sábado, 3 de septiembre de 2011

Música para un final

Los que me conocen saben que no creo en las historias, sobre todo porque casi siempre habita en todas ellas la imposición narrativa de quien las cuenta. Esta circunstancia me convierte, de una parte, en un lector o escuchador de historias que enseguida desagua la atención bajo la sospecha de estar siendo engañado y maltratado; y de otra, en un escritor o recitador de historias torpe, inseguro, trabado, y siempre disperso. 

Solamente cuando quien me cuenta la historia se antepone como sujeto manipulativo de su propia narración, hago el esfuerzo de mantener una mínima disposición asertiva hacia la historia que me está contando. Por eso me gusta el Godard más impertinente, porque la destrucción previa de la historia gracias a la preeminencia del sujeto que la cuenta es, sobre todo, un trabajo honesto que se hace con el espectador. 

Como ejemplo de esta tara comunicativa valga este mismo texto, que ha surgido de la necesidad misma de contar una pequeña historia y que, tal y como se lee, antes de contarla ya estoy presumiendo de la cautela de anteponerme [como sujeto que la cuenta] a los personajes que no tienen por menos que protagonizarla [como objetos que la sustentan]. 

No sé. Quizás esta dificultad se disfrace precisamente en el ejercicio de dotar de forma a un contenido y, muchas veces, en el eclipse total de la historia por parte de esa búsqueda de la forma; una labor que la mayoría de los contadores de historias realizan previamente a escondidas de los escuchadores; y también un atrevimiento del que, como es obvio, solamente los que no somos contadores de historias podemos presumir.

La historia ocurrió hace unos días, cuando estuve en el hospital visitando a un familiar enfermo. 

En el ascensor pulso el número 3, la planta donde están ingresados todos los enfermos del aparato digestivo. Cuando salgo, busco la habitación 318. Encontrar una habitación de hospital es fácil, más fácil incluso que encontrar una habitación de hotel, pero pocas veces he dejado de sentir ansiedad caminando por un pasillo de hospital. ¿Acaso no es un hospital uno de los peores lugares en los que perderse? Puedo imaginarme pocas situaciones tan embarazosas como introducirme en una habitación equivocada y encontrarme de frente con un enfermo ajeno, tumbado como media res en una cama, o peor aún, toparme con los familiares del enfermo, contagiados ya sin remedio del olor y la tristeza del lugar, sentados en el hastío de las esperas siempre demasiado largas, y listos para escrutarme sin misericordia alguna por haber cometido semejante imprudencia. Sí, en mi caso, toda fantasía localizada en un hospital no puede por menos que ser experimentada como una pesadilla.

Suele ocurrir que la ansiedad oscurece la visión, y enseguida uno se convierte en un sonámbulo ciego cuya única experiencia que le ancla a la realidad es el código de búsqueda que tiene en la cabeza, en mi caso la habitación 318. Seguramente, en el trayecto me cruzo con muchos enfermos, incluidos los dos cuya historia me ha arrancado este texto. Y suele ocurrir también que uno se despierta cuando el código se encuentra. Así ocurre.

A mi tío le han operado unos días atrás, según fuentes familiares, de una hernia que le ha estado estrangulando parte del intestino. Pero no está mejorando tal y como suele ocurrir en estos casos, me dice él mismo. Estamos un rato hablando. Él me pregunta por mi hijo y yo por sus nietos; él por mi trabajo y yo por su tiempo libre de jubilado; y otras cosas que se hablan en familia, hasta que entran un primo [el hijo del enfermo] y su mujer. Hablo también otro rato con ellos. Me preguntan por mi hijo y yo por los suyos; ellos por mi trabajo y yo por los suyos; y otras cosas que se hablan en familia. Después se acercan hasta donde mi tío y se ponen a hablar. Yo me alejo y me ubico justo en el quicio de la puerta. 

Desde allí observo el ir y venir de varios enfermos [el masculino aquí no es genérico] a través del pasillo, caminando con bolsas. El objeto-bolsa es un objeto-terror en el contexto-planta de hospital de enfermos del aparato digestivo. No sé cuanto tiempo estoy allí observándoles, pero como espectador tengo claro que me sitúo como el que observa a los personaje-zombis de "The walking dead". Mirándolos me pregunto dónde queda la dignidad de una persona que tiene una goma enchufada en el culo para echar mierda en el objeto-bolsa. Me imagino yo mismo en esa situación, y me siento entre triste y asqueado de pensarlo e imaginarme enfermo, dolorido, viejo y cansado. Y me acuerdo [porque ya entrado en barrena soy imparable en el drama] de Mario Monicelli, el director de cine que se suicidó hace unos meses, tirándose por la ventana de un hospital, aquejado de un cáncer terminal. Lo dicho, por supuesto que también me pongo en la piel de Monicelli y me pregunto qué habría hecho yo en su lugar, si dejarme morir o matarme yo mismo; aquí no me queda otra que sentir una impotencia indigerible, abismal y nauseabunda entre esas dos alternativas igualmente próximas, apabullantes e irreversibles.

Allí y en ese momento, solamente el drama que sigue, por ajeno, puede sacarme del mío personal. Son una anciana enferma y su compañero, igualmente viejo. Se acercan, a pasos muy cortos, y también muy lentos, desde el fondo del pasillo hacia donde yo estoy. Me fijo en ellos, seguramente porque ella es la primera mujer enferma que veo en esa planta de hombres y porque, además, no lleva el objeto-bolsa con ella. Cuando los tengo más cerca puedo ver que ella viene agarrándose, muy fuerte, a él. El vigor del agarre de esa mano, de ese brazo, al brazo del compañero, contrasta con la debilidad de sus pasos, la extrema delgadez de sus piernas y la fragilidad de su cuerpo. Cuando se ponen a mi altura les oigo hablar..., en alemán u holandés, digo yo, no sé. De primeras pienso que me hubiera gustado saber de qué hablan, pero enseguida sé que no hace falta, porque hay otro lenguaje, universal, cuyos primeros signos ya he entendido: el agarre de la anciana a su compañero y, también, ahora que los tengo a un metro, cuando he visto la mirada grave del anciano a su compañera, y la mirada sonriente y complaciente de la anciana a su compañero. No hace falta ningún lenguaje verbal: la historia, la suya, la que están viviendo en ese momento, ha quedado escrita ya.

Todavía impactado por el relato, me pregunto cómo habría filmado una historia así, tan minúscula como esa, y tan pesada al tiempo en términos dramáticos. Por supuesto que no habría movido la cámara en ningún momento: plano fijo con pasillo y listo. Enfermos yendo y viniendo, como secundarios. La pareja de ancianos, como protagonistas. Mis familiares, en fuera de campo... La luz, la última luz del día, que entra por la ventana del extremo opuesto del pasillo, le da a la escena el contraluz perfecto. Habría que forzar el blanco hasta quemarlo, quizás... Y poco más. 

Cuando la pareja de ancianos se da media vuelta y empieza a alejarse de la cámara imaginaria, el fabuloso contraluz deja en evidencia el pañal de la anciana por debajo de su bata... Y me pregunto si hubiera cabido introducir música a partir de este momento, mientras se alejan... Pero, ¿qué música?, ¿y para qué? Dramática hubiera sido redundante; alegre, patética. ¿Es preciso acompañar ese final con una banda sonora? ¿No es mejor dejar a los personajes solos, alejándose?

La pareja de ancianos se ha metido en su habitación. Ha desaparecido. Vagaron por un lugar de paso; se acercaron hasta la cámara, hasta donde los observaron, allí hicieron constar que estuvieron vivos, y se alejaron hasta desaparecer: un relato mínimo que podría haber sido filmado como la expresión concentrada de una vida entera.

De repente mi primo irrumpirá en la escena. Me costará salir de la película. Me dirá que él piensa que mi tío, su padre, seguramente tiene cáncer de colon, porque no es normal que después de la operación siga así. Yo no sabré qué decirle, porque todavía tendré los títulos de crédito en la cabeza. Después hablaremos de los objetos-bolsa. Él me dirá que no lo soportaría y yo le hablaré del suicidio de Monicelli. Entraré en la habitación, hablaré con mi tío y me despediré, pensando en una música para el final.

Y, de vuelta a casa, me preguntaré: ¿qué música?, ¿para qué?








3 comentarios:

Blue dijo...

Me ha encantado el relato, o la historia, o como le quieras llamar. Eso no quiere decir que me haya divertido sino todo lo contrario. Soy también de las que sufre ansiedad nada más entrar en un hospital, pero no por perderme... es que nada de lo que hay allí me gusta, así que me suelo pasar el tiempo asomándome a cuanta ventana abierta hay (suelen ser pocas o ninguna) o buscando rendijas para coger una y otra vez aire.
Me he imaginado bien esa película y no escuché nada. Juraría que no tiene música.
Musutxuak, Kez.

Dani dijo...

Hmm, la reflexión inicial (ante la cual te diría que, en caso de que el narrador no se muestre como lo que es, leas lo que te cuenta estando siempre alerta) queda eclipsada por la historia.

"Me imagino yo mismo en esa situación, y me siento entre triste y asqueado de pensarlo e imaginarme enfermo, dolorido, viejo y cansado."
Si a veces, de jóvenes, nos sentimos hastiados, ¿qué no nos afectará a los 80?

India dijo...

Perdona, he comentado en el FB en vez de aquí, en el lugar original...
El caso es que vengo de allí ya tocada y no sé cómo decirte más.
La atmósfera en relato se ha planteado en imágenes al leerte... y sí, imágenes, veo hasta detalles de la luz utilizada para crear las sombras y todo... pero no oigo nada, cierto...
Bueno... atxutxones... y gracias.

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