propio. Sí, algo así dijo Basile en un ejercicio de sinceridad que siempre es de agradecer. Las cadenas privadas como máquinas expendedoras de propaganda de productos, es decir, de estilo de vida, de ideología, etcétera. Esta fórmula deja los contenidos propios en un segundo plano desde el punto de vista de la comunicación global, algo que se debe extrapolar a la audiencia; las cadenas privadas, de esta forma, tienen la obligación de mantener sentada a la audiencia con el objetivo de que sean sometidos el mayor tiempo posible a los anuncios de las multinacionales.

La mayor dificultad de las multinacionales a la hora de anunciar sus productos es acertar con su público objetivo. Porque diferentes tipos de público consumen diferentes tipos de productos; así que las grandes empresas globales tienen que poner a trabajar a sus departamentos de marketing de cada país o territorios para saber dónde es más efectivo su mensaje, y dónde va destinado a esas personas cuyas características les harían perder el culo  por hacerse con sus productos. Target es el nombre ofical; masculino, femenino; por franjas de edad; por poder adquisitivo; por residencia en poblaciones pequeñas, medianas y grandes; etcétera. En publicidad nada escapa a ningún detalle; la minuciosidad es tal que, en la época de vacas gordas, se creó un target denominado 3.2; cuya traducción sería un público objetico de jóvenes treintañeros con un poder adquisitivo de más de 2.000 euros al mes; es el mejor, por su edad, por sus ganas de consumir y por su solvencia.

Conforme más temática en sus contenidos sea una cadena, mejor pueden apuntar las multinacionales con su público objetivo. Por ejemplo, el atajo es máximo cuando la cadena está diseñada para responder a las demandas de consumo del público infantil. No hay menor distancia entre una multinacional y su público que cuando el público en infantil; primero, porque el consumo de los niños es obvio por dónde apunta, y segundo, porque en edades tempranas se confunde realidad y ficción, de la misma forma que puede confundirse programación propia y propaganda multinacional.

Mi hijo, a punto de cumplir los 6 años, es un consumidor asiduo de Boing, otra de las cadenas del imperio Mediaset. Ayer, en uno de esos descansos de la programación propia de la cadena, estuvimos viendo juntos la propaganda multinacional. El peque está elaborando la lista de mes de diciembre, y la ecuación de Boing es juguetes, juguetes y más juguetes igual a niño le dice a papi "quiero esto, esto y esto".  

Hubo un momento en el que mi hijo, con tono desagradable, dijo ¡qué asco!, ese juguete es de niña. ¿Hay juguetes de niños y hay juguetes de niña?, le pregunté. Sí, me respondió sin dudar. ¿Y qué juguetes son de niño y qué juguetes son de niña? La respuesta: en los juguetes de niños salen niños jugando y en los juguetes de niñas salen niñas jugando. Bien. Es fácil de entender. Así es, en los anuncios de juguetes infantiles, la separación que se establece entre niños y niñas, a partir de los objetos que manipulan, es obvia. Además, es constante, y, en efecto, no es una acción gratuita. Las multinacionales enseñan a los niños a ser niños y enseñan a las niñas a ser niñas; y más, la televisión se convierte en una escuela (la verdaderamente efectiva) en la que se enseña a los niños y niñas a convertirse en los hombres y mujeres de provecho, de provecho para el interés de las multinacionales y para satisfacer las necesidades de su oferta.

Niños versus niñas. Actividad versus pasividad. Acción versus sentimiento. Azul versus rosa. Música nerviosa versus balada estúpida. Muñecos versus muñeca. Etcétera. Nos detenemos, a modo de ejemplo, en la pareja de contarios muñeco versus muñeca.




La bestia y las bellas

Los muñecos de niños suelen ser monstruosos, pero en el buen sentido de la palabra. Son bestias de una potencia extraordinaria; muchas veces dotadas de superpoderes que lo convierten en invencibles. Los muñecos de niños operan como auténticos avatares de los niños. Y otra cosa, los muñecos de los niños necesitan otros muñecos de niños..., para competir. Diríase que se sublima el valor de la individualidad que tiene que enfrentarse, competir, medir sus fuerzas, con otra individualidad. 

Las muñecas de niñas suelen ser monstruosas, pero en el mal sentido de la palabra. Son bellas muchas veces de un aspecto famélico; con unos atributos que potencian la estética de la superficie. las muñecas de niñas operan como auténticos avatares de las niñas. Y otra cosa, las muñecas de las niñas necesitan otras muñecas de niñas..., para competir. pero diríase que se sublima el valor de una individualidad atormentada que necesita compararse con las demás muñecas, con otras bellas famélicas, en competición por una belleza sin sustancia.

Por supuesto, una de las prioridades de mi hijo para las navidades es el muñeco de la izquierda, un monstruo de la serie animada Monsuno. Teniéndolo, mi hijo se confirmará a sí mismo que es un niño-niño, que aprende a ser un hombre-hombre, en cualquier caso, en una posición diametralmente opuesta al que, desgraciadamente, ocupan las niñas, preocupadas en cosas tontas, tal y como me dijo hace unos días.

La hegemonia masculina y masculinizante. Es lo que hay. Hombre sujeto y mujer objeto. Yo le digo, le hago ver, le doy la vuelta a su discurso, pero... me temo lo peor. La maquinaria expendedora de ideología capitalista es imparable. ¿Sería mejor prohibirle el consumo televisivo? Quién sabe. Bonus track.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Israel eres tú

Hace dos semanas fotografié una imagen que vi en un magazine de fin de semana. Me pareció que contenía dentro un relato duro, y casi diríase que gratuito, por los dos personajes que lo protagonizaban y por la acción simulada [acción, entonces, reconvertida en un acto de comunicación] que tiene lugar. De primeras pensé que sería una buena imagen para poner en Facebook, precedida de alguna entradilla macarra, de las que me gusta poner de vez en cuando; pero se fue quedando atrás, en el olvido, sepultada por las nuevas imágenes que fueron entrando en el móvil. Hasta hoy, que la recupero, y que uso para poner fin a esta reflexión que aquí empieza. La fotografía retrata una escena callejera en una ciudad de Siria, país donde se está jugando una de las guerras mediáticas del momento.

Comenzamos. Se nos olvida, no sabemos o no queremos saber, que Hollywood lo fundaron cuatro magnates judíos. Solamente el nombre [holy=sagrado] nos remite a la religiosidad de un lugar que fue, ha sido y será [de momento] la máquina expendora de las historias cinematográficas que más consumimos. Todavía hoy, la industria cinematográfica yanqui está movida por unos hilos cuyas manos continúan siendo los lobbies judíos de toda la vida. ¿Hace falta recordar que la palabra Israel significa, literalmente, "el que lucha por Dios"? Se nos olvida, no sabemos o no queremos saber, que Hollywood e Israel son dos cachos de esa tierra que los judíos consideran prometida en los textos sagrados...

Es obvio que el paralelismo yanqui-judío no termina aquí. Ambos países han hecho de la ocupación su forma de estar en un territorio; y su forma de ser, la invasión y el colonialismo más brutal, impidiendo a los habitantes originarios ser y estar. Ambos son países exterminadores, en tanto que su nacionalidad es completamente excluyente, y la defensa de semejante nacionalidad, que ha logrado mantenerse refugiada en la idea de Estado, ha sido siempre la que han dictado los tanques. Los Estados Unidos mantienen a los indios acorralados en sus reservas; mientras que Israel mantiene asfixiados en dos cachos de tierra a los palestinos. Hay una diferencia: los indios ya han sido vencidos y sometidos por la civilización blanca, mientras que los palestinos resisten a la presión judía y al ninguneo mundial.

Volvemos a Hollywood. Se nos olvida, no sabemos o no queremos saber, qué tipo de historias nos cuentan los primeros western fabricados en aquellos primeros decorados de la pujante industria cinematográfica de principios y mediados de siglo XX: rostros pálidos a la conquista de una tierra también prometida. Objeto-tierra que solamente estaba en poder del rostro pálido una vez que había aniquilado o anulado la voluntad de los propietarios legítimos del objeto-tierra. Con personajes antagónicos: rostro pálido duro versus indio salvaje. El relato civilización versus barbarie en las pantallas oscuras, desde bien pronto, en un discurso cuya repetición legitima la ocupación y lo que haga falta. En los Estados Unidos, país joven, sus primeras generaciones se contaron su historia a sí mismos de esta manera que después se espectacularizó a través de estos western. Al tiempo que había un relato que legitimaba un pasado, aquellos western también contenían un futuro; porque anticiparon de alguna manera, gracias a la autoría de la etnia de sus autores y de sus productores, lo que estaba por venir en Palestina. 

Y se nos olvida, no sabemos o no queremos saber que hemos estado sometidos sin descanso a este mensaje, lo cual nos ha construido como espectadores ideales de toda esta ideología yanqui-israelí. Aunque tengamos contradicciones, como colectivo, estaremos siempre del lado de los rostros pálidos, no porque simpatizamos con ellos o porque sean de los nuestros, sino porque nosotros ya somos esos rostros pálidos.

El ejemplo del western es solamente una muestra de cómo las industrias culturales yanqui-israelís han sido, son y seguirán siendo hegemómicas en el panorama global, porque han logrado controlar siempre el mensaje. Siempre han controlado la producción y la distribución de su ideología-mercancía, expandida al por mayor por el resto del mundo. Y quien domina la industria de la cultura, es decir, las del ocio y del entretenimiento, domina la mentes, porque es quien termina imponiendo un estilo de vida a través de las historias que cuenta, en aquellos lugares del mundo donde ha podido exponerlas sin filtro ni resistencia. El cine, los medios de comunicación y las agencias norteamericanas han bombardeado sistemáticamente el mundo con ideas y símbolos yanqui-israelís, y, de esta forma, las terminan colonizando [léase Seis compañías judías poseen el 96% de los Medios del Mundo]. ¡Decir esto a estas alturas...! ¿Se nos olvida, no sabemos o no queremos saber?

También sabemos que aquellos países que no se han dejado violar culturalmente han sido bombardeados con bombas y, directamente, invadidos militarmente. Estas son las reglas del juego; practicadas en todo el mundo por Estados Unidos, y, en su entorno, por Israel. Es el postwestern.

Todo esto explica, parcialmente, la pasividad europea con respecto a las múltiples agresiones de Israel sobre un pueblo como el palestino. Los europeos ya somos post-yanqui-israelís, lo cual habla de cómo una mayoría europea asume con normalidad la violación sistemática del Derecho Internacional y de los Derechos Humanos que el ejército israelí comete sobre suelo palestino y sobre ciudadanos palestinos, respectivamente...

Porque Israel y Estados Unidos eres tú, soy yo, somos nosotros, los rostros pálidos, los terroristas forajidos, la resistencia solamente puede ser terrorista-cultural, contra esos símbolos [buen rollistas] con los que nos siguen bombardeando, una y otra vez, una y otra vez, a pesar de que ya hayamos sido vencidos hace tiempo. Con esa hipotética victoria cultural sobre la maquinaria funesta yanqui-israelí [victoria imposible a día de hoy] comenzaríamos a asumir como barbarie lo que desde hace más de un siglo se nos viene narrando como civilización.

Así que no más cuentos: pim-pam-pum.  



jueves, 21 de enero de 2010

Anticipando escenas gore en Haití

Hablemos ahora sobre las posibilidades que abre una información escrita en el diario "Público" de hoy. Transcritos literalmente, el ladillo y el cuerpo de la noticia, dicen así:

Amputar con un serrucho
"Nos hemos visto obligados a comprar un serrucho en un supermercado para seguir amputando. Es una carrera contra el tiempo", señaló Loris de Filippi, coordinador de MSF (Médicos Sin Fronteras) en un hospital de Cité Soleil.

Primera reflexión: sobre los límites. Cuantas más limitaciones y obstáculos tienen los personajes de las historias que nos escriben nuestros periodistas, menos límites (de estilo, morales, deontológicos, etcétera) se ponen ellos mismos a la hora de hacer su trabajo.

Segunda reflexión: sobre la epidemia de la miopía amarilla. Al paso que vamos los occidentales nos quedaremos ciegos. El sensacionalismo galopante que nos afecta nos ha acostumbrado a mirarlo todo cada vez desde más cerca. Las cámaras y las plumas se acercan al detalle, y las imágenes y las palabras nos ofrecen un panorama siempre pequeño pero claro, cada vez con más sangre y vísceras; cada vez necesitaremos lentes de mayores aumentos.

Tercera reflexión: sobre las justas medidas. Toda exageración provocada para obtener un impacto rápido y eficaz de la recepción contiene partes donde se retrata lo que esconde dicha exageración. En este caso, es posible que la sierra nos haya despistado de ese supermercado donde se hace cola y se paga con dinero. Porque hasta ahora las informaciones que llegan desde Haití nos hablan de "destrucción total", "caos", "pillaje", incluso "Haití ya no existe" se pudo leer también en un titular de "El País". Gracias a esta noticia extraída de "Público" que anticipa un escena gore en un quirófano de Puerto Príncipe, un lector atento ha podido constatar que todavía queda algún edificio en pie.

Cuarta reflexión: sobre las elipsis que deja la información. A los amantes del gore les habrá parecido demasiado "light" la escena de un médico (que no se ha quitado en una semana su traje verde de cirujano) haciendo cola en la caja del supermercado con un quit de sierras debajo del brazo y la habrá continuado mentalmente hasta llegar a la sala de operaciones. Un paciente espera tumbado, con la pierna de muy mal color. Ve entrar al médico con siete sierras. Las deja ordenadas de mayor a menor en el suelo. El paciente, y el amante del cine gore también, saben que cuando un médico tiene que comprar sierras en un supermercado es que de ninguna manera puede haber anestésicos en el quirófano. Así que la escena puede y debe seguir por ahí, porque el cine gore tiene unos códigos que no pueden violarse... 

Quinta reflexión: sobre las imprecisiones intencionadas. En todas las partes del mundo se amputa con sierra o serrucho. Así que el periodista que ha redactado la información en "Público" debería haber especificado si el serrucho era de carpintero, de fontanero, de forjador de metales, o de lo que fuera. Las diferencias pueden surgir en el grado de tecnología (manual o eléctrica) y en el tamaño del hueso que haya que seccionar.

Sexta reflexión: sobre la inviolabilidad de la propiedad privada aplicada a este caso. ¿Qué hubiera ocurrido si el médico sin fronteras se hubiera visto obligado a saquear las sierras de un supermercado? ¿Le hubieran aporreado las fuerzas de la ONU, la policía haitiana y los soldados de los Estados Unidos como han hecho con los que se han visto obligados a saquear las tiendas para comer?

Conclusión: los americanos embarcan en Haití con ánimo de acabar con estas situaciones embarazosas. Los comerciales de Black & Decker visitarán los hospitales haitianos con ánimo de vender las mejores sierras de bricolaje a los cirujanos sin fronteras. Otros mercenarios norteamericanos harán otros trabajos.

Última hora: Francia critica a Estados Unidos por monopolizar la ayuda en Haití. Porque los mercenarios gabachos también tienen su pequeño corazoncito. La multinacional gala Leroy Merlín llora por no poder ayudar a los pobres heridos haitianos susceptibles de ser amputados.

miércoles, 20 de enero de 2010

Obama, un año, un Nobel: the show must go on

Cuando hace un año Barack Obama tomó posesión de su cargo los hubo quienes solamente estuvieron atentos a su discurso verbal, en lo que sería el plano del contenido (donde había mucho cambio, pero con un optimismo muy rebajado ya con respecto a la campaña, y también con parecidas reflexiones "republicanas" con respecto a la familia, al patriotismo y a la religión, los tres pilares de la moral norteamericana) y los hubo quienes estuvieron más atentos a las imágenes arrojadas por el acontecimiento.

Desde esta segunda lectura, la formal, todo fue igual que las anteriores tomas de posesión de otros presidentes estadounidenses, exceptuando que esta vez entre el público había mayor cantidad de población de raza negra.

Otras cosas: lo mismo... La misma iconografía neoclásica; el mismo escenario, de abrumadoras proporciones, y bastante elevado sobre el auditorio; los mismos o muy similares rituales de juramento; y ya no digamos la proliferación de banderas, las mismas o quizás más número colocadas estratégicamente para obtener buenas composiciones en los planos de la retransmisión del acontecimiento; y sobre el actor protagonista... familia en mano y rodeado del "White Power"; una puesta en escena milimetrada para el espectáculo televisado.

Me pregunto si un año es suficiente para los apologetas del sistema democrático que andan sueltos por el mundo para que se hayan dado cuenta de que ni siquiera Obama, el líder "político" de la primera potencia mundial es capaz de hacer las reformas "políticas" propuestas en su programa electoral. La democracia es, precisamente, el paradigma "político" del Imperio, el arma arrojadiza con la que todo tiene que ser medido; es la referencia, el modelo "político", la teoría y la práctica. Pero... ¿qué piensan ahora de la democracia y del poder de decisión del pueblo norteamericano (ese gran damnificado de su propio Imperio) cuando asisten a las dificultades de Obama para reformar el sistema sanitario de su país?

¿Podrán llegar a la conclusión de que el Poder está en otro plano que no es el "político" o seguirán en sus trece que sí, que sí, que sí, "yes we can"? La fe en la democracia es tan integrista, tan centrípeta hacia esa historia utópica que llevamos contándonos a nosotros mismos desde la Grecia Antigua..., ese cuento-ficción en el que nosotros los votantes tenemos el poder de las decisiones y de los cambios... que es evidente que no vamos a destruir nuestras convicciones de un plumazo, aunque sean mentira. Sería como negarnos a nostros mismos nuestra civilización, tan hinchada de buena imagen en todos nuestros relatos desde sus cimientos griegos hasta el capitalismo avanzado de hoy...
 
Obama está incapacitado para hacer Política, porque está donde está para ofrecer espectáculo "político". Los que hacen Política apenas salen en los Medios de Comunicación y cuando lo hacen, no salen en calidad de Sujetos de Poder Visibles. Estamos llegando al corazón del Imperio, donde las multinacionales "imponen" un estilo de vida y los prestamistas "ayudan" a los ciudadanos a conseguirlo. Ahí está el Poder; y ahí reside el Imperio. Si Obama hubiera puesto en riesgo esas fuerzas de poder, esa aristocracia invisible hubiera movido los hilos necesarios para que a un "loco" se le disparara el arma justo cuando pasara por allí Obama.

El mensaje en Estados Unidos ha sido claro. Las diversas plataformas privadas sanitarias y todos sus satélites industriales subsidiarios no van a permitir que un señor cualquiera como Obama venga y se ponga a cambiar el modelo de negocio que satisface sus propias necesidades económicas. Ahora, los apologetas del sistema democrático pueden seguir afirmando que la democracia existe y que además funciona con corrección.

Perfecto, cada ciego con su palo. Algunos sabemos que los apologetas democráticos son precisamente los "negros" del Imperio, tan recurrentes en este blog. Para los despistados, los "negros" del Imperio son los fabricantes de la opinión pública. Son los intermediarios del espectáculo, los comerciales que nos venden la moto constantemente sobre los beneficios de consumir fuerza centrípeta. Son nuestros medios de comunicación. ¿Y de dónde sacan la pasta?, de una mano que no se muerde.

Obama, un año, un Nobel: the show must go on

domingo, 17 de enero de 2010

(Psico)American way of live

 

Primera constatación: el Imperio se resquebraja.

Y no por amenazas externas; se está deshaciendo desde dentro, como todos los imperios que ha habido en la Historia. En las películas que nos cuentan empiezan a verse los micrófonos; y los fallos de racord empiezan a ser habituales.


Segunda constatación: el Imperio prefiere la ficción para hacerse propaganda.

Ya no le basta con Hollywood e incluso el FBI hace uso de técnicas de guión para la construcción de personajes. En este caso, para la (re)construcción del personaje antagonista (un tal Osama Bin Laden, de quien solamente conocemos su papel de malo malísimo en los cuentos que nos cuentan los "negros" del Imperio), necesita partir de la foto de otra persona, realmente existente.


Tercera constatación: el Imperio todavía archiva fotos de los comunistas.

Bin Laden superpuesto a Gaspar Llamazares. Un islamista superpuesto a un comunista. Un enemigo presente superpuesto a un enemigo pasado. Un fantasma superpuesto a otro fantasma. ¡Hostias, qué cosas!


Conclusión. Para los "montajistas" del FBI quizás las conspiraciones de toda la vida empiecen a cobrar el sentido que sus enemigos siempre les han negado.

Según esta última ficción, el Islamismo sería así la continuación natural del Izquierdismo (lo que demuestra que el 11-M ha sido ETA, escribe Aznar en el reverso de la puerta de uno de los baños de la sede de la FAES, poco antes de iniciar el empujón definitivo).

viernes, 15 de enero de 2010

Hablemos de Haití, hablemos del Poder

Desconozco si los espectadores occidentales somos conscientes de nuestros gustos cambiantes a la hora de recibir las noticias desde las diferentes partes del mundo. El occidental medio digiere las noticias de origen occidental como si estuviera asistiendo a una película de ficción, mientras que cuando digiere las noticias de origen no occidental prefiere hacerlo como si estuviera viendo un documental. Una variable incontestable de este modelo de consumo de imágenes son las imágenes de muertos que estamos dispuestos a soportar a priori.

Un terremoto ha provocado en Haití miles de muertos y heridos, que va a desembocar en miles de refugiados y damnificados, y en daños materiales de enormes proporciones. Televisiones, periódicos y radios occidentales están fabricando sin cesar miles de relatos que se actualizan día a día, casi minuto a minuto. Son imágenes y palabras donde se apilan los muertos, donde se fotografía en primer plano el horror de los muertos y supervivientes. Sangre, polvo, fracturas de huesos, manos y piernas que asoman de los escombros, una voz de socorro, un llanto de niño, etcétera.

Una primera reflexión debería llevarnos a cuestionar por qué hay unos muertos que son visibles y por qué hay otros que no. Curiosamente coinciden las categorías Muertos Visibles-Muertos No Occidentales y Muertos Invisibles-Muertos Occidentales. Estados Unidos prohibió la circulación de imágenes de las víctimas de los ataques del 11 de septiembre de 2001, por ejemplo. Porque nuestras víctimas tienen dignidad... Y aquí hubo polémicas porque desde la Asociación de Víctimas del 11-M se pidió a los medios de comunicación (desde que se conmemoró el primer aniversario) que tuvieran cuidado con las imágenes que se publicaran, porque primero los muertos y heridos, y después sus familiares y amigos, tienen derechos que deben ser respetados.

Pero... ¿qué ocurre cuando los muertos pertenecen a eso que nosotros los del primero llamamos Tercer Mundo? Que llega el atracón que nos retrata como perfectos espectadores bulímicos. Este espectador construído (porque no ha surgido por generación espontánea) se ha ido moldeando al gusto de unas pocas empresas de la comunicación (del Primer Mundo), pertenecientes a su vez a grandes holdings de poder, que gestionan la mayoría de imágenes y noticias (de todo el mundo). Valgan como ejemplo datos como "que las agencias de prensa de los países ricos manejan 37,5 millones de palabras diarias frente a 0,3 millones de las agencias del (hemisferio) Sur; que el noventa por ciento de los satélites de comunicación pertenecen a los países industrializados; que el noventa por ciento del mercado audiovisual mundial procede de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón..." (Ediciones HOAC en "Industrias de la conciencia y cultura de la satisfacción").

Esta dinámica empresarial globalizadora no sólo construye a un espectador-tipo: también construye una imagen estereotipada de los países pobres y, claro, de nosotros mismos, los países ricos. ¿Cuántas imágenes de ciudadanos norteamericanos arruinados viviendo debajo de los puentes en las grandes ciudades de Estados Unidos hemos visto en Europa? Ninguna o muy pocas. Las noticas propagandísticas del Imperio constatan en cada momento que no se tolera una mala imagen de sí mismo proyectado a sus colonias y, mucho menos, a sus enemigos. Todas las grandes cadenas televisivas de cada colonia tienen un corresponsal en Washington. Cuando nos llegan imágenes, el reportero suele aparecer delante del Capitolio en un bella composición, y casi siempre, las noticias tienen que ver con actuaciones de los personajes que escenifican el poder en el Imperio. Y esto es pura ciencia-ficción o, lo que es lo mismo, una gigantesca estrategia de la distracción y del entretenimiento.

Los documentales (y los muertos) los dejamos para dar cobertura de las desgracias que ocurren en los países pobres, donde las imágenes nos hablan (porque nos han dicho y convencido que ver es comprender) de que todo lo que no ocurre en Occidente está marcado por una excepcionalidad (catástrofes naturales, matanzas y otro tipo de violencias) que para nosotros los espectadores occidentales termina siendo puro entretenimiento, después de haber pasado por fases insufribles de "sensibilización" y "muestras de solidaridad".

Porque también utilizamos estas imágenes del Tercer Mundo para contarnos a nosotros mismos que, a pesar de todo y de considerar que las que no son nuestras víctimas no tienen dignidad, somos buenos y solidarios. ¿A qué sí?

sábado, 2 de enero de 2010

Las historias que nos cuentan los "negros" del Imperio

Causa-efecto-causa-efecto-causa-efecto y bla bla bla es el paradigma sagrado de las acciones que rigen nuestra santa racionalidad occidental. En esta sencilla línea donde se encadenan las causas y los efectos que acaban conformando los relatos que nos contamos a nosotros mismos quedan por definir qué son las causas y qué son los efectos, y quiénes son los que las provocan (las causas) y quiénes los que los reciben (los efectos). Este trabajo, ingrato y sucio como pocos, es cosa de los guionistas del Imperio, hacedores de las historias que consumimos y, sobre todo, de todos los "negros" que el Imperio tiene escribiendo a lo largo de Occidente, que son los medios de comunicación masivos de cada una de sus colonias. 

El titular de una noticia de estos días dice que "Holanda instalará escáneres corporales" (EFE, 30 de enero de 2009). La noticia, narrada por EL PAIS y publicada un día después (trabajo del "negro" de turno) incluye ya desde el titular una causa y un efecto: "El aeropuerto de Amsterdam colocará escáneres corporales tras el atentado frustrado de Al Qaeda". EL PAÍS, "negro" ilustre español, da una lección de manual para despistados: así es como se sirve el puré mediático, con una sola causa y con un solo efecto, es decir, con la unidad mínima de un relato, que es la forma casi exclusiva en que la opinión pública occidental puede asimilar las cucharadas de su adoctrinamiento diario.
 
Las guerras suelen terminarse gracias a certeros golpes de efecto (dos bombas atómicas finiquitaron la Segunda Guerra Mundial) y en este caso un debate puede acabar gracias a los calzoncillos embadurnados de explosivo de un pringado llamado Umar Farouk Abdulmutall. Llega así a su fin (de momento, en Holanda) el debate de si es permisible que en los escáneres de los aeropuertos se instale un tipo de tecnología que pudiera chocar con los derechos de intimidad de los ciudadanos que viajan en avión. Y la cosa es que este debate estaba abierto mucho antes de que el pringado de los calzoncillos supiera que existe una marca terrorista hinchada por los Estados Unidos de Norteamérica llamada Al Qaeda. 

Y como solamente lo espectacular (los golpes de efecto) parece ser capaz de desestabilizar balanzas, ha tenido que venir el pringado de turno, en este caso un pijo nigeriano, para lograr el impulso final: los que estaban ubicados en la temible categoría "no sabe - no contesta" ahora lo tienen claro, su seguridad es lo primero. Seguridad, palabra de clase media, te rogamos óyenos.

Este hecho, junto con todos los torpedos mediáticos que vienen asolando el mundo desde que los Estados Unidos fueron atacados el 11 de Septiembre de 2001, transformado en cuento-sinopsis para las masas queda más o menos así: "Un hombre muy malo llamado Osama Bin Laden instruye e instiga a un ingenuo niño de papá, aburrido y asqueado de su vida pija, para que se suba a un avión con un fin terrorífico: hacer partir en dos un avión en pleno vuelo con destino al Imperio tras la súbita detonación de la carga explosiva de sus calzoncillos". 

¡Hostias, cuidado con los guionistas! Trabajo sucio e ingrato este de contar cuentos. Y el Imperio sabe muy bien (cabe sospechar que quizás sus "negros" no lo sepan tan bien) que quien detenta el poder es quien es capaz de contar historias y, sobre todo, de hacerlas creíbles. Esta capacidad de propaganda no empieza en Hollywood con su incesante bombardeo de ficciones siempre verosímiles: cada Imperio ha sabido contar, haciendo uso de las tecnologías del momento, las historias adecuadas para justificar todo tipo de acciones y violaciones.

Al Qaeda, esa abstracción, esa marca, o lo que sea si es que existe, ha tardado poco en reivindicar la acción del pringado. Así nos lo han contado nuestros "negros" una vez que han comprado la información al Imperio (porque la exclavitud nunca ha sido gratuita) a alguna de sus multinacionales de agencias de noticias. Todos hemos sido avisados a través de sus imágenes y de sus palabras: Al Qaeda o lo que sea si es que existe ha prometido más acciones similares y el pringado, que por lo visto sabe hablar, según las mismas fuentes, ha advertido que hay más pringados que están siendo instruídos en Yemen. Obama, por su parte, con poder de invadir un país pero incapaz de reformar el Sistema Sanitario del suyo propio ha dejado caer que si Yemen sigue dando cobijo a los proveedores de calzoncillos-bomba tendrá que tomar medidas... Causa-efecto-causa-efecto-causa-efecto... y bla bla bla.
 
Mientras todo este ruido tiene lugar, el aeropuerto de Amsterdam se prepara para instalar en sus escáneres una tecnología que no asegura al cien por cien la detección de calzoncillos forrados de explosivos. ¡Qué cosas!