sábado, 30 de julio de 2011

Nosotros, los automovilistas occidentales...



NOTA: Lo que sigue es el capítulo "Robinsones motorizados y petronómadas", del libro "Vivir y pensar como puercos: de la incitación a la envidia y el aburrimiento en las democracias de mercado" (Gilles Châtelet, 2002, Lengua de Trapo), que viene a cuento en el inicio de un mes [agosto] en el que se prevén más de 40 millones de desplazamientos por las carreteras españolas.


¡O te mueves o revientas! Los sociopolitólogos más audaces se han atrevido incluso a comparar el Gran Alambique de la sociedad terciaria de servicios con una inmensa autopista, cuando en realidad es al revés: ¡sin autopista no hay Gran Alambique!

Hace falta mucho espacio, sacrificio, energía, mutilaciones y cadáveres, para que el "hombre medio" se haga auto-móvil y se tome a sí mismo como un nómada (...) Así, toda autopista es antes que nada una autopista social, y lo que hay que llamar petronomadismo del coche deriva a menudo en pétainismo motorizado [el traductor del texto de Châtelet alude a la "revolución nacional" del mariscal Pétain, que bajo la divisa "Trabajo, Familia, Patria" encabezó el gobierno colaboracionista de Vichy entre 1940 y 1944]: el automóvil es antes que nada el trabajo, la familia y la estupidez sobre ruedas.

La benevolencia para con el petronomadismo es un punto común a todos los conservadurismos (...)

Cabría esperar lo peor: ¡imagínense a millones de nuestros pequeños rinocerontes atascados en uno de los grandes subterráneos del señor Moon! Proclaman su "libertad" a golpe de claxon y, aunque de cerca parecen un poco hoscos con sus carrocerías, vistos desde lo alto del Gran Alambique forman una masa fluida y perfectamente dócil, que sólo pide una cosa: circular sin problemas.

Nunca repetiremos bastante lo crucial que fue esa domesticación de las masas mediante el automóvil que garantizó la transición entre lo que conviene llamar "solidaridades tradicionales" y el inaudito auge del individualismo moderno. ¿Qué importa que el coche mate, contamine y a menudo vuelva a la gente completamente estúpida? Su proliferación destruye cualquier espacio urbano digno de tal nombre, pues lo que está en juego es garantizar la domesticación de gigantescas masas humanas, forjar millones de psicologías de hombres medios motorizados - de "mentalidades autopistas" - remedando por todas partes, día y noche, las fluideces y competiciones del Gran Mercado.

¡Sin coches no hay democracia de mercado! (...)

Existiría por tanto una "igualdad democrática", entre hombres medios motorizados. Hay, por supuesto, coches más o menos lujosos y más o menos rápidos, pero esta vanidad insuflaría una sana agresividad: "¿Quién es ese gilipollas que se arrastra como un pordiosero? ¿Quién es ese loco que me adelanta con su coche de capo mafioso?".

Todo el mundo estaría en pie de igualdad, sobre todo en los embotellamientos, uno de los pocos momentos de "solidaridad" entre automovilistas. Si la carretera parece acentuar cruelmente las disparidades entre "hombres medios" - por mediación de la velocidad y, sobre todo, de la potencia disponible -, el embotellamiento reanima la "vocación democrática" del coche..., ¡obsequiando a todo el mundo con la velocidad cero! El automovilista "modesto" por fin puede regodearse: "Mira el Rolls. Está parado como todos los demás. ¡Por lo menos hay justicia! Todo el mundo tiene una nariz, todo el mundo tiene piernas, todo el mundo tiene que comer y mear. Todo el mundo acaba estirando la pata..., incluso ese mamón del Rolls".

(...) Es la famosa "solidaridad" de los hombres medios motorizados, que siempre culmina cuando las ruedas ya no sirven para nada, y estos quedan reducidos a lo que son en realidad: unidades de miseria. Competición salvaje cuando "las cosas marchan", e "igualdad democrática" en la impotencia del "esto no se mueve" (...)

Por eso la adhesión al petronomadismo debe ser inquebrantable, como la disciplina que en otra época se exigía al buen soldado. Toda crítica un poco incisiva del hombre medio motorizado es un sacrilegio y no es más que un arrebato delirante de esos intelectuales de izquierdas que tan mal soportan el triunfo del individualismo de masas.

(...)



BONUS TRACK

 
 

2 comentarios:

Dani dijo...

Como para que alguien suelte un "el coche no es más que un trozo de metal", ¿verdad?
Que va, que va, es mucho más que eso. Hace unos meses vino a la facultad una mujer a hablarnos de un estudio sociológico solicitado por los transportes urbanos de Pamplona; se pretendía indagar sobre la percepción que las personas tenían tanto del coche como del autobús urbano; y el coche guardaba tantos significados sociales...

"...mediante el automóvil que garantizó la transición entre lo que conviene llamar "solidaridades tradicionales" y el inaudito auge del individualismo moderno."

Muy interesante esto y el ejemplo del atasco.

Kez dijo...

Como bien dices, Dani, el coche guarda muchos significados sociales. Recupero otro fragmento de Agustín García Calvo [en "¿Quién dice no?"]:

(...)

Por eso, el conductor que va dentro, con esa cara que tienen de que creen que saben que van a algún sitio, está tan bien definido, tan cerrado dentro del caparazón del automóvil. Es el auto realmente la persona; es una instirución fundamental. Esto de que el auto sea tan fundamental para la democracia, para la fe en el individuo, está en correlalación con el hecho evidente de su inutilidad para la gente. Lo uno va con lo otro. Nada puede ser tan útil para el Poder si al mismo tiempo no es tan inútil y perjudicial para la gente que de verdad podría vivir y seguir pensando. Es el medio de transporte más inútil, más declaradamente inútil que se pueda haber inventado.

(...)

PD: De lo de la "cara que tienen de que creen que saben que van a algún sitio" doy fe: cada día me hago 110 km de ida al trabajo y otros tantos de vuelta a casa.

Un saludo, Dani,

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