Mostrando entradas con la etiqueta manuel delgado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta manuel delgado. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de diciembre de 2013

Contra la babosidad multicultural (...) y otros exhibicionismos de la bondad


NOTA: Lo que sigue es el texto íntegro de una entrada reciente que el antropólogo Manuel Delgado ha publicado en su blog "El cor de les aparences", titulada "Contra la babosidad multicultural..."

*****

Me preocupa la importancia que para mí tiene el pensamiento de Nietzsche. En teoría, no me sería propio, puesto que este hombre encarna la expresión más letal de los que Luckàcs llamaba "el asalto a la razón", en cambio, ¡tenía y tiene razón en tantas cosas!

Por ejemplo, todo lo que cuando he podido y donde me han dejado he dicho sobre el multiculturalismo, la importancia de "comprender al otro", las constantes llamadas al virtuosismo que implica la "educación a la ciudadanía"... Detesto profundamente lo que podríamos llamar el rollo "multiculti", esa ideología meliflua, afectada e hipócrita de gente satisfecha de clase media que se cree que puede distribuir lecciones de ética desde su falso compromiso con los "inmigrantes" y las gentes de "otras culturas". Es lo que me permitiría llamar el "manucheismo", esa forma contemporánea de exhibicionismo de la bondad, no muy diferente de la que ostentan los animalistas con su "amor por los animales".

Todo eso me recuerda tanto la denuncia feroz de Nietzsche contra toda teoría de los valores, en la que no hay más que el molde para nuevos conformismo y nuevas sumisiones. Toda la genealogía nietzscheniana es, en ese sentido, geneología de los valores, es decir arqueología de los argumentos que protegen e inmunizan lo dado por supuesto de la crítica. En concreto, esa pieza fundamental de la filosofía “a martillazos” de Nietzsche que es es El Anticristo, se conforma toda ella como un desenmascaramiento de las distintas formas aplicadas del “buen corazón”, esa especie de salivilla repulsiva que se escapa de la comisura de los labios de los exhibicionistas de la bondad, que afirman combatir la miseria ajena pero que hacen lo posible por conservarla y multiplicarla, puesto que al fin y al cabo viven de y por ella. Nada más malsano, nos dirá Nietzsche, que ese culto a la pobreza y al fracaso que hay tras la misericordia cristiana, cuya variante laica actual sería lo que algunos etiquetan con el eufemismo “solidaridad”.

Nietzsche -cita el Anticristo- despreciaba “aquella tolerancia que todo lo ‘perdona’ porque todo lo ‘entiende’” “¡Antes vivir en medio del hielo que en medio de las virtudes modernas y otros vientos del sur!”, dice en la primera páginas del libro. Creo que las cosas no han cambiado demasiado. No me digas que no. Hoy, peores que los racistas son los virtuosos del diálogo entre culturas, de la cooperación entre pueblos, los cultivadores afectados de la “apertura al otro”, todos aquellos que se refugian en ciertas ONGs dedicadas a suplantar a los humillados.

De la actual tolerancia humanitarista Nietzsche podría decir lo mismo que de aquella que le tocó contemplar en su tiempo y denunciar en El Anticristo: que para ella “abolir cualquier situación de miseria iba en contra de su más profunda utilidad, ella ha vivido de situaciones de miseria, ha creado situaciones de miseria con el fin de eternizarse”.

Me da asco. El racismo es hoy, en efecto, ante todo “tolerante”. La explotación, la exclusión, el acoso..., todo eso aparece hoy disimulado bajo melifluas invocaciones a las nuevas palabras mágicas con que calmar la rabia y la pasión –diálogo, diversidad, solidaridad...–, en liturgias en que los nuevos déspotas pueden exhibir su generosidad. Vigencia absoluta, por tanto, del desprecio de Nietzsche hacia esa babosidad cristianoide que ama revolcarse en la resignación y la mentira y que no es más que falso compromiso o compromiso cobarde. Porque ese discurso multicultural que proclama respeto y comprensión no es más que pura catequesis al servicio del Dios de la pobreza, de la desesperación, de la cochambre; demagogia que elogia la diversidad luego de haber desactivado su capacidad cuestionadora, de haberla sustraído de la vida.


miércoles, 10 de agosto de 2011

Guarida de fieras furiosas por su secuestro (Manuel Delgado)

 
NOTA: Lo que sigue es el texto íntegro de la última entrada que el antropólogo Manuel Delgado ha publicado en su blog El cor de les aparences, titulada "Guarida de fieras furiosas por su secuestro: la revuelta social en Inglaterra y la Nueva Inocencia".
 
En mi tesis doctoral sobre la iconoclastia en la España contemporánea planteaba que la principal dificultad para llevar a cabo mi trabajo había sido la hegemonía absoluta de interpretaciones en clave espasmódica e irracional de las acciones de violencia colectiva, considerándolos estallidos psicótcos del populacho. Esas lecturas son las que los medios de comunicación y los “especialistas” a los que invitan a pronunciarse están empleando en exclusiva para “diagnosticar” las razones de las revueltas sociales de ahora mismo en Inglaterra. He pensado que algún párrafo de la introducción de Luces iconoclastas (Ariel), uno de los libros en que se concretó aquella tesis doctoral, podría ser pertinente aquí.

Lo que de veras produce ansiedad a la hora de explicar las acciones más radicales de masas desde las ciencias sociales o la historia no es su aspecto irracional, sino su inorganicidad. Las masas anticlericales no tienen corazón, en el doble sentido de epicentro orgánico y lugar de la lástima. Tampoco tienen cerebro, en el sentido de núcleo neurálgico o de capacidad para el sentido común. De ahí que se repita por los historiadores más serios que no siempre es posible analizar los disturbios anticlericales por medio de la simplificadora clave de una conspiración interesada, una manipulación hipnótica por parte de líderes carismáticos o la actuación de una minoría de agitadores teledirigidos. Si se me permite el juego de palabras, diríamos que la muchedumbre puede tener «cabecillas», pero no cabeza, no sólo en el sentido de que «la haya perdido» –como suele decirse de las masas enfervorizadas por cualquier causa–, sino también en el de que es políticamente acéfala y exacerba la mecánica básica de la autogestión social. Asusta a todo Estado, puesto que no tiene estado. A las multitudes las guía un impulso al mismo tiempo lúcido y ciego. El problema historiográfico, sociológico y antropológico que plantea la violencia iconoclasta de las masas urbanas en España, su condición de enigma incómodo y desasosegante, es un episodio más de esa otra desazón todavía mayor que le provoca a esas disciplinas –que lo son de lo cristalizado, de lo teleológico, de lo social sensato–, lo que es inorgánico, lo indefinido y ambiguo, pero extraordinariamente expeditivo. No hay lugar en esos saberes todavía para lo inopinado, lo que no está claramente estructurado, a pesar de lo cual –o precisamente por ello– demuestra unas cualidades estructurantes infinitas. Lo incalculable de las sociedades. Lo social salvaje.

Por el contraste que presentan entre la extrema simplicidad de su ideología y la no menos extraordinaria complejidad de su funcionamiento, las masas han asustado epistemológica y metodológicamente, pero sobre todo han asustado políticamente. Son las muchedumbres lo que acaba de desbaratar la ilusión de armonía y equilibrio que todo orden político sostiene en relación con la sociedad que administra y cree dominar. Las multitudes son la materia prima de lo social moderno, al tiempo que su componente diabólico larvado. Los razonamientos de la muchedumbre, sus resoluciones y sus iniciativas no se pueden reducir a una suma de lo que sienten o piensan cada uno de sus componentes individuales. Las multitudes encarnan, mucho mejor que cualquier otra instancia social, lo inmanejable, lo inquietante, lo monstruoso de las sociedades modernas, o acaso de cualquier otra forma de convivencia humana. Desde esa óptica se entiende que el protagonista de «El hombre de la multitud» –el célebre cuento de Edgar Allan Poe– sea un individuo fantasmagórico que va de un lado para otro sin descanso, cargándose de la energía que le prestan las muchedumbres londinenses con las que busca desesperadamente mezclarse. En ese personaje Poe adivinaba «el arquetipo y el genio del profundo crimen», poseedor de un secreto horrible que no se podía expresar, un misterio que no permitía ser revelado. En su rostro se hallaba inscrito todo aquello que por misericordia divina er läst sich nicht lesen, «no se deja leer». 

Recuérdese que era el ejemplo de las muchedumbres lo que le permitía a Durkheim pasar de la naturaleza social del psiquismo a la naturaleza en ultima instancia psíquica de lo social. Es por ello que la acción de las masas vendría a ser algo así como la escritura automática de la sociedad. De ahí esa amoral independencia práctica y cognitiva de las masas, lo sorprendente e imprevisto de sus acciones, y sobre todo su falta de «valores», puesto esa consciencia colectiva excitada raras veces puede experimentar sensaciones tan intrínsecamente privadas como son la piedad o la ética. De ahí el fastidio de quienes se empeñan en reconocer en las multitudes en acción la imagen del inexistente «pueblo», que se indignan cuando esos conglomerados humanos pasan de la fantasía a la mediocridad, del heroísmo a la estampida, de la épica al pánico, de la desobediencia al servilismo. Las masas, en efecto, pueden ir de los furores más inconcebibles a ejecutar las más disciplinadas coreografías, y hacer todo ello en función de criterios que tienen que ver con un automatismo social que el observador individual –ni siquiera en tanto que investigador social– está en condiciones de reconocer en primera instancia. Ajenas a todo «principio superior» que les aleje de los objetivos de su acción, el único estado de ánimo que conocen las muchedumbres históricas en agitación es el entusiasmo, la urgencia. Sólo le interesa lo inmediato. Es comprensible: la muchedumbre activada no existía antes de existir, y desaparecerá luego de su propia epifanía. Vive sólo para el momento en que se reúne. Siempre va con prisas, lo que quiere lo quiere ahora, y lo quiere ahora porqué está convencida de que su poderío no tiene límites. Las masas, como escribía Simmel, «tienen poca cosa qué perder, mientras que creen que pueden ganarlo todo».

En esa bajada a los infiernos en que hierve lo social el espacio tendrá un papel importante. De una preocupación por el territorio que lo ve como el asentamiento lógico de las identidades o como escenario de la buena relación entre actores y sistemas sociales, se pasará a percibir toda territorialización en clave de la violencia que lo fundara en un momento dado y que, larvadamente, no deja en ningún momento de reinstaurarla en sus límites, liberándola por la fuerza de las presencias percibidas como impuras, salvándola de las acechanzas malignas que se habían localizado en su seno.

El espacio social queda delatado ahora como escenario para una crispación multiforme, una sociabilidad inhumana y sucia, que dirige su atención liquidadora hacia lo considerado al mismo tiempo sagrado e inaceptable, lo que ha sido señalado como a suprimir de cuajo. 

Las luces iconoclastas nos han permitido leer lo que está escrito entre líneas en la ciudad y adivinar ese transfondo opaco, la dimensión agonística de la vida colectiva, una desavenencia endémica, un ajuste de cuentas largamente aplazado entre segmentos que viven juntos odiándose a muerte, que mantienen entre sí un disenso constante e irrevocable que, lejos de llevarles a la ruptura, les arrastran a una convivencia obsesiva, hecha de una rueda interminable de agravios y amenazas, cuya culminación –una y otra vez aplazada– sólo puede ser el incendio y la carnicería. En el centro de ese espacio está, permanentemente activado y disponible, lo innombrable, lo que no se puede pensar ni representar, aquel «principio de crueldad» que evoca Clément Rosset, advirtiéndonos cómo no en vano del latín cruor deriva crudelis, «cruel», pero también crudus, «crudo», lo no cocinado, lo sangrante, lo asqueroso. 

¿Será posible alguna vez una ciencia que dé cuenta de ese lado intransparente de las mecánicas sociales, una sociología, una antropología, una historia que se hagan cargo de ese esquema velado que ordena lo social a base de desorganizarlo constantemente, ese desbarajuste que no niega, ante al contrario, que funda y alimenta la vida social? ¿Podrá ser que las disciplinas que se proclaman competentes para hablar de la sociedad osen algún día adentrarse en el espejo que les brindan a las comunidades humanas los hechos más espantosos que ocurren en su seno? Contemplando las grandes ceremonias anticlericales, su espantoso esplendor, su eficacia, lo al tiempo bestial y escrupuloso de su ejecución, puede uno entender a qué se refería Robert Veneigem cuando, en su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones (Anagrama), hablaba del intermundo y de la nueva inocencia, esa franja de subjetividad turbia, roída por el mal del poder, descampado que contiene la crueldad esencial y primera, un super-espacio-tiempo en el que se prodigan las llamaradas, el sadismo, las obsesiones, «una guarida de fieras, furiosas por su secuestro».

sábado, 16 de julio de 2011

15-M: dos meses después


Prólogo

"No surprises" (Tom Yorke)

Un corazón lleno como un vertedero... Un trabajo que lentamente te mata... Heridas que no se curarán... Pareces tan cansado y triste... Derroquemos al Gobierno: ellos no nos representan... Tendré una vida tranquila y un apretón de manos de monóxido de carbono... Sin sustos ni sorpresas. Ni sustos ni sorpresas.

Silencioso. Éste es mi último ataque, mi último dolor de estómago. Ni sustos ni sorpresas. Ni sustos ni sorpresas, por favor.

Una bonita casa y un bonito jardín. Ni sustos ni sorpresas (sacadme de aquí). Ni sustos ni sorpresas, por favor...



Primer apoyo exterior: sobre los riesgos del 15-M

Vuelvo a Manuel Delgado, que publicó hace unos días en su blog una interesantísima reflexión de título Impresiones para Adelina García sobre otros riesgos del 15-M: la ambigüedad postmodernista y el virtuosismo filocristiano, más alguna consideración acerca del odio y la lucha. Sin desperdicio los siguientes extractos:


"Hemos escuchado desde alguna acampada, 'yo no soy ni derechas ni de izquierdas': una forma sutil de reconocer que eres de derechas".

(...) 

"El otro riesgo, para mí, es el del virtuosismo oenegista, por el que creo que compartimos una desconfianza frontal y pienso que del todo justificada".

(...)

"Lo que me inquieta es lo que podría ser una especie de deriva cristianoide del 15M". (por lo que cuenta el post, uno de los portavoces catalanes del 15-M es un tal Arcadi Oliveras, presidente de la Asociación cristiana Justícia i Pau)

(...) 

"El oenegismo tipo Justícia i Pau me pone más bien enfermo. Y lo mismo, por extensión, el  buenrollismo, la babosidad infame de los "valores", el exhibicionismo de la bondad y los buenos sentimientos".

(...)

"Claro, en ese marco de virtuosismo cristinaoide, pacifismo gandhiano, "pensiero debole", ambiente Era Acuario..., pienso que era legítimo que alguien preguntara, en un momento dado, cuál era el lugar que en todo aquel mejungue ocupaba la vieja lucha de clases". 



Segundo apoyo exterior: no me sirve la rabia tan sumisa


INSERTO INTRUSIVO DE MARIO BENEDETTI
[Poema "Me sirve, no me sirve"]

La esperanza tan dulce
tan pulida tan triste
la promesa tan leve
no me sirve

no me sirve tan mansa
la esperanza

la rabia tan sumisa
tan débil tan humilde
el furor tan prudente
no me sirve

no me sirve tan sabia
tanta rabia

el grito tan exacto
si el tiempo lo permite
alarido tan pulcro
no me sirve

no me sirve tan bueno
tanto trueno

el coraje tan dócil
la bravura tan chirle
la intrepidez tan lenta
no me sirve

no me sirve tan fría
la osadía

si me sirve la vida
que es vida hasta morirse
el corazón alerta
si me sirve

me sirve cuando avanza
la confianza

me sirve tu mirada
que es generosa y firme
y tu silencio franco
si me sirve

me sirve la medida
de tu vida

me sirve tu futuro
que es un presente libre
y tu lucha de siempre
si me sirve

me sirve tu batalla
sin medalla

me sirve la modestia
de tu orgullo posible
y tu mano segura
si me sirve

me sirve tu sendero
compañero.



Tercer apoyo exterior: la clase media, un fetiche


INSERTO INTRUSIVO DE SLAVOJ ZIZEK 
extraído de "En defensa de la intolerancia"
[para que cada cual, incluido quien escribe, se aplique el cuento]

En su ideología y en su praxis, el "fascismo" no es sino un determinado principio formal de deformación del antagonismo social, una determinada lógica de desplazamiento mediante disociación y condensación de comportamientos contradictorios.

La misma deformación se percibe hoy en la única clase que, en su autopercepción "subjetiva", se concibe y representa explícitamente como tal: es la recurrente "clase media", precisamente, esa "no-clase" de los estratos intermedios de la sociedad; aquéllos que presumen de laboriosos y que se identifican no sólo por su respeto a sólidos principios morales y religiosos, sino por diferenciarse de, y oponerse a, los dos "extremos" del espacio social: las grandes corporaciones, sin patria ni raíces, de un lado, y los excluidos y empobrecidos inmigrantes y habitantes de los guetos, por otro.

La "clase media" basa su identidad en el rechazo a estos dos extremos que, de contraponerse directamente, representarían "el antagonismo de clase" en su forma pura. La falsedad constitutiva de esta idea de "clase media" es por tanto semejante a aquella de la justa línea de partido que el estalinismo trazaba entre las "desviaciones de izquierda" y las "desviaciones" de derecha": la "clase media", en su existencia "real", es la falsedad encarnada, el rechazo del antagonismo. En términos psicoanalíticos, es un fetiche: la imposible intersección de la derecha y de la izquierda que, al rechazar los dos polos del antagonismo, en cuanto posiciones "extremas" y antisociales (empresas multinacionales e inmigrantes intrusos) que perturban la salud del cuerpo social, se autorepresenta como el terreno común y neutral de la sociedad. La izquierda se suele lamentar del hecho de que la línea de demarcación de la lucha de clases haya quedado desdibujada, desplazada, falsificada, especialmente, por parte del populismo de derecha, que dice hablar en nombre del pueblo cuando en realidad promueve los intereses del poder. Este continuo desplazamiento, esta continua "falsificación" de la línea de división (entre las clases), sin embargo, es la "lucha de clases": una sociedad clásica en la que la percepción ideológica de la división de clases fuese pura y directa, sería una estructura armónica y sin lucha; por decirlo con Lanclau: el antagonismo de clase estaría completamente simbolizado, no sería imposible/real, sino simplemente un rasgo estructural de diferenciación.



Cuarto apoyo exterior: la lucha contra uno mismo como primer vector de cambio revolucionario


INSERTO INTRUSIVO DE AGUSTÍN GARCÍA CALVO
(Extracto de "¿Quién dice no?")
Para los que anden con pretensiones revolucionarias, les quiero decir que ninguna revolución sirve para nada si no es también revolución contra sí mismo al mismo tiempo; quien se crea que puede surgir de entre las personas algún movimiento liberador, se está equivocando. Es una equivocación vieja, hasta los propios viejos anarquistas se confundían con frecuencia y creían que eso de la libertad podía ser cosa de individuos (...). La libertad no es cosa de individuos: uno, una, como persona, está sometido, tiene que creer lo que le mandan, creerse que se lo cree él, que éste es el gran truco de todos los regímenes, pero especialmente de la democracia.




Epílogo: "No surprises" (Radiohead)


BONUS TRACK



sábado, 21 de mayo de 2011

El peligro ciudadanista [intervención de Manuel Delgado en la Plaza de Tahir, Barcelona]

Manuel Delgado [antropólogo], en su blog, El cor de les aparences: "Este fue el texto que empleé como base de lo que expuse públicamente y de la discusión que se suscitó después sobre las perspectivas que debe enfrentar la protesta si no quiere desvanecerse a medida que su protagonismo mediático vaya decayendo".

El texto es el que sigue [el subrayado es mío]:

Todo el mundo parece interesado en esclarecer qué tipo de fenómeno se está produciendo estos días en las ciudades españolas, en plazas como estas, en las que personas como nosotros expresamos nuestro descontento ante la situación que padecemos. Me gustaría profundamente decir y creer que estamos ante un movimiento cuya característica principal, y la fuente de la inquietud que parece generar, tiene que ver con la dificultad a la hora de someterlo a una tipificación clara, resultado de su renuncia a los principios de identidad e identificación propios de un sistema que exige que sus interlocutores se presenten siempre como instancias orgánicas inconfundibles con las que se posible negociar. Un poco, si se me permite, a la manera de aquella canción de La Polla Records que seguro que muchos conocéis: “¡No somos nada! / ¡No somos nada! / Quieres identificarnos, tienes un problema”. Pero eso es lo que me gustaría pensar y decir, pero no estoy seguro de poder hacerlo sin sentir que estoy haciéndoos una concesión injusta, cuyo objetivo sería sólo el de obtener vuestro aplauso.

En realidad, lo que pienso –y temo– es que esta movilización se pueda homologar como un episodio más de lo que podríamos llamar el movimientismo ciudadanista. El ciudadanismo es la ideología que ha venido a administrar y atemperar los restos del izquierdismo de clase media, pero también de buena parte de lo que ha sobrevivido del movimiento obrero. El ciudadanismo se concreta en un conjunto de movimientos de reforma ética del capitalismo, que aspiran a aliviar sus efectos mediante una agudización de los valores democráticos abstractos y un aumento en las competencias estatales que la hagan posible, entendiendo de algún modo que la explotación, la exclusión y el abuso no son factores estructurantes, sino meros accidentes o contingencias de un sistema de dominación al que se cree posible mejorar moralmente. El ciudadanismo no impugna el capitalismo, sino sus “excesos” y su carencia de escrúpulos.

El ciudadanismo suele concretarse en movilizaciones masivas destinadas a denunciar determinadas situaciones consideradas injustas, pero sobre todo inmorales, y lo hace proponiendo estructuras de acción y organización lábiles, basadas en sentimientos colectivos mucho más que en ideas, con un énfasis especial en la dimensión performativa y con frecuencia “artística” o festiva. Prescindiendo de cualquier referencia a la clase social como criterio clasificatorio, remite en todo momento a un difusa ecumene de individuos a los que unen no sus intereses, sino sus juicios morales de condena o aprobación. 

Los movimientos sociales ciudadanistas no dejan de ser revitalizaciones del viejo humanismo subjetivista, pero aportan como relativa novedad su predilección un circunstancialismo militante, ejercido por individuos o colectivos que se reúnen y actúan al servicio de causas muy concretas, en momentos puntuales y en escenarios específicos, renunciando a toda organicidad o estructuración duraderas, a toda adscripción doctrinal clara y a cualquier cosa que se parezca a un proyecto de transformación o emancipación social que vaya más allá de un vitalismo más bien borroso, acuerdo de heterogeneidades inconmensurables que, no obstante, asumen articulaciones cooperativas momentáneas en aras a la consecución de objetivos compartidos. 

Esas formas de movilización prefieren modalidades no convencionales y espontáneas de activismo, protagonizadas por individuos conscientes y motivados, pero desafiliados, que viven la ilusión de que han podido escapar por unos momentos de sus raíces estructurales, desvinculados de las instituciones, que renuncian o reniegan de cualquier cosa que se parezca a un encuadramiento organizativo o doctrinal,  que proceden y regresan luego a una especie de nada aestructuda y que se prestan por unos días u horas como elementos primarios de uniones volátiles, pero potentes, basadas en una mezcla efervescente de emoción, impaciencia y convicción, sin banderas, sin himnos, sin líderes, sin centro, movilizaciones alternativas sin alternativas que se fundan en principios abstractos de índole esencialmente moral y para las que la conceptualización de lo colectivo es complicada, cuando no imposible. 

No sé si será casual que una de las figuras predilectas para ese individualismo comunitarista o de ese comunitarismo individualista, basado en la sintonía sobrevenida entre sujetos, sea la de la red. Entonces uno piensa en las virtudes de internet y las formas de sociabilidad que propicia, paradigma de relación reticular, paraíso dónde se ha podido hacer palpable por fin la utopía de una sociedad de individuos desanclados y sin cuerpo, en un universo de instantaneidades, una solidaridad empática basada en el diálogo y el acuerdo sincrónico entre personas individuales con un alto nivel de exigencia ética consigo mismas y con el mundo. Un paraíso de comunicación pura.  

Entre otros efectos, este tipo de concepciones de la acción política al margen de la política se traduce en la institucionalización de la asamblea como instrumento por antonomasia de y para los acuerdos entre individuos que no aceptan ser representados por nada ni por nadie. Esta forma radical de parlamentarismo se conforma como órgano inorgánico cuyos componentes  se pasan el tiempo negociando y discutiendo entre sí, pero que tienen graves dificultades con negociar o discutir con cualquier instancia exterior, porque en realidad no tienen nada que ofrecer que no sea su autenticidad comunitaria y que es más intralocutora que interlocutora. 

El activismo de este tipo de movimientos se expresa de modo análogo: generación de pequeñas o grandes burbujas de lucidez e impaciencia colectivas, que operan como espasmos en relación y contra determinadas circunstancias consideradas inaceptables, iniciativas de apropiación del espacio público que pueden ser especialmente espectaculares, que ponen el acento en la creatividad y que toman prestados elementos procedentes de la fiesta popular o de la performance artística. Se trata, por tanto, de movilizaciones derivadas de campañas específicas, para las que puede establecerse mecanismos e instancias de coordinación provisionales que se desactivan después..., hasta la próxima oportunidad en la que nuevas coordenadas y asuntos las vuelvan a generar poco menos que de la nada. Cada oportunidad movilizadora instaura así una verdad comunicacional intensamente vivida, una exaltación en la pesadilla de las relaciones de producción, las dependencias familiares o de los servilismos estructurales que conforman nuestra realidad se han desvanecido por unos momentos o incluso días.

Se genera así, durante el lapso en que la movilización se producem una especie de refugio en que vivir una emancipación en última instancia ilusoria de la gravitación de las clases y los enclasamientos, una victoria momentánea de la realidad como construcción interpersonal sobre lo real como experiencia objetiva del mundo. 

Manuel Delgado añade en la entrada [sobre su intervención en la plaza de Tahir]: 

Lo que intenté en mi intervención es advertir de que, en efecto, la gran movilización en marcha estos días devenga un ejemplo de este tipo de grandes convulsiones colectivas inspiradas y orientadas por lo que en la práctica puede ser una mera crítica ética del orden económico y político que padecemos, estructurado vagamente en torno a una no menos vaga denuncia de una entidad abstracta, casi metafísica, que es “el sistema”

En Barcelona hemos conocido varios ejemplos de este tipo de movilización tan potente como efímera, que se ha desvanecido en la nada en cuanto los medios de comunicación la han dejado de atender el colorista espectáculo que deparaban. Desde luego el movimiento contra la guerra de Irak en el 2003 sería un paradigma de ello, pero también lo serían las movilizaciones estudiantiles contra el plan Bolonia en marzo de 2009, que alcanzaron puntas importantes de dramatismo social, pero que, al cabo de unas semanas de su algidez en el desalojo del rectorado de la Universitat de Barcelona, se extinguieron sin dejar tras de sí otra cosa que un vació y una inanidad de la que todavía somos víctimas en las universidades catalanas. 

Así pues se plantea como urgente la cuestión de qué hacer cuanto la intensidad de la emoción colectiva que nos reúne ahora y aquí se vaya amortiguando y cuando –y no quepa duda de que esto ocurrirá dentro de unos días– los medios de comunicación dejen de considerarnos “interesantes” y los políticos de expresar una vaga simpatía y comprensión ante el malestar que nos congrega esta mañana aquí. Es la discusión política y la imaginación colectiva a las que, estos días y en esta y otras plazas, les corresponde concebir y organizar un camino que convierta este escándalo ante lo real en energía histórica.