miércoles, 11 de diciembre de 2013

Bella democracia, descansa en paz


Un formulismo manoseado, plástico y artificial (...) ¿Qué escondía tu envoltorio sino la ignorancia, el cinismo y la corrupción? (...) Tú, bella democracia, una bolsa de plástico preparada para transportar el miedo y la impotencia (...) Bella democracia: vieja, puta y enferma, maquillada igual que una jovencita vanidosa y podrida de cosméticos (...) Ya puedes morir tranquila y sola (...) Descansa en paz.

Más: play.

[Atentado audiovisual de TERRORISMO DE AUTOR: canal de Youtube / perfil en Facebook / cuenta de Twitter]

viernes, 6 de diciembre de 2013

Esto no es un obituario de Nelson Mandela


Primero la biología. Nelson Mandela ha muerto. El hombre Nelson Mandela. Un anciano de 95 años. Con mujer, hijos y nietos. Un humano con la biología de cualquier otro humano, vísceras y bilis incluidas. Quizás en su vida tuvo alguna caries, tosió cuando se acatarró y de vez en cuando tuvo episodios aerofágicos, como tú y como yo. Un hombre. Solamente un hombre anciano, cuya muerte confirma la contundencia biológica que nos espera a todos, el cese definitivo de la vida.

Y de la biología a una biografía. Pero Nelson Mandela era más que un hombre. Porque no solamente ha muerto para sus familiares y amigos, sino que ha muerto para el mundo entero. Entonces, su último suspiro pone fin, además de a su biología orgánica, a la biografía de un animal político que luchó incansablemente por los derechos de la población negra de Sudáfrica. Un animal político que sacrificó 27 años de su vida en una cárcel, donde se le encerró por defender justicia e igualdad. Terrorista para unos y héroe para otros, Nelson Mandela salió de su encierro para terminar con el Apartheid y convertirse en el primer presidente negro de Sudáfrica. Luego recibió el premio Nobel de la Paz e incluso sus enemigos acérrimos terminaron por considerarle un héroe, un ejemplo de lucha y un hombre modelo. En definitiva, un hombre para la Historia. Una biografía.

Y del hombre al icono. O de la biografía a la hagiografía. Si las religiones necesitan erigir santos a partir de los cuales impartir sus doctrinas, el poder civil también los necesita y, además, con idéntico fin, para darnos lecciones a partir de las vidas ejemplares y el sacrificio de unos pocos que lucharon por el beneficio de unos muchos. Dos ejemplos, John Fitzgerald Kennedy y John Lennon. Iconos. Santos. Y ahora Nelson Mandela, donde su proceso de beatificación laica comenzó mucho antes de la consumación de su muerte.

Y del sujeto al objeto. O de la iconografía al consumo espectacular de los ídolos. Porque un santo se consume y su beatificación convierte al hombre modelo en una mercancía que circula a través de los creyentes. También Nelson Mandela ha trascendido la cosa propia de ser un icono, o un referente, para convertirse en fetiche de su propia mercancía, puesta en el mercado por el Poder mismo. Nelson Mandela ya es un objeto. No morirá nunca. Vivirá en nuestros corazones. Podremos verlo en los escaparates. Y podremos comprarlo en nuestros centros comerciales. Su ideología, su vida, sus valores, Nelson Mandela.


Y de la revolución peligrosa al enemigo asimilado. O de como cambia el paisaje y como reina la calma una vez que se han desactivado las bombas del terrorista. Con el ejercicio de convertirlo en ídolo de masas, en star-system mediático o en santo de nuestra devoción, el Poder no solamente desactiva a Nelson Mandela como agente subversivo, sino que, sobre todo, nos desactiva a nosotros, los consumidores, en este caso, del ídolo negro. Recordemos a ese otro ídolo de masas, el Che Guevara, otro libertador, comercializado por las multinacionales textiles. Camisetas, chapas y eslóganes circulan entre nosotros, fetiches revolucionarios donde la acción revolucionaria ha quedado denigrada en el mismo acto de comprar una mercancía. Cuando un joven se compra una camiseta con la imagen mítica del Che, sobre el eslogan "hasta la victoria siempre", no compra la victoria de ninguna revolución, sino la muerte del revolucionario que idolatra, y la muerte propia de su ímpetu subversivo. Así es como nos vencen y convencen las fuerzas contrarrevolucionarias.

Y de los escaparates de moda a las pantallas de los medios. Todo el mundo ha sentido la muerte de Nelson Mandela. La conmoción y la tristeza han circulado por las redes sociales. Fotografías del ídolo de masas, sus frases míticas, referencias a África, etcétera, han sido contenedores de "Me gusta" y de comentarios de consternación en Facebook; y de tweet y retweets hasta el trending topic mundial en Tweeter. La inmensa mayoría de los medios de comunicación del mundo, progresistas y conservadores, han titulado a lo grande la noticia de su muerte, medios que, por otra parte, son los catalizadores del racismo emergente en estos tiempos de crisis. Es el Gran Consenso Mundial, que alimenta la ilusión de una Aldea Global, en la consumación orgiástica de un sentimiento colectivo casi sin fisuras. Todos a una. De todos los países (la ilusión de los ciudadanos de un lugar llamado mundo). De todas las clases (la ilusión de las multinacionales). Y de todas las ideologías (la ilusión de los fascistas). Porque los ídolos de masas no conocen de targets específicos: son consumidos por la inmensa mayoría. 

Y del protagonismo de Mandela a la invisibilización de Sudáfrica. Teniendo un héroe que consumir, ya no nos hace falta su objeto de lucha, en este caso Sudáfrica, el país que lideró Nelson Mandela. Es curioso como los medios de comunicación, y es la historia que se cree el target universal que consume al ídolo, trazan la historia meritoria del héroe argumentando medias verdades e incluso falsedades. Ayer "El País" titulaba su muerte como la de un hombre que liberó a Sudáfrica del racismo del Apartheid. Media verdad, porque el Apartheid sí fue superado, pero la consecución de derechos para la población negra sudafricana fue el estadio anterior al racismo, que se mantiene intacto en nuestros días. Durante el Apartheid no había racismo, había esclavitud, y había falta de derechos fundamentales. Un ejemplo similar es la consecución de derechos civiles de la población negra de Estados Unidos, en la década de los 60. Primero hubo esclavitud y explotación, después segregación y sometimiento, y finalmente, en la situación actual, hay racismo y tolerancia, no más que la lógica capitalista ante los casos de igualdad legal. Y de las medias verdades a la mentira absoluta: Mandela no llevó la normalización política y social a Sudáfrica. Por dos razones, primero, porque en Sudáfrica no hay normalización entre las dos comunidades raciales que coexisten, que sí se toleran, cierto, pero con episodios de racismo que circula en ambos sentidos y, segundo, porque la minoría blanca sigue manejando el monopolio económico y financiero del país, en detrimento de la mayoría abrumadora negra. En resumen, que el poder sigue estando del mismo lado. Esta afirmación, no confundirse, no dispara contra Nelson Mandela, al que yo, efectivamente, considero un referente, y cuya lucha revolucionaria considero ejemplar, sino contra el relato infectado de ficción de un héroe, cuya venta trata de neutralizar la lucha que todavía queda pendiente, en este caso de Sudáfrica, una vez que su libertador ha sido asimilado por el poder contra el que luchó.

Y de la sonrisa de Mandela a la vida de los sudafricanos. Los relatos que consumimos de nuestros héroes toleran muy mal la presencia de coprotagonismos. Porque en nuestras ficciones solamente cabe un ídolo. Desde Moisés liderando a los judíos hasta Messi liderando al barcelonismo, la construcción de héroes solamente puede ser digerido por los espectadores o lectores como un trasunto individual, con toda la narrativa puesta al servicio de un solo personaje, en un ejercicio que ningunea al colectivo, al grupo, al pueblo, personas cuya presencia, actividad y acción son igualmente importantes y complementarias a la lucha y mérito del héroe. En este caso, hablo de los sudafricanos y sudafricanas, blancos y negros, pero, sobre todo, negros y negras, que han luchado y siguen luchando por la igualdad real desde el anonimato y en la cotidianidad, fuera de los despachos de los grandes organismos oficiales donde han construido al héroe Nelson Mandela. Hablo del fuera de campo, claro, donde los medios de comunicación no encuadran ni enfocan y donde nosotros ya no queremos ni mirar.

El obituario. Dicho esto, que la tierra le sea leve a Nelson Mandela. Que Nelson Mandela, hombre, revolucionario y luchador, descanse en paz.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El liberalismo mágico


Yo soy el político neoliberal. Me gusta ir a las fiestas del Banco Central. Vuela la cocaína por los despachos del Capital. Vótenme porque mi rumba está buena. (bis). Yo hago lobby, lobby, lobby, lobby... Lo vi robar, lo vi robar, yo lo vi robar (bis). Sarkozy-kozy-kozy. Sarkozy-cosí-cosá. El final de campaña siempre es lo mejor (bis). Barbacoa en la ONU. Caracoles en la UNESCO. Vótenme porque mi rumba está buena. Vótenme, vótenme, vótenme, vótenme (x4). Yo soy el político neoliberal. Me gusta ir a las fiestas del Banco Central. Vótenme, vótenme, vótenme, vótenme (x5).

Play.

["El político Neoliberal", Pony Bravo, 2013. Joya encontrada en Contraindicaciones.]

lunes, 2 de diciembre de 2013

Contra la babosidad multicultural (...) y otros exhibicionismos de la bondad


NOTA: Lo que sigue es el texto íntegro de una entrada reciente que el antropólogo Manuel Delgado ha publicado en su blog "El cor de les aparences", titulada "Contra la babosidad multicultural..."

*****

Me preocupa la importancia que para mí tiene el pensamiento de Nietzsche. En teoría, no me sería propio, puesto que este hombre encarna la expresión más letal de los que Luckàcs llamaba "el asalto a la razón", en cambio, ¡tenía y tiene razón en tantas cosas!

Por ejemplo, todo lo que cuando he podido y donde me han dejado he dicho sobre el multiculturalismo, la importancia de "comprender al otro", las constantes llamadas al virtuosismo que implica la "educación a la ciudadanía"... Detesto profundamente lo que podríamos llamar el rollo "multiculti", esa ideología meliflua, afectada e hipócrita de gente satisfecha de clase media que se cree que puede distribuir lecciones de ética desde su falso compromiso con los "inmigrantes" y las gentes de "otras culturas". Es lo que me permitiría llamar el "manucheismo", esa forma contemporánea de exhibicionismo de la bondad, no muy diferente de la que ostentan los animalistas con su "amor por los animales".

Todo eso me recuerda tanto la denuncia feroz de Nietzsche contra toda teoría de los valores, en la que no hay más que el molde para nuevos conformismo y nuevas sumisiones. Toda la genealogía nietzscheniana es, en ese sentido, geneología de los valores, es decir arqueología de los argumentos que protegen e inmunizan lo dado por supuesto de la crítica. En concreto, esa pieza fundamental de la filosofía “a martillazos” de Nietzsche que es es El Anticristo, se conforma toda ella como un desenmascaramiento de las distintas formas aplicadas del “buen corazón”, esa especie de salivilla repulsiva que se escapa de la comisura de los labios de los exhibicionistas de la bondad, que afirman combatir la miseria ajena pero que hacen lo posible por conservarla y multiplicarla, puesto que al fin y al cabo viven de y por ella. Nada más malsano, nos dirá Nietzsche, que ese culto a la pobreza y al fracaso que hay tras la misericordia cristiana, cuya variante laica actual sería lo que algunos etiquetan con el eufemismo “solidaridad”.

Nietzsche -cita el Anticristo- despreciaba “aquella tolerancia que todo lo ‘perdona’ porque todo lo ‘entiende’” “¡Antes vivir en medio del hielo que en medio de las virtudes modernas y otros vientos del sur!”, dice en la primera páginas del libro. Creo que las cosas no han cambiado demasiado. No me digas que no. Hoy, peores que los racistas son los virtuosos del diálogo entre culturas, de la cooperación entre pueblos, los cultivadores afectados de la “apertura al otro”, todos aquellos que se refugian en ciertas ONGs dedicadas a suplantar a los humillados.

De la actual tolerancia humanitarista Nietzsche podría decir lo mismo que de aquella que le tocó contemplar en su tiempo y denunciar en El Anticristo: que para ella “abolir cualquier situación de miseria iba en contra de su más profunda utilidad, ella ha vivido de situaciones de miseria, ha creado situaciones de miseria con el fin de eternizarse”.

Me da asco. El racismo es hoy, en efecto, ante todo “tolerante”. La explotación, la exclusión, el acoso..., todo eso aparece hoy disimulado bajo melifluas invocaciones a las nuevas palabras mágicas con que calmar la rabia y la pasión –diálogo, diversidad, solidaridad...–, en liturgias en que los nuevos déspotas pueden exhibir su generosidad. Vigencia absoluta, por tanto, del desprecio de Nietzsche hacia esa babosidad cristianoide que ama revolcarse en la resignación y la mentira y que no es más que falso compromiso o compromiso cobarde. Porque ese discurso multicultural que proclama respeto y comprensión no es más que pura catequesis al servicio del Dios de la pobreza, de la desesperación, de la cochambre; demagogia que elogia la diversidad luego de haber desactivado su capacidad cuestionadora, de haberla sustraído de la vida.


domingo, 1 de diciembre de 2013

El discurso de los gobernantes que no hemos derrocado


El discurso de los gobernantes que no hemos derrocado empieza a ser el de la salida de la crisis. 

Nosotros, los gobernados, todavía con la inercia de la indignación de diseño que nos han inoculado a lo largo de estos últimos cinco años, a partir de chutes muy bien dosificados de eslóganes publicitarios (no hay pan para tanto chorizo, etcétera), cuando escuchamos a los gobernantes que no hemos derrocado decir que ya estamos saliendo de la crisis, de primeras, nos indignamos, nos ponemos a la defensiva, mitad incrédulos, mitad hartos, pero, a poco que dejamos evaporarse esa indignación impuesta y queda al descubierto lo que en realidad somos, hombres ignífugos al servicio del Poder, fantaseamos con la llegada del nuevo tiempo, que nos devuelva a nuestra condición original de animales carroñeros. 

Porque lo que nos ha indignado ha sido haber sido durante este tiempo la carne carroñera que otros animales han mordisqueado. Nosotros somos los capitalistas y a nosotros nos corresponde hacer jirones la carne de los demás, como ocurrió antes de la crisis. Porque nosotros somos la clase media y queremos seguir explotando a la clase baja autóctona y extranjera, para seguir conservando nuestro estilo de vida de educación concertada para nuestros hijos y de sanidad privada familiar para cuando sea necesario. Y porque vivimos en un país industrialmente desarrollado y queremos seguir pisoteando las economías del Sur, mediante la actividad vampírica de nuestras multinacionales.

Por eso no hemos derrocado a los gobernantes que ahora nos dicen que ya estamos saliendo de la crisis.

¡Buen provecho, amigos!


sábado, 30 de noviembre de 2013

A.K. (Chris Marker, 1985)

Fotograma de "Ran" (Akira Kurosawa, 1985)

"A.K." es el poso de la mirada de Chris Marker sobre Akira Kurosawa durante el rodaje de "Ran". 

Nada que decir; todo por ver. Play.

martes, 26 de noviembre de 2013

Canciones para antes de una guerra (8) / "Ingràvid" (Balago, 2013)

lunes, 25 de noviembre de 2013

Cinco párrafos largos

[Fotograma de Bakushû, Yasujiro Ozu, 1951]

Uno, la película. "Five" es el nombre del homenaje que el director iraní Abbas Kiarostami hizo en 2003 al cineasta japonés Yasujiro Ozu. El subtítulo de la película es "Five Long Takes dedicated to Ozu" [Trad: "Cinco tomas largas dedicadas a Yasujiro Ozu"], que indica, en toda su sencillez y grandeza, la naturaleza de su apuesta formal, donde Kiarostami contempla el mundo a través de una cámara de vídeo, solo (sin équipo de rodaje), en cinco miradas convertidas en cinco planos-secuencia.

Dos, la contemplación. Kiarostami homenajea a Ozu regalándonos el ejercicio de la contemplación, esa forma oriental de ser y de estar, y, necesariamente, de mirar. Mirar sin esperar nada. Mirar sin más. Y escuchar, claro, pero sin esperar nada tampoco. De esta forma, "Five" es un colirio para nuestra sucia mirada occidental, atiborrada de significados y expectativas, que se amontonan en todos los planos, en un universo fílmico gobernado por la velocidad, con planos cada vez más cortos, para imprimir más y más celeridad. Eso, "Five" es un frenazo en seco, un colirio que limpia nuestra mirada, un regalo. "Five".

Tres, el cine como lenguaje universal. Incluso las personas que aparecen en "Five" son tratadas como un elemento formal más, con un peso similar a las otras presencias (no humanas) que salen en el film. Otra hostia bien dada en las carrilleras occidentales, en cuyas butacas es imposible degustar nada donde la figura humana no sea omnipresente. Y sin hombres ni mujeres no puede haber diálogos. Las imágenes y los sonidos conforman el tejido de una lengua universal, el cine, que sabemos todos, que nos comunica a cada uno de los espectadores, estemos donde estemos, y seamos de donde seamos, solamente eso, el cine como lenguaje universal. "Five".

Cuatro, el viaje hacia la abstracción. Las cinco tomas largas de "Five" construyen un relato que transita del día a la noche. Pero hay más relatos en este poema audiovisual de Kiarostami: de la figuración a la abstracción; de lo que se ve a lo que es escucha; de lo que se piensa a lo que se siente; de la mirada que quizás busque la luz, a pesar de la contemplación, a la mirada rendida a la oscuridad, entregada a una nada que se escucha. "Five".

Cinco, la experiencia del tiempo. Juntos, todos los relatos que caben en "Five", logran una magia que hoy en día es muy difícil de experimentar, que el tiempo de todo el relato sea casi idéntico al tiempo de la experiencia del espectador. Si hay un tema en "Five" es el paso del tiempo, un transcurrir solidario del tiempo entre el que pone la cámara donde la pone, Kiarostami, y los que vemos las imágenes, nosotros mismos. La tecnología al servicio de una experiencia existencial compartida. De ahí la magia. "Five".

Bonus track: la narrativa de un palo. Para los niños más perezosos, o para aquellos que sean proclives al aburrimiento cuando les sacan de sus guarderías, recomiendo los diez primeros minutos, donde un plano secuencia del devenir de un palo en la orilla del mar termina en tragedia. La suerte de los grandes: Kiarostami logra contar una historia trágica con dos elemenos, el mar y un palo. Lo entenderéis cuanco le deis al play. Menos es más. "Five".

"Five". Play.


sábado, 23 de noviembre de 2013

El día que conocí a Robe Iniesta



Conocí a Robe Iniesta por casualidad. Calculo que sería muy a finales de los 90, cuando yo vivía en Zaragoza. La casualidad, el accidente, reside en que había invitado a un amigo de Madrid a pasar unos días en mi casa con la excusa de las fiestas del Pilar, y este amigo trabajaba entonces en Organización de Eventos para una empresa que, precisamente, era la que se encargaba de la seguridad del concierto que Extremoduro iba a dar en Zaragoza, incluido en el programa de Ocio y Cultura de las fiestas patronales de aquel año. En resumen, que mi amigo propuso ir al concierto porque entraríamos sin pagar un duro. Yo, al principio, que ni hablar, pero había más gente en el grupo que sí quiso, y allí fuimos, el día señalado. De no haberse dado esa circunstancia yo no habría conocido nunca a Robe Iniesta y, por descontado, hoy sería ese día en el que todavía podría decir que "nunca he ido a un concierto de Extremoduro, ¿qué pasa?". 

Recuerdo que primero tocaron Fito y los Fitipaldis, pero no a modo de teloneros, porque seguramente fuera un concierto a dos, con las dos bandas compartiendo protagonismo, digamos, pero la cosa es que primero fueron los otros, los que abrieron boca entre el público, antes de que subiera al escenario lo que la mayoría estaba esperando, a Extremoduro. Y salieron, todos menos Robe Iniesta. Y empezaron a tocar una canción durante un par de minuto, no sé cuál, porque no me sabía su repertorio, apenas habría escuchado el principio de alguna de sus canciones más representativas, y poco más. El público coreaba de forma insistente el nombre de Robe, instándole a que saliera, pero Robe se hizo esperar, y solamente salió cuando entre los asistentes que coreaban su nombre empezó a oírse algún silbido. Fue entonces cuando yo conocí a Robe Iniesta.

Robe Iniesta salió al escenario con los brazos extendidos, completamente abiertos, a pecho descubierto. El público empezó a gritar, de repente, desde que lo vio aparecer hasta que llegó hasta la posición central, donde le esperaba el micrófono. Recuerdo que los gritos fueron ensordecedores, con un punto de histeria considerable entre algunos jóvenes que teníamos cerca; los litros de cerveza y calimocho volaban entre los saltos de alegría. Cuando Robe Iniesta empezó a cantar, todavía tuvieron que pasar unos segundos, o quizás un minuto o más, para que el ruido que había provocado su irrupción en el escenario menguara, dejando, finalmente, asomar su voz por encima de tanto bullicio.

Podría asegurar que justamente este momento, el principio del concierto de Extremoduro, cuando conocí a Robe Iniesta, es el único que conservo en la memoria de aquel día; ese preciso momento y, también, algunos detalles relacionados con mi vivencia del acontecimiento, algunas observaciones y pensamientos, sobre todo...

Por un lado, la aclamada salida al escenario de Robe Iniesta me constató que para el público había un solo protagonista, Robe, y unos personajes secundarios, el resto de la banda. Recuerdo que pensé que Extremoduro tocaba para Robe Iniesta y que era Roberto Iniesta el que se entregaba al público, en una entrega similar a la que podría ejercitar cualquier líder político, en plena campaña electoral. Pero había en el ambiente algo más que el estúpido ambiente colectivo de mitin que puede darse en cualquier evento político, había algo que se acercaba a un espíritu religioso, en virtud de la respuesta de ese público, fanático (de fan), que parecía embriagarse al vislumbrar en cuerpo presente el cuerpo sobre el que se había volcado una fe y una esperanza inmensas. Sí, hubo en la salida de Robe Iniesta al escenario una actitud mesiánica, no solamente por su postura corporal, en rima absoluta simbólica con el redentor cristiano, sino por el juego y el diálogo que esa puesta en escena provocó con los allí asistentes. Comprobé que Robe Iniesta era el líder, el líder que necesitaba una manada, esa manada de jóvenes que, paradójicamente, a su vez, también lo necesitaba a él, en la figura de líder incuestionable.

Y como no hay pastor sin rebaño, recuerdo que estuve escrutando al público, un entretenimiento justificado, en parte, por mi desinterés en la música de Extremoduro y en el concierto en sí. Eran jóvenes que rondaban los 20 (hay que apuntar que yo en esa fecha rondaba los 30), bastante equilibrada la proporción entre hombres y mujeres, con camisetas negras, unas con motivos de Extremoduro y otras con eslóganes y símbolos anarquistas y comunistas, borrachos casi todos. Imaginé que serían jóvenes de los que critican a esos otros jóvenes que escuchan otra música, de los que tachan de pijos a los que escuchan "Los 40 Principales", y de los que desprecian a esos otros grupos musicales donde el mensaje es más blando y, por decirlo así, más condescendiente con el Poder, con letras más burguesas, de historias de amor enfermo, con celos y posesividad, etcétera. Imaginé también que quizás era un público que mantenía la ilusión de que un grupo de rock como Extremoduro permanecía en la periferia del Sistema, resistiendo al empuje maquiavélico del Capitalismo. Pero..., ¿acaso el modelo de liderazgo de Robe Iniesta no sigue el camino del liderazgo marcado por el Sistema? ¿O acaso son diferentes los gritos de histeria que provoca cualquier fenómeno fan fagocitado por las radio fórmulas a los gritos de histeria que yo vi que provocó la salida de Robe Iniesta al escenario? A poco que se rasque, todos esos jóvenes son iguales, y albergan miedos semejantes, y soportan idénticas represiones. También, a poco que se rasque, todos los adultos somos iguales.

Entre tanta imaginería ácrata pensé en la frase de Bakunin "el pueblo sólo tiene tres caminos para librarse de su triste suerte: los dos primeros son los de la taberna y la iglesia; el tercero es el de la revolución social". Y huelga decir que aquel concierto de Extremoduro no estaba inserto en ningún camino de revolución social, porque los jóvenes se habían perdido en las dos primeras, la taberna (las borracheras) y la iglesia (la fe en un líder). ¡Qué contradicciones las de estos jóvenes!, recuerdo que pensé. ¡Y qué contradicciones las mías propias!, también, que allí estaba, con mi  paquete de tabaco americano en el bolsillo y con mi bebida fabricada por una multinacional, hablando y pensando desde la izquierda, con una tarjeta de crédito en la cartera, el coche en el garaje y la revolución social, solamente, en lo libros que leía. El día que conocí a Roberto Iniesta.

La contradicción quizás sea la característica que más nos perfile como humanos donde la dialéctica entre la acción y el pensamiento, su choque, su rozamiento, la contradicción misma, sea la que nos conforma en lo que somos. Se suele decir que es la izquierda la que vive con mayores contradicciones, y se nos suele atacar con eso, pero es una trampa de la derecha. La única diferencia es que las nuestras se airean más, quizás porque hay más honestidad. No es el momento de hablar de la pederastia en la iglesia ni de la doble moral de muchos conservadores, o la homofobia de tantos gays derechistas, pero sí es el momento de citarlos como ejemplos que ilustran que las contradicciones nos definen a todos, construyendo eso que llamamos identidad, pero sobre un suelo muy resbaladizo.

Años más tarde del día en el que conocí a Robe Iniesta escuché una entrevista radiofónica a Evaristo, el cantante de La Polla Records, otro grupo emblema de eso que se llama rock radical, y cuando, en un momento dado de la entrevista, admitió que alguna vez se le había escapado alguna hostia a sus hijos, pensé en la legitimidad que puede tener un padre delante de sus hijos cuando critique la violencia del Estado contra el Pueblo cuando él en su casa es el Estado contra el Pueblo que forman sus hijos. Esta es otra contradicción que apunto, no para señalar ni acusar a Evaristo de nada, sino para ubicarnos a cada uno de nosotros en nuestras propias contradicciones, en las que incurrimos sin descanso.

Termino. Me ha venido a la cabeza el día que conocí a Robe Iniesta estos días que ha sido noticia la detención de una persona por filtrar el contenido del nuevo disco de Extremoduro. Y he vuelto a pensar en las contradicciones de todos cuando a Robe Iniesta se le ha acusado de contradicción, incoherencia y mentira, al permitir que, siendo lo que él es y lo que Extremoduro implica para una parte del gran público, se meta en la cárcel a una persona por facilitar que su disco llegue a miles de hogares sin pasar por caja. Se le acusa de algo que somos todos. Es otra de nuestras contradicciones, sin duda, apedreando al personaje público por habernos fallado, cuando uno mismo es el que más se falla así mismo y a los suyos. La neoinquisición es nuestra música. 

Eso, solamente. Termino con un proverbio anónimo que dice que siempre tenemos que recordar que, antes de acusar a nadie de nada, cuando señalas a alguien con un dedo, tres te señalan a ti.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Tarnation (Jonathan Caouette, 2004)


Si no sabes lo que es el cine en primera persona tienes que ver "Tarnation", un documental en el que su director, Jonathan Caouette, cuenta, literalmente, su vida, desde que nació hasta los 31 años. 

Yo siempre he pensado que hay pocas cosas más aburridas que tu propia vida contada a los demás, o las autonarraciones que los demás hacen de sí mismos para contárselas a uno, pero "Tarnation" es otra cosa.

"Tarnation" no es una autobiografía audiovisual al uso; es un monumento fílmico levantado sobre cuatro imágenes de archivo. Toda una vida contada por una persona convertida en personaje desde que nació.

Todo el exhibicionismo de un diario personal cabe en "Tarnation", donde el concepto de intimidad revienta en todas las direcciones, dando lugar a una suerte de páramo de la privacidad, una extimidad superlativa. 

El postmodernismo, nuestro tiempo, donde las pequeñas partes fragmentadas a duras penas pueden sostener la consistencia coherente de cualquier relato. "Tarnation" es la suma de fragmentos. Momentos de la vida. Filmados.

La vida de Jonathan Caouette es letal como el agua en caída libre a 70 metros. Pero la forma de "Tarnation" es suave como la navegación de un barco a vela con suave brisa. La fuerza del contraste: lo duro dentro de lo blando.

Canciones de Low, Lisa Germano, Iron and Wine, Cocteau Twins, The Magnetic Fileds y Mark Kozelec, eso es "Tarnation", un cine donde el autorretrato se hace a golpe de estética de videoclip. El monstruo encerrado en un cuerpo hermoso.

"Tarnation". Play.

Tarnation (subtitulado)

lunes, 18 de noviembre de 2013

The bridge (Eric Steel, 2006)


El "Golden Gate" se construyó en 1937. Desde entonces hasta nuestros días ha sido el lugar elegido por casi 1.500 suicidas para quitarse la vida, lo que da una media de alrededor de 20 precipitaciones al año. Quienes deciden saltar vuelan 70 metros hasta estamparse contra el agua. Es un salto al vacío que dura entre 5 y 7 segundos; 70 metros de longitud que median entre la vida y una muerte casi segura. El impacto se produce a 120 kilómetros por hora. "The Bridge" documenta 19 de los 24 suicidios que se cometieron en el "Golden Gate" en un periodo de tiempo de un año, entre 2005 y 2006.

Eric Steel, productor y director del documental, colocó varias cámaras en sitios estratégicos del famoso puente de San Francisco. 12 meses, con todos sus días y buena parte de sus horas, observando el trasiego de las personas, yendo y viniendo, cruzando el "Golden Gate", hasta encontrar a las personas que caminaron hasta el precipicio para sobrepasarlo. Y detenerse ahí. Para obligarnos a los espectadores a estar ahí, de alguna forma presentes.

La poesía. La fuerza poética del documental reside precisamente ahí, en esos momentos en los que los suicidas se enfrentan al salto, a su salto, a su última acción en vida. Casi todos se toman un tiempo, su tiempo, miran fijamente abajo, hacia ese espacio y hacia esa superficie que marcan el límite físico anticipado de su vida. Algunos se santiguan y podría decirse que ese gesto religioso les da el empujón que necesitan. Los hay que se mueven de un lado al otro, no faltan los nervios en un momento de máxima trascendencia; algunos miran alrededor, quizás esperando la mirada-respuesta de alguien, pero la naturaleza (esas otras personas que deambulan a lo suyo, y los pájaros, que vuelan como si nada,y los barcos, que navegan ría a través) continua impasible su ritmo ciego y mecánico, dando la espalda a esa persona que está a punto de saltar, y de finiquitar su existencia por la vía rápida. Es la metáfora apabullante de la frialdad de un mundo que seguirá su rumbo, sin ellos y a pesar de ellos... Pero nosotros, los espectadores del documental, no podremos darle la espalda a esos personajes que sabemos lo que van a hacer desde el minuto uno. 

A pesar de ser una película coral, por la cantidad de personajes que vamos a ver saltar, hay que destacar sobre todo a dos, cuyo peso en la historia de "The bridge" los ubica en la categoría de protagonistas. El primero es el rockero que viste de negro, cuyo ritual antes de su salto queda registrado en todo su tiempo e intensidad; el vaivén de la acción, sus movimientos, y, finalmente, su forma de abordar el salto. Y el segundo es un superviviente que aporta a la narración (solamente, y no es poco) la subjetividad de uno de los suicidas.

Y la prosa. Porque luego están los testimonios de los familiares de los suicidas, que conforman sin lugar a dudas la parte más televisiva del documental, testimonios que pretenden inyectar cierta narratividad, cierta historia, quizás cierta psicología de los personajes, y que, desde mi punto de vista, no son más que las trampas del sentido, el ropaje de nuestro método racional de aprehensión de los acontecimientos. También aquí, solamente el salto de los personajes les sostiene en el universo discursivo de su acción sin palabras, más allá del perfil que les dibujan sus familiares y amigos, que son usados como la herramienta que satisface al espectador medio, que necesita escarbar en un cuerpo que ha decidido terminarse, en busca de las respuestas que validarán el cuerpo propio que todavía decide seguir vivo.

Poesía versus prosa. ¿Se debe inyectar coherencia a unos textos-acciones (los saltos) que solamente admiten poesía? Yo pienso que no, que "The bridge" se hubiera sostenido solamente sobre los cimientos de las acciones de sus personajes, con la imagen, cruda, desnuda y vital, acción pura... ¡Para qué tanta historia?

He aquí "The bridge", de Eric Steel. Play.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Canciones para antes de una guerra (7) / "New York City, Home Sweet Home" (Pharmakon, 2013)

lunes, 11 de noviembre de 2013

Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras [PRÓLOGO]


Hay en el inicio de la “Odisea” un principio de intenciones, y que sirve como aviso a navegantes, puesto en boca del dios de dioses y hombres, Zeus Olímpico, sobre la asunción de la responsabilidad propia de los humanos, y que dice así: “¡Cómo les echan las culpas los mortales a los dioses! ¡Pues dicen que de nosotros proceden las desgracias cuando ellos mismos por sus propias locuras tienen desastres más allá de su destino”. Pero, ¿qué hacer a veces sino mirar arriba y exclamar al cielo? Aunque moleste a nuestros dioses…, ¿se les puede rendir cuentas a ellos, en sus alturas, de las cosas que nos ocurren a los hombres que nos arrastramos a pie de tierra?

¿Debería importarnos cómo reaccionan ellos ante nuestras peticiones? Porque parece que cuando los humanos rendimos cuentas a los dioses, éstos no tendrían por menos que pensar que los humanos somos unos seres impertinentes, o, cuando menos, unos ingenuos que todavía no nos hemos dado cuenta de cuál es la verdadera naturaleza del juego que nos traemos entre manos y que llamamos vida, con todas las complicaciones que de ella se derivan, todos sus conflictos y todas sus contradicciones. Que lo piensen, ¡más nos da!, porque todavía hay hombres que, por la vía de la impertinencia o por la vía de la ingenuidad, buscan que los dioses pongan en sus bocas las respuestas que, como hombres, necesitamos para entendernos. Entonces son la impertinencia y la ingenuidad, pero también la valentía,  sobre todo la valentía, lo que caracteriza a los hombres que todavía les rinden cuentas a los dioses. Y uno de esos hombres es Marcos Alonso, el autor de este libro.

El mismo título del libro, “Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras”, habla del desafío que se impone el autor a la hora de abordar el texto. En voz de su personaje protagonista, auténtico alter ego del propio autor, les dice a los dioses, a la cara, que ha llegado el momento de que se paren un momento en su frenética actividad para atender sus demandas, en calidad de un ser humano cualquiera, que busca respuestas, porque necesita un sentido, para desgranar, al menos, qué responsabilidad hay en uno mismo y qué responsabilidad hay en los dioses, cuánto hay en nosotros de destino y cuánto de azar, en definitiva, abrir un camino transitable, por sabido, en medio de esta jungla existencial por la que no movemos cada uno de nosotros, camino de nuestras singulares extinciones.

Pero el personaje protagonista de este relato no es un habitante de la Antigua Grecia, sino un hombre contemporáneo, que para encontrase con los dioses no precisa viajar hasta ningún Olimpo. Los encuentra en un peculiar edificio, que podría albergar cualquier actividad burocrática. Estrategia narrativa con la que el autor provoca el encuentro entre un humano y sus dioses en un lugar gigantesco, en una especie de castillo kafkiano donde solamente cuajan los encuentros con subalternos funcionarios. Justo ahí, en un centro de operaciones  administrativas, ubica el autor a sus dioses contemporáneos, donde ellos urden sus planes para cada uno de nosotros. Un lugar donde los dioses han devenido en hombres y mujeres, que se mueven de forma incesante por interminables pasillos y que trabajan ciegamente de sol a sol en desordenados despachos. Allí es donde acude nuestro personaje a ajustar cuentas, aunque ellos no quieran, imbuidos del mismo espíritu que Homero inyecta a los dioses griegos que no entienden cómo los humanos tienen la desfachatez de dirigirse a ellos exigiendo soluciones.

De la misma forma que los griegos personificaron a sus dioses, y en sintonía con la máxima de Nietzsche cuando afirmaba que solamente creería en un dios que supiera bailar, Marcos Alonso también personifica a los suyos, les dota de cuerpo y les facilita la palabra, en un ejercicio de figuración de lo abstracto necesario para que fluya el diálogo directo del personaje protagonista con sus dioses, dioses contemporáneos personificados, individualizados. En suma, los dioses a los que se enfrenta el personaje protagonista de “Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras” son idealizaciones de diferentes aspectos de nuestras vidas, materiales e inmateriales, que, sin llegar al estatuto de dioses, de alguna forma sí hemos puesto en pedestales, casi como si fueran auténticas divinidades.

Cada uno tendrá los suyos, pero… ¿cuáles son los dioses de Marcos Alonso? En orden de aparición, los siguientes: la Soledad, el Tiempo, el Espacio, la Timidez, la Suerte, la Naturaleza, el Arte, el Dinero, la Salud, la Ilusión, el Trabajo, la Pasión, el Sueño, el Sexo, el Silencio, la Comunicación, la Independencia, el Amor y la Muerte. Todos ellos, convertidos en personajes, se tendrán que enfrentar con el protagonista, un humano impertinente, ingenuo y valiente, a lo largo del edificio-libro, a los que irá desafiando, uno a uno, exigiéndoles responsabilidades en las materias que gobiernan. La pregunta matriz es: ¿por qué hacemos las cosas tan mal los humanos? De la que derivan otras como… ¿por qué habíamos pensado que las cosas tendrían que haber sido de otra manera? O… ¿es posible que alcancemos un mínimo de satisfacción en cada una de las experiencias vitales de las que disponemos? Las respuestas algunas veces brotarán de los abruptos encontronazos típicos entre hombres y divinidades, pero otras, asumiendo los dioses que solamente los hombres con fe son los que se atreven a enfrentarse a ellos, el protagonista obtendrá el silencio, y con él, la perpetuación de sus dudas y la salvaguarda de la fe misma.

La vía convencional para obtener respuestas es la ejecución de preguntas, algo que Marcos Alonso ha convertido en su estilo propio. En su libro anterior, “¿Con quién hablas cuando no hay nadie en casa?”, el monólogo se hace diálogo a través de esta misma fórmula pregunta-respuesta. En “Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras”, son preguntas que el autor ametralla a discreción a cada uno de sus dioses. Hay interrogatorios en pasillos, en salas de espera, en ascensores, en cuartos de baño, interrogatorios donde los dioses se someten a la insistencia del humano, ávido de respuestas. El toma y daca de argumentos y contra-argumentos se traduce, en cada capítulo, en la evaporación simbólica del propio dios, que deja solo al humano preguntándose y respondiéndose a sí mismo. Supongo que esa es la señal del trabajo bien hecho de los dioses, cuando logran desaparecer para que las preguntas que les hacen los humanos sean respondidas por sí mismos. De esta manera, si en el libro anterior de Marcos Alonso un texto que nace monólogo termina muriendo diálogo, en este, el diálogo termina siendo un monólogo. Porque los hombres hablan y los dioses callan. No hay otra. Y porque las respuestas están en uno mismo, lección de los dioses, es decir, en ese hombre que vemos cuando miramos el espejo.

Quiero destacar sobre todos los capítulos, dos, que en sí mismos, en su sucesión, conforman el relato soñado por todo escritor, y que no es otro que el viaje narrativo que transita desde el Silencio (capítulo 16) hasta la Comunicación (capítulo 17). En el primero, cuando Marcos Alonso se atreve a hablar con el Silencio (excelente cómo está resuelto este diálogo), pidiéndole, de la misma forma que ha hecho con los demás dioses, explicaciones, es quizás donde más se acentúe el juego que termina ubicando al hombre solo ante el espejo, por la mediación, precisamente, de los dioses. Y si el Silencio es el dios supremo del individuo, la Comunicación lo es de la sociedad. No es casualidad, entonces, que después del capítulo del Silencio, el autor prosiga con el capítulo de la Comunicación. Aviso a navegantes, la Comunicación querrá ajustar cuentas con el autor, quizás por el atrevimiento del humano a querer rendir cuentas con las divinidades, pero terminará vapuleada, después del feroz contraataque del hombre impertinente, ingenuo y valiente. En los demás diálogos, el humano correrá diversa suerte, pero ninguna, eso sí, será satisfactoria.

Más. Si estamos ante dioses de andar por casa, comunes a todos nosotros, su cotidianeidad exige un lenguaje humano, un lenguaje de la calle, para entendernos, coloquial, algo que el lector advertirá desde la primera página. He aquí donde reside otro de los méritos de “Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras”, porque el autor hace digeribles conceptos de por sí engorrosos. Temas muchas veces difíciles de acotar en pocas palabras, en manos de Marcos Alonso, se convierten en familiares. No está al alcance de cualquiera poner baldosas en terreno pantanoso para que podamos andarlo como quien pasea por su casa, o como quien habla con cualquier persona. Y el autor lo consigue. La familiaridad de los diálogos, además del lenguaje tan apropiado del autor, se consigue gracias a la caracterización humana de estos dioses (que son dioses que fuman, que sudan, que se cansan, en resumidas cuentas, que viven, igual que nosotros) y también por la puesta en escena donde transcurre el viaje narrativo del personaje protagonista, no más que un hombre que acude a un lugar público a preguntar por lo suyo, quizás temeroso de que su expediente se haya extraviado en alguna esquina del imponente edificio.

Antes de concluir, apuntaré dos cosas. La primera, sobre el dios ausente. Es un secreto a voces que lo que quiere el protagonista del libro es conocer al jefe de todo esto, a la suprema instancia que organiza todo el cotarro, pero, de la misma forma que los personajes kafkianos no llegan a su destino, por culpa del absurdo engranaje de un mecanismo frío, distante y complejo, visto por nosotros, los humanos, el protagonista de “Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras” tampoco lo consigue. Quizás, en ese deambular por las estancias de su Olimpo particular, el personaje protagonista no se encuentre ni con la Política, ni con la Economía, ni con el Capitalismo, la Santísima Trinidad que conforma el Mercado, dios de dioses y hombres, nuestro equivalente postmoderno de Zeus Olímpico. En algunos pasajes del libro, yo sí echo de menos la presencia del dios Mercado, pero, a decir verdad, está impregnado en todos los demás, sus subalternos. Además, como todos sabemos, teóricamente, el Mercado es el poder invisible. No obstante, las palabras de Zeus Olímpico no chirriarían puestas en su boca: “¡Cómo les echan las culpas los mortales a los dioses! ¡Pues dicen que de nosotros proceden las desgracias cuando ellos mismos por sus propias locuras tienen desastres más allá de su destino”. ¿A que no?

Y la segunda, y última, sobre el autor, mi amigo Marcos. Hablo del mérito de escribir un libro así. Y de su originalidad. Y, ahora lejos de la impertinencia y de la ingenuidad que se había inyectado para ser el protagonista de su historia, hablo de su valentía, la de un hombre, que recibe frontalmente la dureza de existir, que asume la carga de la vida, una vida hacia la que, como este su segundo libro demuestra, sigue otorgando el beneplácito de la duda y de la esperanza.

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Lo que has leído es el prólogo de "Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras", que Marcos Alonso, su autor, me pidió para esta su segunda incursión literaria. El libro se puede comprar en la tienda on line www.lulu.com; pincha en "Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras" y lo tendrás entre tus manos en el plazo de una semana.

Más. Por si todavía no estás convencido de hacerte con el libro. Marcos tiene alojado su libro en "Entre Escritores", una plataforma virtual de autopublicación. He aquí alguno de los comentarios que ha suscitado, entre otros escritores, "Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras":

E.R.L.: “Metáfora de la vida misma con sus pros y sus contras, con sus virtudes y sus aciertos. El autor engancha con lenguaje cercano

M.N.F.: “Has manejado con mucha naturalidad los diálogos, y has usado un lenguaje muy cercano para tratar temas tan universales y profundos

L.M.: “Mordaz perversión del enfoque generalizado en que englobamos nuestras necesidades, vivencias, experiencias. Sainete tragicómico que recela de las heridas propias del personaje en diálogos de profunda elocuencia en un texto limpio, diligente y audaz, razonado en la lógica inexistente del sentido común

A.R.: “Para mi entender los ensayos literarios suelen ser complicados, siempre llenos de dudas, pero 'Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras' me ha gustado

D.S.: “Complejo ensayo literario con un buen trabajo

I.L.: “Buenas reflexiones

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Y termino. Marcos tiene talento literario. Y no lo digo porque sea mi amigo. Porque tengo muchos amigos de los que nunca he dicho en público que tengan talento literario. Al César lo que es del César. Un placer haber escrito el prólogo de "Hoy ajustamos cuentas aunque no quieras".

martes, 29 de octubre de 2013

¿Quién dice no al Progreso?

Así empieza el documental "Pensar la velocidad":

El progreso y la catástrofe son el anverso y el reverso de la misma medalla. Construir el Airbus 380 son 1000 asientos y son 1000 muertos. No es triste decirlo, en absoluto, es una realidad. Es cierto en cuanto a cualquier invento, sea el que sea. Inventar el tren es inventar el descarrilamiento, inventar el avión es inventar el accidente, acabamos de decirlo, y el Titanic es inventar el naufragio del Titanic. No hay ningún pesimismo en esto, ninguna desesperanza. Es un fenómeno racional. Es un fenómeno ocultado por la propaganda del progreso.

Son palabras que dice el urbanista y filósofo Paul Virilio, protagonista de este documental realizado por Stéphane Paolo para el Canal Arte en 2009, y que encierran la premisa de partida de sus reflexiones sobre el mundo del siglo XX y lo que llevamos de XXI. Piensa en el título, "Pensar la velocidad", un oxímoron de primera categoría en tanto que la velocidad es incompatible con el pensamiento, y diríase que con la vida misma. La prisa mata, en resumen. La pregunta es: ¿hacia dónde vamos tan deprisa? La cuestión es trágica, no porque no tengamos una respuesta, sino porque ni siquiera disponemos del tiempo necesario para hacérnosla y reflexionar sobre ella, en vista del ritmo frenético que están adquiriendo los acontecimientos que nos aturden. ¿Hacia dónde vamos tan deprisa? ¿Les dio tiempo a hacerse esta pregunta a los pasajeros del Alvia que descarriló este verano en la fatídica curva de Santiago de Compostela? Es una pregunta trampa, un tanto mentirosa quizás, puesta al servicio interesado de la tesis de partida, lo sé, pero la respuesta fue una acción-verdad, la muerte de muchos de ellos. La prisa mata, solamente quería escribirlo otra vez.

Cuando Paul Virilio escribe y habla sobre la idea de Progreso, cuestionándolo, metiendo en foco su vista por detrás, en lo que él llama reverso como fenómeno que oculta su propia propaganda, yo, como lector, entiendo que hace una llamada a la apostasía de las nuevas religiones. Apostasía de las verdaderas religiones, digo, porque hacerse apóstata de la religión católica, al día de hoy, no sería más que el juego caprichoso de unos niños que se autodefinen ateos y/o laicos, en un ejercicio donde, paradójicamente, se actualiza, se aviva, aquello que ya es anacrónico y, como tal, inofensivo. ¿Quién dice no, hoy en día, al Progreso? ¿Quién dice no a la Tecnología? ¿Quién dice no al Consumo? ¿Quién dice no al Espectáculo? En definitiva, ¿quién dice no a la velocidad a la que nos someten las nuevas religiones, las de verdad? ¿Quién manda parar el tren para decir 'yo me bajo'? Nadie. Porque nadie (o muy pocos) ha cuestionado nunca los valores sagrados de su época. 

En "Pensar la velocidad", Paul Virilio carga contra una de esas cuatro religiones postmodernas, el Progreso, que, como sabemos, está íntimamente coaligada a las otras tres que se han señalado más arriba, Tecnología, Consumo y Espectáculo. Cierto es que su tono respira un aire apocalíptico, de un fin catastrófico que también puede leerse en los términos religiosos anacrónicos, relativos al pasado. No podemos olvidar que Paul Virilio se convirtió al Cristianismo en 1950 y su discurso rima, del todo, con la fe en un final apocalíptico con la que los cristianos vienen fantaseando desde hace cientos de años. Pero, ¿a quién le importa esto? Paul Virilio nos hace pensar, mostrándonos el camino hacia las verdaderas apostasías. Un ejemplo, un hereje de hoy en día sería quien apostatase del uso del móvil o de las redes sociales. El escaso número de herejes retrata a una sociedad ultrarreligiosa, la nuestra, en la que somos y estamos a finales de 2013. Occidente, es decir, el mundo entero, siglo XXI. El mundo laico. Risas enlatadas.

"Pensar la velocidad". A golpe de tres clicks. Play.


lunes, 28 de octubre de 2013

Lou Reed (1942 - 2013) y yo (1972 - ¿?)

Waldo Jeffers había alcanzado su límite. Era mediados de agosto, lo que significaba que se había separado de Marsha hace más de dos meses ya. Dos meses y lo único que podía lucir eran tres cartas y dos costosas llamadas de larga distancia. Cierto, cuando el colegio acabó y ella volvió a Wisconsin y él a Locust, Pennsylvania, habían prometido concederse cierta fidelidad. Ella saldría de citas a veces, pero como una mera distracción. Se mantendría fiel.

Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para conciliar sueño y, cuando lo lograba, tenía horribles pesadillas. Se quedaba despierto de noche, gimiendo y sacudiéndose bajo su colcha; lágrimas cayendo de sus ojos mientras imaginaba a Marsha y sus votos de fidelidad sobreseídos por el alcohol y el suave jadeo de algún neandertal, rindiéndose finalmente a las caricias del abandono sexual. Era más de lo que una mente humana podía soportar. Imágenes de la infidelidad de Marsha lo acosaban. Pensamientos diurnos sobre su abandono sexual permeaban su mente. Y el asunto era que nadie entendería cómo se sentía Marsha. Sólo Waldo podía entenderlo. Había escarbado en cada rincón y hendidura de su mente. Él la hacía sonreír. Y ella lo necesitaba, pero él no estaba ahí.


La idea vino el jueves antes que el Desfile de los Mummers fuera agendada. Había recién acabado de podar el césped de los Edelsons por un dólar con cincuenta y fue a revisar su buzón para ver si había algo de Marsha. No había más que una circular de la Compañía de Aluminio Forjado de Estados Unidos, inquiriendo sobre sus propios intereses. Al menos ellos se dignaban a escribirle. Era una compañía neoyorkina. “Puedes llegar a cualquier lugar con el correo”. Entonces se le ocurrió. Cierto, no tenía dinero suficiente para ir a Wisconsin en la manera convencional, ¿pero por qué no enviarse por correo? Era absurdamente sencillo. Se enviaría por correo como entrega especial.


Al día siguiente Waldo fue al supermercado a conseguir todo el equipamiento necesario. Compró masking tape, una corchetera y una caja mediana precisa para alguien de su contextura, juzgando con un mínimo de esfuerzo como para viajar relativamente cómodo. Un par de agujeros para respirar, un poco de agua, tal vez algunos tentempiés de medianoche, y probablemente viajaría tan cómodo como en Clase Turista.


La tarde del viernes Waldo ya estaba listo. Se había embalado a sí mismo y el empleado de correos había quedado de recogerlo a las tres en punto. Rotuló el paquete como “Frágil” y se acurrucó dentro de la caja, descansando en un cojín de espuma que había considerado muy prudentemente. Trató de imaginar el rostro de Marsha mientras abría la puerta, veía el paquete, le daba su propina al repartidor y luego abría la caja para ver finalmente a Waldo ahí mismo en persona. Se besarían y tal vez luego podrían ver una película. Si sólo se le hubiera ocurrido antes. De pronto, un par de manos toscas tomaron el paquete. Cayó con un ruido sordo en un camión y partió.

Marsha Bronson recién terminaba de arreglarse el cabello. Había sido un fin de semana duro. No recordaba haber bebido tanto. Bill había sido amable al respecto, sin embargo. Después que todo hubo terminado le dijo que aún la respetaba y que, después de todo, era naturalmente lo esperable de las cosas, y si bien no la amaba, sí sentía un afecto especial por ella. Pero que después de todo eran adultos racionales. Oh, Bill podría enseñarle a Waldo. Pero eso parece de hace muchos años atrás.


Sheila Klein, su mejor e íntima amiga, atravesó la puerta mosquitera y entró a la cocina. “Conchesumadre, qué cursi está afuera“. “Te creo. Me siento mamona”. Marsha apretó el cinturón de seda de su vestón de algodón. Sheila deslizó sus dedos sobre algunos granos de sal sobre la mesa, lamió su dedo e hizo una mueca. “Se supone que tengo que tomar estas píldoras de sal, pero –frunció su nariz- me dan ganas de vomitar”. Marsha empezó a acariciarse bajo la barbilla, un ejercicio que había visto en televisión. “Ni me habli de eso”. Se incorporó y fue hasta el fregadero, donde recogió una botellita con vitaminas rosadas y azules. “¿Queri una? Se supone que son más ricas que un bistec”, y luego trató de tocar sus rodillas. “No pienso volver a tocar un daiquiri por el resto de mi vida”. Se rindió y volvió a sentarse, esta vez más próxima a la mesita del teléfono. “En volá Bill llama”, dijo a Sheila. Ésta se mordisqueó una cutícula. “Después de anoche, pensé que ibai a haber terminado con él”. “Sí, sí sé a lo que te referi. Hueón, era como un gato de espaldas, defendiéndose con uñas y dientes”. Hizo el gesto, levantando sus brazos en señal de defensa. “La hueá es que, después de un rato, una se aburre de pelear con él. Y después de todo, no hice nada ni el viernes ni el sábado, así que como que le debía una. Tú cachai”. Empezó a rascarse. Sheila río, cubriéndose la boca con su mano. “Cacha que a mí me pasó algo parecido, y después de un rato –entonces se inclinó hacia adelante y dijo en un murmuro- como que quería”, y ahora reía escandalosamente.


Fue en ese momento que el señor Jameson de la Oficina Postal Clarence Darrow tocó el timbre. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, éste la ayudó a cargar el paquete. Hizo firmar sus papeles amarillo y verde y se fue con la propina de quince centavos que Marsha le había robado a su madre de su monedero beige. “¿Qué crei que sea?”, preguntó Sheila. Marsha permaneció con los brazos flectados tras su espalda y miró la caja de cartón café que yacía en el medio de su living. “Ni idea”.


Dentro de ella, Waldo temblaba de expectación al escuchar las voces sordas. Sheila deslizó su uña sobre el masking tape que recorría el medio de la caja. “¿Por qué no te fijai en el remitente y vei de quién es?”. Waldo sentía su corazón palpitando. Podía sentir los pasos vibrar. Sería pronto…


Marsha caminó alrededor de la caja y leyó su rótulo. “¡Hueón, es de Waldo!”. “Ese tarado…”, replicó Sheila. Waldo tiritó de nervios. “Bueno, igual deberiai abrirlo”, dijo Sheila y ambas intentaron abrir la tapa. “Aaaah”, gimió Marsha, “debe haberla engrapado”. Volvieron a tironear de la tapa. “¡Conchesumadre, se necesita un taladro pa’ abrir esta hueá!”. Volvieron a tirar. “No se puede abrir ni un poco”. Ambas permanecieron de pie, exhalando fuertemente. “¿Por qué no consegui unas tijeras?”, dijo Sheila. Marsha corrió hacia la cocina, pero lo único que encontró fueron un par de tijeras de bordado. Entonces recordó que su padre conservaba una colección de herramientas en el sótano. Bajó al sótano y cuando volvió, llevaba en sus manos un serrucho. “Es lo mejor que encontré”, dijo sin aliento. “Toma. Ábrelo tú. Yo me voy a morir”, y se hundió en un sillón mullido, exhalando ruidosamente. Sheila trató de hacer un espacio entre el masking tape y el cartón de la tapa, pero la hoja del serrucho era demasiado ancha y no cabía. “¡Por la chucha, esta hueá!”, dijo exasperada. Y luego sonriendo, “tengo una idea”. “¿Qué cosa?”, dijo Marsha. “Tú mira”, dijo Sheila, tocándose la frente con un dedo.


Dentro de la caja, Waldo estaba tan asfixiado por la excitación que difícilmente podía respirar. Su piel se sentía sensible por el calor y podía sentir su corazón palpitando en su garganta. Sería pronto. Sheila se paró y caminó alrededor de la caja. Luego se puso en cuclillas, sosteniendo el serrucho, inspiró profundamente y sumergió la hoja a través del paquete, a través del masking tape, a través del cartón, a través de la espuma y justo a través de la cabeza de Waldo Jeffers, que se partió ligeramente e hizo brotar suave y rítmicamente pequeños arcos rojos al sol de la mañana.



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"The Gift" es un cuento de Lou Reed (la traducción es un poco de esas maneras, copiada de un sitio, pero sirve para hacerse una idea...) que se incluyó (PISTA_2) en el "White light / White Heat", segundo disco de "The Velvet Underground", 1968. 

La narración, en voz de John Cale, entra únicamente por el canal izquierdo del audio, mientras que la música, lo hace por el derecho. Disociación salvaje entre el contenido verbal, recitado, de un lado, y el contenido musical, casi improvisado, de otro. 

Nada más. Pruébese. Es mierda de la buena, sin cortar. PLAY. Y que la tierra te sea leve, Lou...

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